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domingo, 28 de junio de 2020

UNA NOVELA DE TXANI RODRÍGUEZ



Es posible que quienes se hayan adentrado alguna vez (se entiende que con cierta dedicación e intensidad) por los vericuetos de la escritura conozcan la experiencia de lo difícil que resulta en literatura lograr la sencillez. No voy a perder aquí el tiempo tratando de distinguir lo sencillo de lo simple. Los últimos románticos de Txani Rodríguez (Llodio, 1977), novela de título barojiano (y ahí se acaban las coincidencias), reúne en sus no largas dimensiones las virtudes que habitualmente se asocian con la diafanidad, la grata fluidez de los episodios, la ausencia de digresiones prolijas y de retorcimientos barrocos; en suma, como decía al comienzo del párrafo, con la sencillez.
He aquí una novela que despide desde el principio un aroma amable. En el centro, Irune, una mujer ya madura y solitaria y reflexiva que cuenta en breves secuencias narrativas pormenores de sí misma en su circunstancia cotidiana, allá en una localidad que no se nombra, pero deducimos próxima a Bilbao. En mi opinión, la novela se deja definir como un ejercicio de revelación personal en el cual se mezclan, con acertada medida, los acontecimientos, la rememoración y las reflexiones.
El elemento desequilibrador inicial es un bulto en un pecho, con el consiguiente pánico a que se trate de un tumor. Se deja imaginar la alteración que tal hecho inflige en la vida de la protagonista. No le pasan a Irune grandes aventuras, en lo cual se asemeja no poco a muchos de nosotros. Tampoco se halla ella metida en medio de acontecimientos históricos de hondo calado. Lo de su pecho se resolverá bien. No tan bien, en cambio, lo de su vecina Paulina, que acabará en un saco de plástico con cremallera, ni lo del trabajo en la fábrica de productos de papel donde Irune trabaja hasta que la despiden. Hay en el libro un sostenido alegato contra el cultivo abusivo del eucalipto, en detrimento de las especies arbóreas autóctonas, con incendio final que en cierto modo simboliza un castigo y una reparación. Todo el relato, de sentido introspectivo, aunque no exento de diálogos a la vieja usanza, reposa en unas pocas líneas argumentales muy bien cosidas. En consonancia con lo anterior, el desenlace, que no revelaré, cierra con ternura irónica y benévolo gesto del azar una historia que, pese a su escasez de peripecias, no es nunca gris. ¿A santo de qué no han de cumplirse nunca en las novelas los sueños de los protagonistas? ¿Todo tiene que acabar mal? La idea de la amabilidad yo la atribuyo principalmente al contagio al texto de la personalidad de la propia Irune, a quien uno, durante la lectura, tiende a sentir cada vez más cercana. Propensión a la crítica no le falta a esta mujer “normal” ni lucidez para encadenar reproches. Maldad, sin embargo, no se le avista ninguna.
Los últimos románticos de Txani Rodríguez, sin necesidad de grandes orquestaciones lingüísticas ni de junglas filosófícas, es una novela hermosa que cumple a la perfección el cometido primordial del género: contarnos la vida con buena prosa desde una perspectiva individual y, por tanto, intransferible; dicho de otro modo, revelar a cada uno de los lectores, mediante acciones, pensamientos y diálogos, la intimidad del ser, así como las vinculaciones problemáticas con otros seres en un marco espacial y temporal determinado.

