Páginas vistas en total

domingo, 15 de diciembre de 2019

LA ALEGRÍA DE MANUEL VILAS



Emprendí la lectura de Alegría condicionado por la de su precedente, Ordesa, un libro de escritura loable que leí con emoción. Cada una de sus páginas me ponía un espejo muy peculiar delante de la cara. No todos los libros ajenos caracterizados por su densidad autobiográfica logran que me lea, me refleje, me encuentre a mí mismo y encuente a mi época y a mí país y mis gentes en ellos. Pero Vilas sí lo logra, por razones, además, que también tienen que ver con ciertas propiedades de su literatura. Me da la impresión, la positiva impresión, de que Vilas, haga lo que haga, es un gran poeta.
En mi experiencia de lector, Ordesa y Alegría han quedado como dos partes de un todo confesional. Poco me cuesta imaginar ambos títulos en un solo volumen. Observo, no obstante, alguna diferencia de matiz entre ellos. Advierto en Alegría una presencia mayor de la reflexión íntima en detrimento tal vez del dibujo de época. No tiene esto ninguna importancia. Lo decisivo para el amante de la literatura, en un caso como en otro, es la calidad, que poco me cuesta encontrar en Vilas, un autor que escribe con una patente voluntad literaria, diga lo que diga algún malvado.
Ordesa se me figura a mí la obra de un hombre centrípeto, empeñado en el regreso al origen, a Barbastro, a los padres, a la infancia; un hombre que busca sentido a lo que es y a lo que le ha pasado en el repliegue narrativo hacia su propio big bang. Alegría, en cambio, es el relato, también fragmentario, de un hombre centrífugo que viaja incesantemente en el presente, de un escritor metido peligrosamente en los cincuenta; que se sabe escritor y ha merecido aplauso por los frutos de su talento y de su esfuerzo; que se da, sí, al recuerdo desde una situación como de huida, saltando de aeropuerto en aeropuerto, de hotel en hotel, vinculado conyugalmente a una mujer que no compartió su pasado. El hijo huérfano del primer libro es ahora padre. Padre de sus dos hijos varones, ya crecidos, pero también padre de sus difuntos padres, a los que una y otra vez trata de devolver a la vida, siquiera en la ilusoria forma que permiten las palabras. El lugar del Barbastro natal lo ocupan en Alegría Chicago, Zúrich, Turín... De ahí esa impresión mía de expansión y centrifuguidad.
Percibo ecos de Francisco Umbral en esta forma fragmentaria de contar y de contarse que huye de lo ordenado y analítico, que aprovecha la inspiración del momento; una forma lírica y afirmativa que abre de continuo la puerta a pasajes enormemente luminosos, con la diferencia de que Umbral quiso ser poeta y Vilas lo es. También Vilas es un escritor de frases y apostillas memorables, y a mí me admira su capacidad de hacer alta literatura desde una actitud generosa con la vida y con lo más noble de ella: la bondad, la belleza, el amor... Hoy se lleva más bien lo contrario: el rencor creativo, la frustración personal vertida sobre la realidad común, la ingenua convicción de que un libro debe formular preguntas y no ofrecer respuestas, bobadita que se dice y se repite con monodia dogmática en las presentaciones de libros.
También en Alegría, como en Ordesa, Vilas asigna abreviaturas de nombres de célebres compositores a sus seres más cercanos. Incluso, avanzado el libro, sustituye dichos nombres por otros de célebres actores de cine, como insertando en la memoria un espacio cultural propio. El recurso funciona sin problemas en tanto el lector no pierda de vista a las personas así nombradas. Hay, por ejemplo, un tal Haydn cuya verdadera identidad se nos escatima y entonces se pierde el efecto de tapar sin esconder, de ocultar detrás de un velo traslúcido.
Uno de los mayores aciertos del libro me parece a mí la presencia reiterada de Arnold (por Arnold Schönberg), trasunto, en forma de doble, de todo lo negativo en la vida del narrador: la depresión, dolores diversos del alma (si tal cosa existe), bajones de ánimo, melancolía amarga, sentimiento de culpa, etc. Arnold es el enemigo por antonomasia de la alegría; la versión negra, por así decir, de Vilas. Ocasionalmente es derrotable con ayuda de benzodiapecinas. Derrotable es mucho decir, pues siempre está ahí, acechando detrás de las cortinas.
He disfrutado mucho leyendo Alegría.