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domingo, 6 de octubre de 2019

SAVATER Y LA PENA



En abril de 2017, el suplemento El Cultural publicó una larga conversación por escrito que mantuve con Fernando Savater para la serie “Voces trenzadas”. Hacía dos años de la muerte de Sara Torres, el ser que por así decir sostenía a Fernando Savater con alicientes varios, con una larga convivencia, con aficiones y proyectos compartidos y, sobre todo, con amor. Yo quise entonces entrarle a mi tocayo lo más adentro posible, más allá de las capas de cebolla de su proverbial vitalismo, de su propensión a la alegría y a la palabra lúdica, e incluso más allá de su pena ostensible, sobre la que él mismo hablaba por esos días en las entrevistas, y le pregunté por su vinculación con la poesía. Respondió con su habitual perspicacia, que a veces él usa, con toda legitimidad, como escudo protector. Me retrucó, preguntándome: ¿Te has fijado en que todos los escritores queremos ser poetas? Pero para entonces yo ya había conseguido abrirle una grieta dialéctica a este hombre de vastas lecturas, ágil con los silogismos y las citas, extravertido, viajero, contestatario de nacimiento, discutidor y locuaz. Por dicha grieta podía entreverse el núcleo dolorido y melancólico de la persona, lo hondo del pozo personal que ahora se ofrece a los lectores con notable transparencia en forma de libro. Su título: La peor parte, subtitulado, para que no haya dudas, Memorias de amor.
La peor parte es un baúl repleto de evocaciones con ayuda de las cuales el autor lleva a cabo un ejercicio de desnudamiento personal sin paliativos: una confesión en toda la regla, encaminada a saldar una deuda de amor con la mujer de su vida. Copio unas palabras de ella: “Si tú no lo cuentas, nadie sabrá lo que hemos sido el uno para el otro.” Pocas pulsiones tan humanas como esta de intentar prolongarse mediante la escritura en la conciencia de los otros y burlar un rato al pasajero tiempo. En cierto modo, escribir tiene similar facultad objetivadora que las lágrimas o la risa. No poco nos alivia trasladar a texto y, por tanto, sacar fuera de nosotros lo que nos incomoda, entristece o duele. O lo que nos exalta o desencadena nuestro júbilo. Savater reitera en su libro que no ve en la escritura posibilidad sanadora ninguna. Bueno, eso ya se verá. También ha dicho que este es su último libro, que no escribirá ninguno más, que le basta con la lectura, las películas y los baños de mar. También eso se verá.
Sara Torres y Fernando Savater fueron durante varias décadas lo que hoy se llama una pareja sentimental. Él prefiere el término tradicional de novios. La relación duró hasta que una terrible enfermedad acabó con la vida de ella en 2015. Dicha relación no aparece ni mucho menos idealizada en el libro. El autor no oculta lo que llama la “ternura brusca” de ella, sus peleas sin que la sangre llegara al río o las reconvenciones que ella echaba cada dos por tres a su Fernan, quien a lo largo del libro propende a rebajarse, tildándose de mal escritor, de modesto cocinero, de pésimo bailarín, de torpe amante... Menos conocida para mí era la influencia ideológica de ella sobre Savater, a quien corregía y llamaba a capítulo cuando hacía falta.
El libro contiene un relato clínico sucinto, enfocado desde la perspectiva “sintiente” del cronista. Me parece acertada la colocación de esta crónica, narrativamente inevitable, al final del libro, cuando ya los lectores se han familiarizado con la humanidad de Pelo Cohete (como moteja Savater a su amada en la intimidad) y no corren el riesgo de que los pormenores de la enfermedad opaquen lo esencial del libro, que es el relato de un amor, de un largo amor, y el homenaje a una mujer extraordinaria con la que el autor mantuvo infinidad de complicidades: afición al cine, viajes, amigos comunes, resistencia a ETA, etc. A veces asoma entre las líneas la manecita del intelectual, del panadero de conceptos, como cuando afirma que “el amor no puede realmente ser descrito porque carece de exterior: es todo por dentro”. No obstante, no queda otra que intentar comunicarlo, echando mano de los recursos de la poesía o de la habilidad del buen narrador para escoger los detalles significativos que el libro aquí comentado ofrece en abundancia.
La peor parte es un libro emocionante que da la talla enorme de un intelectual de fuste atrapado en una telaraña de penas. Este hombre que, según él mismo, parece que no sirve para nada, salvo para leer libros y ver películas, que es un llorón y un quejica y un torpe y un desorientado, crece a nuestra mirada, a fuerza de fragilidad y franqueza, en cada página de su perseverante confesión. El libro, al que no falta una colección de fotos, acaba en una desembocadura de versos. Y, al cerrarlo, uno siente deseos de poner en pie al hombre caído que lo escribió y darle un abrazo.
“¡Qué más da! Emocionado... Emocionado...” (César Vallejo)