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jueves, 29 de mayo de 2014

¿QUÉ ES BELLEZA?



Yo no sé a los hijos de los ricos, que tenían piano en casa y todo eso; pero a los demás nadie nos explicó en qué consiste la belleza. A lo sumo el profesor mandaba abrir el libro por la página treinta y seis y decía: Este poema de Garcilaso de la Vega es de los más bellos que se han escrito jamás. Los alumnos bajaban la mirada hacia el prodigio carente de movimiento y lucecitas, y lo único que veían eran unas líneas de palabras impresas en la página de un manual de Lengua y Literatura.
El profesor mandaba a uno de sus discípulos leer en voz alta el poema. El elegido, ¡será posible!, no ponía el suficiente entusiasmo. Quien dice entusiasmo, dice corazón, garra, presencia vocal. El profesor lo interrumpía sin esperar al final de la estrofa y se apresuraba a transferir a otro alumno el honor de la lectura, si no es que se arrancaba él mismo a leer los versos con maneras declamatorias.
Al punto la verde selva, el arroyo de cristal y el bosque umbroso se poblaban de sonrisas encubiertas. A todo esto, en plena Égloga sonaba el timbre. Garcilaso, las aguas claras y puras y el profesor se quedaban solos en el aula mientras la manada de adolescentes echaba a correr hacia la puerta de salida, alejándose de la belleza en dirección a la merienda y el fútbol.
Sin belleza no hay poesía, decía, estirando el cuello, el profesor. A mí la afirmación me disuadía de emprender indagaciones en mi modesto hogar. Un padre, una madre, te dibujan con la mejor intención una casa y te dicen: mira, hijo, una casa. Y así aprendes. Te pintan un poste de la luz y un caballo o te los señalan con el dedo desde la ventana y, poco a poco, por muy tarugo que seas, te vas adentrando en los múltiples vericuetos de la experiencia intelectual. Harto más difícil es hacerle a un niño comprensible la belleza.
Cabe, eso sí, el arbitrio de buscarla por cuenta propia. Quizá no exista otra opción, incluso para los hijos de familia. Con dicha fe, de joven, tiré bastante de Juan Ramón Jiménez. Pongo en duda que ningún otro poeta haya usado en sus escritos con tanta frecuencia como él la palabra belleza. Belleza por aquí, belleza por allá. La rosa, el mar, la nostaljia con jota y mucha belleza. Por más que volvía la palabra del derecho y del revés, no terminaba yo de encontrarle el tuétano. Al final, sólo pude retener en el puño el huesecillo de una suposición. La belleza consiste al parecer en algo maravilloso o, por lo menos, agradable, que no se deja explicar.
Por aquellos años de mi mocedad la belleza tenía mala fama. Era una cosa de burgueses ociosos y de cursis adinerados. Mientras la masa proletaria se deslomaba trabajando por un jornal de miseria en las fábricas inmundas, unos pocos se dedicaban al cultivo y disfrute de las obras hermosas, elegantes, refinadas. El ejercicio de la belleza artística era un privilegio de las clases pudientes. Ángela Figuera Aymerich la califica de lujo en un libro titulado no por casualidad Belleza cruel. Cercano a la misma convicción, Gabriel Celaya condenó con aires de himno la poesía concebida como un bello producto. Conque, nada, hijos del compromiso, nos juntamos unos cuantos activistas de la contracultura, con más jeta que blanca, para practicar en la vía pública lo contrario: el feísmo, el desarte, el pintarrajeo mural, la provocación y el ruido, de manera que, desposeídos de la belleza, renunciamos a ella. Llegamos así, después de sostenidos esfuerzos, al punto de partida.
Ya sabemos que, hecha la estatua, la naturaleza con sus palomas, sus líquenes, su humedad y su hielo la empieza a destruir y lo mismo los hombres porque, si no, no se dan la renovación ni el progreso, dicen, y porque además hay una cola larga de gente deseosa de encaramarse al pedestal. Es curioso que a menudo, rompiendo, se construye y no falta quien encuentre belleza y arte en el desmoronamiento. Pero, ¿qué es belleza? Y nadie respondía.
Quizá nos equivoquemos por buscarla fuera de nosotros, en objetos, rasgos faciales y definiciones. Quizá la belleza no sea sino la huella que deja una proyección de fenómenos externos en nuestro interior. A ver si va a ser verdad que para los grandes disfrutes de esta existencia pasajera es indispensable un alma donde repercuta la vida en positivo. Y, si no, una glándula visible, una medusa que merodee pulsando por dentro del cuerpo, un hilo que de pronto se tensa y produce una vibración especial de la cual resulta una suerte de pequeño embeleso al que, para entendernos, llamamos belleza, aunque no la sepamos encerrar en una explicación.
(Este artículo fue publicado en el suplemento Babelia el día 31 de marzo de 2012.)