domingo, 15 de diciembre de 2019

LA ALEGRÍA DE MANUEL VILAS



Emprendí la lectura de Alegría condicionado por la de su precedente, Ordesa, un libro de escritura loable que leí con emoción. Cada una de sus páginas me ponía un espejo muy peculiar delante de la cara. No todos los libros ajenos caracterizados por su densidad autobiográfica logran que me lea, me refleje, me encuentre a mí mismo y encuente a mi época y a mí país y mis gentes en ellos. Pero Vilas sí lo logra, por razones, además, que también tienen que ver con ciertas propiedades de su literatura. Me da la impresión, la positiva impresión, de que Vilas, haga lo que haga, es un gran poeta.
En mi experiencia de lector, Ordesa y Alegría han quedado como dos partes de un todo confesional. Poco me cuesta imaginar ambos títulos en un solo volumen. Observo, no obstante, alguna diferencia de matiz entre ellos. Advierto en Alegría una presencia mayor de la reflexión íntima en detrimento tal vez del dibujo de época. No tiene esto ninguna importancia. Lo decisivo para el amante de la literatura, en un caso como en otro, es la calidad, que poco me cuesta encontrar en Vilas, un autor que escribe con una patente voluntad literaria, diga lo que diga algún malvado.
Ordesa se me figura a mí la obra de un hombre centrípeto, empeñado en el regreso al origen, a Barbastro, a los padres, a la infancia; un hombre que busca sentido a lo que es y a lo que le ha pasado en el repliegue narrativo hacia su propio big bang. Alegría, en cambio, es el relato, también fragmentario, de un hombre centrífugo que viaja incesantemente en el presente, de un escritor metido peligrosamente en los cincuenta; que se sabe escritor y ha merecido aplauso por los frutos de su talento y de su esfuerzo; que se da, sí, al recuerdo desde una situación como de huida, saltando de aeropuerto en aeropuerto, de hotel en hotel, vinculado conyugalmente a una mujer que no compartió su pasado. El hijo huérfano del primer libro es ahora padre. Padre de sus dos hijos varones, ya crecidos, pero también padre de sus difuntos padres, a los que una y otra vez trata de devolver a la vida, siquiera en la ilusoria forma que permiten las palabras. El lugar del Barbastro natal lo ocupan en Alegría Chicago, Zúrich, Turín... De ahí esa impresión mía de expansión y centrifuguidad.
Percibo ecos de Francisco Umbral en esta forma fragmentaria de contar y de contarse que huye de lo ordenado y analítico, que aprovecha la inspiración del momento; una forma lírica y afirmativa que abre de continuo la puerta a pasajes enormemente luminosos, con la diferencia de que Umbral quiso ser poeta y Vilas lo es. También Vilas es un escritor de frases y apostillas memorables, y a mí me admira su capacidad de hacer alta literatura desde una actitud generosa con la vida y con lo más noble de ella: la bondad, la belleza, el amor... Hoy se lleva más bien lo contrario: el rencor creativo, la frustración personal vertida sobre la realidad común, la ingenua convicción de que un libro debe formular preguntas y no ofrecer respuestas, bobadita que se dice y se repite con monodia dogmática en las presentaciones de libros.
También en Alegría, como en Ordesa, Vilas asigna abreviaturas de nombres de célebres compositores a sus seres más cercanos. Incluso, avanzado el libro, sustituye dichos nombres por otros de célebres actores de cine, como insertando en la memoria un espacio cultural propio. El recurso funciona sin problemas en tanto el lector no pierda de vista a las personas así nombradas. Hay, por ejemplo, un tal Haydn cuya verdadera identidad se nos escatima y entonces se pierde el efecto de tapar sin esconder, de ocultar detrás de un velo traslúcido.
Uno de los mayores aciertos del libro me parece a mí la presencia reiterada de Arnold (por Arnold Schönberg), trasunto, en forma de doble, de todo lo negativo en la vida del narrador: la depresión, dolores diversos del alma (si tal cosa existe), bajones de ánimo, melancolía amarga, sentimiento de culpa, etc. Arnold es el enemigo por antonomasia de la alegría; la versión negra, por así decir, de Vilas. Ocasionalmente es derrotable con ayuda de benzodiapecinas. Derrotable es mucho decir, pues siempre está ahí, acechando detrás de las cortinas.
He disfrutado mucho leyendo Alegría.

sábado, 9 de noviembre de 2019

BERLÍN, EL MURO, LA LITERATURA

Se cumplen treinta años de la caída del Muro por antonomasia. Por dicho motivo, El Cultural recupera hoy un artículo mío de 2014, que reproduzco aquí. 

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Berlín, el Muro, la literatura

Sobre los escombros de aquel Muro caído hace ya un cuarto de siglo se alzó una Alemania unida y libre y eclosionó también una estrepitosa e hiperactiva nueva generación de narradores, del oeste y, sobre todo, del este, con muchas historias que contar. Aquellos jabatos recogían el testigo de los Grass, Lenz o Boll y son hoy nombres consagrados de las letras germanas: Ingo Schulze, Thomas Brussing, Julia Franck, Judith Hermann, Thomas Hettche... Una “movida literaria”, como la describe Fernando Aramburu, de la que el escritor español afincado en Alemania da cuenta aquí.
© Cortesía National Archives / Tu Gran Viaje
Y de pronto cayó el muro. Hay quien dice que se veía venir, que desde que los húngaros abrieron su frontera con Austria, la utopía colectivista sobre la que se asentaba aquel bloque de regímenes opresivos, sumisos a las directrices de Moscú, no podía menos de venirse abajo.
A mí, como a tantos con los que después he conversado al respecto en Alemania, de aquel célebre telediario del 9 de noviembre de 1989, a las ocho de la tarde en la primera cadena de la televisión pública, no me interesaba más que la predicción del tiempo. Para rato íbamos a imaginar el histórico despiste del portavoz gubernamental Günter Schabowski, mal preparado, mal informado, al proclamar en rueda de prensa, como norma ya vigente, lo que no era sino un proyecto del Comité Central del partido único para una posible autorización de los viajes privados fuera de la RDA. Con eso y todo, nadie en sus cabales pone en duda que la caída del muro fue una conquista popular.
Recuerdo la primera vez que vi el Telón de Acero, desde una atalaya de los montes del Harz. Por aquellos parajes idílicos anduvieron en su día Goethe y más tarde Heine. A la memoria me vienen el silencio que se extendía a lo largo de la frontera infranqueable y el hermoso provecho que la naturaleza sabe sacarle a la ausencia de los hombres. Un acompañante me dijo, señalando unas casas al otro lado de las alambradas, a apenas dos o tres kilómetros de distancia: “Nos sería más fácil llegar a Australia que a ese pueblo”.
 


