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lunes, 28 de septiembre de 2020

UN EXCELENTE CUENTISTA: JAVIER MORALES

 


Recupero una racha de buenas lecturas, esta vez gracias a un hermoso libro de Javier Morales, al que entré bien predispuesto no sólo por la cordial dedicatoria que lo singulariza, sino porque yo ya había leído hace un tiempo una excelente novela breve de este autor, con título tomado de Pavese: Trabajar cansa. El nuevo libro se titula La Moneda de Carver y contiene ocho cuentos, ocho estampas, no sé, ocho recorridos narrativos muy particulares. Hay en ellos una actitud como de Alonso Quijano, pero sin chifladura. De hecho, algunos protagonistas viven o repiten aposta hechos tomados de la literatura, presente en las páginas del librito de Morales (133 páginas) no tanto en forma de citas y alusiones, que también, sino incorporada a la vivencia de los personajes. En una habitación de hotel, una mujer (guía de museo, bastante promiscua) repite con un dibujante el célebre cuadro de Hopper de la señora en paños menores sentada en el borde de la cama. Un hombre, trastornado por la muerte en accidente de su esposa (o su compañera, o su pareja), va por los tejados como el tipo del cuento de Cheever que se desplaza de piscina en piscina. Leemos historias que rozan o bien obras literarias o bien vidas de escritores; así, Chéjov, Ángel Campos Pámpano, José Antonio Gabriel y Galán, etc. Dicho esto, no quisiera dar la impresión de que las ocho piezas constituyen muestras de literatura culturalista, reservada a expertos. En modo alguno. Las historias aquí reunidas (un chico que conversa con un extranjero en el Cementerio Alemán de Cuacos de Yuste, la inquietante peripecia del hijo de un recolector de tabaco a quien un niño huido le roba a escondidas los bocadillos, una moneda que se le cae a Raymond Carver en un bar de California el mismo año de su muerte, la pérdida de una valija con documentos valiosos en un tren, etc.) tienen un peso narrativo propio, interesante por sí mismo y lleno de humanidad. Hermoso libro, pues, La Moneda de Carver, de muy grata lectura y editado con mucho gusto por Reino de Cordelia. De todos modos, a mí me habría complacido tratara de lo que tratara, a causa de la prosa de enorme calidad con que está escrito.

viernes, 25 de septiembre de 2020

SOBRE LOS NUEVOS CUENTOS DE PEDRO UGARTE

 


Tengo la sensación de que leer los libros de Pedro Ugarte es como ir de invitado a una casa donde uno sabe de antemano que se come bien. Experimentaba las mismas vibraciones positivas de otras veces al comenzar la lectura de su nueva colección de relatos, Antes del Paraíso, y desde las primeras páginas he visto mi plato y mi copa llenos de excelente literatura.

El libro reúne ocho piezas de ciertas dimensiones en las que se aprecia el pulso narrativo de un veterano, con desarrollos de trama no exentos de complicación y con espacio, incluso, para pequeños trechos reflexivos. Por cierto, antes que se me olvide, la obra la ha publicado recientemente la que se ha convertido, por méritos propios, en la editorial española de cuentos por antonomasia, Páginas de Espuma, que cuida con gusto exquisito sus libros; lo cual tiene su cosica: es grato leer una buena obra ofrecida en un bello envoltorio.

Pero a lo que iba. Los ocho cuentos de Ugarte presentan algunas concomitancias. Por ejemplo, todos están narrados en primera persona por un tal Jorge en funciones de padre, marido o hijo. Se trata de un mismo nombre compartido por una diversidad de personajes con responsabilidad narradora. Otro punto común, más relevante a mi juicio, es que todas las historias sin excepción remiten a asuntos de familia. El tono es de intimidad, con una mezcla bien dosificada de narración de hechos y pensamiento. Ninguna historia se aparta de la circunstancia cotidiana de quienes la protagonizan. La prosa es acorde con la atmósfera de cotidianidad de las historias: precisa, elocuente, fluida.