MENDIZÁBAL, MI CACTO




Soy partidario de asignar un apellido, en lugar de nombre de pila, a las plantas y animales domésticos. Una vez que estuve en México DF, por las noches, en la habitación del hotel, me daba la lata un mosquito zumbón. Aunque no me era posible verlo en la oscuriad, le puse Goicoechea y con dicho apellido me digiría a él, tratando de convencerlo para que se alimentara en otro cuerpo. Este gesto de familiaridad permitió que se estableciera entre nosotros una relación de respeto mutuo, con la agradable consecuencia para mí de que el mosquito no me picó. O quizá sí, pero al primer picotazo, una leve cata, él percibió que no tengo chile en la sangre, se fue a clavarla a otra pierna y yo no me enteré de nada.
Tengo un cacto. Se llama Mendizábal. Es bastante silencioso. No le gusta que lo acaricien. Lo recogí ¿en el desierto? No, lo compré en un supermercado de mi anterior ciudad de residencia, Lippstadt, con el fin de que me ayudara a recordar una cosa que ya he olvidado. De esto hace algo más de dos décadas, me parece. Lo tengo un poco gordo, quizá por falta de ejercicio. Por eso lo saco últimamente a pasear montado en su maceta. Me ha acompañado en diversas mudanzas. Es tranquilo, pero, ya digo, apenas habla, nunca se ríe y evita el contacto físico. Bueno, en realidad el que evita tocarlo soy yo.
Pasa la mayor parte del tiempo junto al teléfono, sobre la repisa de la ventana, sin más entretenimiento que observar la calle. Sospecho que está al corriente de mis intimidades. Para que no se sienta solo, se deprima y le crezcan las espinas hacia dentro, le he procurado compañía: Hernández, López de Haro y Santamaría. Ahí están los cuatro callados como piedras, mirándome alelados mientras trabajo.

lunes, 26 de mayo de 2014

PARODIAS, REMEDOS, FALSIFICACIONES. HOY, FEDERICO GARCÍA LORCA



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GACELA DEL AMOR IMPOSIBLE

Hay un destello de cuchillo helado
en el agua sin fondo de tus ojos.

La luna, por no mirarte,
llorando lágrimas de oro
se acostó en el corazón
vacío de los niños que duermen solos.

Los muertos que tú mataste
se atan cintas de sollozos,
esperando la ráfaga de viento que se lleve
su sueño amargo de cristales rotos.

De noche, en los caminos, se disputan
un rastro de recuerdos y de polvo.