Estos escritores entonces jóvenes son hoy nombres consagrados. No pocos de ellos cuentan con libros publicados en España. Pongo por caso Ingo Schulze, que obtuvo un gran éxito de crítica y ventas en Alemania con sus 33 momentos de felicidad, posteriormente con Historias simples (ambos en Destino). Destaca junto a la literatura fragmentaria de Schulze, el componente paródico, incluso esperpéntico, de Thomas Brussig, de quien Siruela publicó La Avenida del Sol, novela corta aupada en su día al éxito con ayuda de una versión cinematográfica.
Otro caso de escritor, en este caso escritora, que lleva en su biografía marcada a hierro candente la partición de Alemania es Julia Franck, quien a la edad de 8 años logró pasar con su madre y sus tres hermanas a Berlín Occidental. Allí vivieron años duros, de encierro y pobreza en un centro de acogida. Sobre tan ingrata experiencia escribió Julia Franck su novela Zona de tránsito (Tusquets), que ha sido recientemente adaptada al cine. La nómina de escritores alemanes dignos de atención que se dieron a conocer tras la caída del muro podría prolongarse con otros autores accesibles al lector español. Judith Hermann, por ejemplo, que sorprendió a propios y extraños con una delicada e inquietante colección de relatos; o Thomas Hettche, autor de Nox (Tusquets), novela de tintes crudos en la que menudean las descripciones anatómicas y los pasajes que frisan en lo pornográfico y macabro.
Hoy Berlín, sin ser el centro editorial de Alemania, es un imán de escritores y artistas en general, no sólo alemanes. Ciudad tolerante, abierta, multicultural, centro político del país, endeudada hasta las orejas, Berlín persiste en el empeño de recobrar, siquiera en parte, aquel esplendor que tuvo en el pasado, antes de la llegadadel nacionalsocialismo y la destrucción.Y sí, es verdad, todavía, pasados 25 años, hay quien sostiene que el muro perdura en la cabeza de numerosos berlineses. Puede ser. Para quienes llegamos a la ciudad como visitantes, no resulta fácil averiguar a simple vista si tenemos los pies en el Este, si estamos respirando en el Oeste.

domingo, 13 de octubre de 2019

SOBRE IRAZOKI Y EL CONTADOR DE GOTAS



Alguna vez, quizá con más descaro que ciencia, vaticiné que el futuro de la poesía como género creativo (y no como mera reiteración de formas métricas heredadas) estaba en la prosa. Se entiende que no en cualquier prosa, tampoco en el estilo bonito, azucarado, de adjetivación excesiva, que algunos, sin mala intención probablemente, nos han querido vender como poesía. No me molesta leer un buen soneto reciente como tampoco le hago ascos a la música del laúd, y todavía, por fortuna, compruebo que cierto tipo de versos me permiten activar la experiencia poética.
Uno de los escritores que, a mi juicio, ha contribuido con mayor pericia y acierto literario a la creación de una prosa poética moderna es Francisco Javier Irazoki, de quien habíamos leído Los hombres intermitentes (2006) y Orquesta de desaparecidos (2015), ambos títulos editados en Hiperión. A estos dos libros de poemas en prosa, como el propio autor gusta de llamarlos, se añade ahora El contador de gotas (2019), con el que culmina el proyecto. No sabemos si Irazoki ofrecerá en el futuro algún nuevo título de las características de los ya publicados. Lo que sí sabemos, porque el propio autor se ha encargado de manifestarlo, es que la idea inicial consistía en escribir tres obras pensadas para integrar la terna que hoy ya podemos disfrutar completa.
Las tres obras guardan una armonía de temas y estilo, este último caracterizado por una contención elegante y una fina musicalidad verbal que fluye de maravilla tanto en la lectura silenciosa como en la recitación en voz alta.
También El contador de gotas reúne textos, cuarenta y cuatro en total, de sabor autobiográfico, si bien en un sentido no anecdótico. Son textos, por así decir, vividos, sacados por tanto todos ellos de la peripecia vital de quien los escribió, al mismo tiempo que exhiben una rica imaginería. El propio Irazoki lo ha dicho en una entrevista bellísima recientemente publicada en El Cultural (donde, además, ejerce de crítico de poesía): “En realidad, todos mis libros son autobiográficos.” Y especifica con una punta de ironía: “Todavía ignoro cómo se describe literariamente lo que no me ha ocurrido.
Irazoki tiene esas tres cosas que no faltan nunca al poeta grande: escritura, un mundo propio y una filosofía de la vida, que en su caso reposa sobre un suelo moral básicamente humanista. Hay, en este como en sus libros anteriores, dolor y agradecimiento, toma de postura sin tapujos y seres concretos. La suya es una poesía habitada, no escasa en nombres propios, ya sea dentro de la composición o en las dedicatorias. Ahora bien, no es mi intención escribir aquí una reseña al uso sino dar noticia, a quienes conserven la capacidad de sentir y disfrutar, de un libro hermoso, muy hermoso; de un libro emocionante, magníficamente escrito, de una enorme densidad humana. O, dicho de otro modo, El contador de gotas es un título mayor de uno de nuestros poetas mayores.