Encontramos sobre todo historias de relaciones familiares. La familia que se transmite de generación en generación un mito cada vez más idealizado y más adornado de detalles imaginarios sobre el encuentro breve de una abuela con los reyes de Bélgica en un pueblo costero de Guipúzcoa; un padre que visita en compañía de su hijo, durante años, innumerables concesionarios de coches, donde solicita información pormenorizada y se sube a los vehículos sin comprar jamás ninguno; dos matrimonios amigos, de similar posición social al principio, con dos hijos cada uno, que adquieren la costumbre de jugar a escote a la lotería, hasta que una de las parejas se enriquece, tal vez, quién sabe, a consecuencia de un boleto premiado y oportunamente no compartido; un niño acosado por las muestras de cariño de una parentela variopinta que, debido a la falta de nacimientos en el clan, abruma al chavalillo con regalos y arrumacos sin fin cada vez que llega el día de su cumpleaños, como si fuera el hijo de todos. Hay más.

Una historia me ha conmovido especialmente, quizá por ser a un tiempo divertida y triste. Yo la tengo por la más triste del conjunto. Va de un padre divorciado que acompaña todos los sábados a su hija a los partidos escolares de baloncesto, lo que lo obliga a relacionarse con un hombre desagradable, faltón y metete, al que un día, no pudiendo soportarlo más, le arrea un puñetazo en la cara, lo que acarreará críticas y soledad al protagonista a pesar de pedir disculpas.

A mí me inspiran un poco de lástima estos padres, maridos e hijos sufridos de Pedro Ugarte. Sus dramas no parecen, a primera vista, cosa digna de figurar en la Iliada; pero quizá por ello, por su normalidad y grisura, nos golpean con fuerza sutil. Son varones encerrados en un ámbito estrecho de racionalidad y mala suerte, reflexivos, pacíficos, en el fondo inofensivos; una colección de Jorges un poco torpes en la manifestación y práctica de sus afectos, que se afanan de buena fe en sus rutinas, deseosos de paz y convivencia familiar, renunciando si hace falta a riesgos y aventuras, muchas veces sin lograr su propósito. Así, por ejemplo, en el cuento que cierra el libro, que plantea en su comienzo una situación de equilibrio, con un matrimonio en apariencia armónico, el cual se acaba de comprar un piso que no es la maravilla del mundo, pero tampoco está del todo mal. De pronto, en medio de una escena cotidiana, al Jorge de turno la esposa le anuncia por la espalda que se va de casa y se lleva a otra ciudad a la hija común. Resignado a su suerte, silenciosamente roto por dentro, el protagonista continúa picando cebolla.

Sale uno de las historias de Pedro Ugarte bien cenado de literatura, con deseos de una nueva invitación.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

SOBRE EL CARTEL DE HBO

 


El primer cartel promocional de la serie de televisión Patria me parece un desacierto. A diferencia de numerosos opinantes precipitados, he visto los ocho capítulos de la serie. Hay en dichos capítulos una o dos secuencias que me chirrían; pero la trama es en líneas generales próxima a lo que yo narré en mi novela, con una clara línea divisoria entre quien sufre y quien hace sufrir; al mismo tiempo, con un nítido propósito de mostrar la circunstancia humana de cada uno de los personajes. Los pasajes de la filmación en que se muestran escenas de atentados de ETA son explícitos y están claramente vinculados a la ideología que los propició, no dejando margen alguno para lucubraciones justificadoras. También quedan claras las consecuencias del terrorismo en la vida privada de quienes lo padecieron.

Juzgo que este primer cartel (seguirán otros menos susceptibles, según creo, de generar polémica) no es suficiente para formarse una impresión completa de la serie, por más que esta incluya, como mi novela, un episodio de malos tratos en comisaría, cosa que solía ocurrir, si bien a espaldas de la ley; ley, que como se sabe, fue aplicada en ocasiones con resultados condenatorios.

Atribuyo el cartel a una estrategia de márquetin que no comparto. Incumple una norma que yo me impuse cuando escribí mi libro: no perder de vista el dolor de las víctimas del terrorismo, tratarlas con la empatía y el cariño que merecen. La serie, en mi opinión, sí lo hace.