viernes, 23 de mayo de 2014

WILLIAM FAULKNER, ESCRITOR CON VOCACIÓN DE GRANJERO



Algunos escritores fundamentan su actividad literaria en la revelación de hechos particulares. Redactan diarios, memorias, textos confesionales, y buscan de costumbre estímulo creativo en la introspección y en el estudio y comentario de materiales procedentes de su intimidad. Otros, por el contrario, trazan una línea divisoria entre los textos entregados a la publicidad y su vida privada. A esta última especie perteneció William Faulkner.
Un dato relevante en su biografía es la perseverancia con la que se protegió de la curiosidad ajena. No le bastaron para ocultarse las paredes de su casa. Se refugió detrás de otros muros protectores que lo acompañaban adondequiera que fuese: su carácter esquivo, el hábito de la bebida, la afición a vestir disfraces, el silencio con que acostumbraba rodear sus asuntos personales.
En una de sus cartas resumió, con estilo de epitafio, los acontecimientos señalables de su vida: “Escribió libros y murió”. Sabido es que, para defenderse de visitas importunas, roturaba el camino de acceso a su casa y que montaba en cólera si, acordada la publicación de un texto suyo, le solicitaban que agregase una sinopsis biográfica. Enojado, envió en cierta ocasión a los responsables de una revista los siguientes datos sobre su persona: “Soy una mezcla de caimán y esclavo negro, nacido hace dos años en la Conferencia de Paz de Ginebra”. De cierto pasaje de su correspondencia se deduce que concebía la esfera privada como un reducto para la salvaguarda de la dignidad humana.
Nació un día de septiembre de 1897 en un pueblo, New Albany, estado de Misisipi. Como Einstein, como Thomas Mann, como tantos otros genios, William Faulkner fue un mediocre colegial. Detestaba la escuela y faltaba a ella con frecuencia. Apenas pisó un año la universidad, sin presentarse a los exámenes. Fue, sin embargo, a edad temprana, estimulado por su madre, un lector ávido, y acaso esta combinación de lecturas abundantes e intensa vida callejera explique el tipo de hombre y, por tanto, de escritor que llegó a ser. Por un rasgo de terquedad, por librarse de la sombra de sus antepasados, tal vez por un afán estrafalario de distinción, modificó su apellido, Falkner, añadiéndole la u con la que hoy figura en la memoria literaria de la humanidad.
A los cuatro años, Faulkner se estableció con su familia en Oxford, donde se crió y donde habría de morir en el verano de 1962. La ciudad no alcanzaba por los días de su niñez los dos mil habitantes. Está situada en el distrito de Lafayette, trasunto del condado de Yoknapatawpha, que será escenario habitual de sus novelas. El cultivo del algodón constituía la principal actividad económica del lugar por aquella época. Casi la mitad de la población era de raza negra. A pesar de la abolición, los negros vivían en condiciones cercanas a la esclavitud. No eran insólitos los casos de linchamiento ni otros actos impunes de violencia racista. De la historia, el paisaje, las gentes y los hábitos de su tierra natal trata la mayor parte de las novelas y relatos de William Faulkner.
Probó oficios diversos. Trató de combatir en la Primera Guerra Mundial como aviador del ejército de los Estados Unidos, pero fue rechazado a causa de su baja estatura (medía 1,67 m). De todos los sueños y deseos propios de la adolescencia, uno se le impuso con firmeza y lo cumplió: vivir hasta el final de sus días un destino de escritor. Sin duda, de no haber padecido estrechez económica, habría favorecido el sueño de ser granjero.
En los inicios de su vocación literaria, ejerció sin fortuna la poesía. En la universidad los estudiantes se aficionaron a burlarse de sus poemas y de su manera de recitarlos. La literatura tenía previstas para él otras tareas que, despachadas con excelencia, habrían de convertirlo en uno de los grandes clásicos del siglo XX, lo que no quita para que llevase clavada de por vida la espina de haber sido un poeta fracasado.
Sherwood Anderson, escritor al que admiraba, fue su paradigma y su mentor, y quien le mostró la difícil lucha de todo artista que se precie entre la vocación y el oficio. Anderson intercedió con éxito para que un editor accediese a publicar su primera novela, La paga de los soldados (1926), a la que pronto seguiría Mosquitos, uno de los textos más débiles de Faulkner. Los estudiosos sitúan su madurez como novelista en la novela posterior, Sartoris, con la que inaugura el ciclo de tramas ubicadas en el condado de Yoknapatawpha y la ciudad de Jefferson, calco de Oxford. Tanto como un escenario narrativo, el Sur de los Estados Unidos supuso para Faulkner una mina inagotable de estímulos temáticos. Llegó a afirmar que no le alcanzaría la vida, por muchos años que esta durase, para contar todas las historias que el lugar le sugería.
Autor de prestigio, lo que a veces implica una reputación disuasoria, a Faulkner, recluido en su provincia, se le resistió durante largo tiempo el éxito popular. Sí, sus novelas se venden, unas más que otras, e incluso alguna de ellas merece los honores de la traducción; pero lo cierto es que antes de cumplir cincuenta años, salvo en periodos excepcionales, William Faulkner vivió con preocupación económica. Su copiosa correspondencia constituye una crónica dilatada sobre la falta de dinero. En 1942, publicados sus títulos mayores, recibe la irrisoria cantidad de 300 dólares en concepto de derechos.

Para sustentarse, trabajó por temporadas como guionista en Hollywood y publicó decenas de cuentos en periódicos y revistas, actividades ambas no mal remuneradas en los Estados Unidos. El cine nunca le agradó, aún menos la gente que pululaba en torno a la industria cinematográfica. Amistó con Howard Hawks, que lo apreciaba por su disciplina y su talento, y de quien recibió reiteradamente protección. Es célebre la anécdota protagonizada por Faulkner a la vuelta de una cacería con Clark Gable. Le preguntó el famoso actor por los escritores contemporáneos que consideraba más relevantes. Faulkner citó unos cuantos y remató la enumeración con su propio nombre. Gable le preguntó, sorprendido: “¿Usted escribe?” A lo que Faulkner, con notoria mala órdiga, le retrucó: “¿Y usted a qué se dedica, Mister Gable?”
Así como se tomaba en serio la escritura de cuentos, jamás se le pasó por la cabeza que sus textos para el cine tuvieran el menor vínculo con la literatura. Los redactaba sin escrúpulo artístico. Llegó a despachar hasta treinta y cinco páginas al final de una jornada. Entregados los textos, se desentendía de ellos. Ni esperaba beneficios más allá de la remuneración inmediata ni exigía que su nombre figurase en los créditos de la películas en que participó.
Su suerte habría de cambiar de manera ostensible a partir de 1948, año en que la adaptación al cine de Intruso en el polvo le granjeó una suma cuantiosa de dinero. Dos años después le fue concedido el premio Nobel de Literatura. El razonamiento de la Academia Sueca hace justicia a su firme convicción de que la novela es, por encima de todo, un género artístico. El premio se lo otorgaron en 1950, aunque corresponde al año anterior, de ahí que lo recibiera en la misma ceremonia que Bertrand Russell, su sucesor en la prestigiosa lista de galardonados. Faulkner intentó zafarse del compromiso. Incluso escribió una carta a la Academia para anunciar su ausencia en el acto de entrega del premio. Familiares, amigos y políticos influyentes tuvieron que insistirle para que viajara a Estocolmo. Pidió prestado un frac y, no en las mejores condiciones físicas, acompañado de su hija, emprendió el viaje. En la recepción del hotel, al rellenar la hoja de inscripción, escribió en el apartado relativo a la profesión: agricultor.

(Este artículo se publicó en el suplemento Territorios el 18 de agosto de 2012.)

jueves, 22 de mayo de 2014

BRONCA A KAFKA




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Me acuerdo de una frase de los diarios de Kafka: Ein Buch muss die Axt sein für das gefrorene Meer in uns”. Un libro debe ser el hacha para el mar helado (que hay) dentro de nosotros.
He visto/oído a algunos condecorarse con dicha frase. Uno sólo debería leer, afirman, libros susceptibles de conmocionarnos. No me cierro a las emociones (aunque tampoco desdeño las cosquillas); pero, francamente, barrunto que las emociones, experimentadas sin contención, conducen con rapidez a trastornos varios. Por ejemplo, a la solemnidad. Si cada libro excelente que leyéramos comportara una tanda de hachazos (mentales), sin dudarlo probaría fortuna con actividades más placenteras, como el encaje de bolillos o el minigolf.
Un libro no es sólo lo que hay en él, también lo que a uno se le ocurre mientras lee. Por eso hay libros ostensiblemente ligeros o triviales que, sin embargo, pueden dejarnos una huella más honda que otros de mayor densidad intelectual o literaria.
De mí sé decir que la naturaleza no me dotó de mares internos. Ni helados, ni tibios ni calientes. Ya puestos a largar confesiones, tampoco de un humilde hueco donde se pudiera acumular de vez en cuando un poco de lluvia.
Aparte de eso, no estoy familiarizado con el hábito de arrearse hachazos, tampoco con el menos sangriento de golpearse con el canto de los libros. Ciertos conocidos míos, a quienes presté libros en el pasado, por lo visto sí. Me los devolvieron machucados.
Por tu culpa, Kafka.