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sábado, 9 de noviembre de 2019

BERLÍN, EL MURO, LA LITERATURA

Se cumplen treinta años de la caída del Muro por antonomasia. Por dicho motivo, El Cultural recupera hoy un artículo mío de 2014, que reproduzco aquí. 

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Berlín, el Muro, la literatura

Sobre los escombros de aquel Muro caído hace ya un cuarto de siglo se alzó una Alemania unida y libre y eclosionó también una estrepitosa e hiperactiva nueva generación de narradores, del oeste y, sobre todo, del este, con muchas historias que contar. Aquellos jabatos recogían el testigo de los Grass, Lenz o Boll y son hoy nombres consagrados de las letras germanas: Ingo Schulze, Thomas Brussing, Julia Franck, Judith Hermann, Thomas Hettche... Una “movida literaria”, como la describe Fernando Aramburu, de la que el escritor español afincado en Alemania da cuenta aquí.
© Cortesía National Archives / Tu Gran Viaje
Y de pronto cayó el muro. Hay quien dice que se veía venir, que desde que los húngaros abrieron su frontera con Austria, la utopía colectivista sobre la que se asentaba aquel bloque de regímenes opresivos, sumisos a las directrices de Moscú, no podía menos de venirse abajo.
A mí, como a tantos con los que después he conversado al respecto en Alemania, de aquel célebre telediario del 9 de noviembre de 1989, a las ocho de la tarde en la primera cadena de la televisión pública, no me interesaba más que la predicción del tiempo. Para rato íbamos a imaginar el histórico despiste del portavoz gubernamental Günter Schabowski, mal preparado, mal informado, al proclamar en rueda de prensa, como norma ya vigente, lo que no era sino un proyecto del Comité Central del partido único para una posible autorización de los viajes privados fuera de la RDA. Con eso y todo, nadie en sus cabales pone en duda que la caída del muro fue una conquista popular.
Recuerdo la primera vez que vi el Telón de Acero, desde una atalaya de los montes del Harz. Por aquellos parajes idílicos anduvieron en su día Goethe y más tarde Heine. A la memoria me vienen el silencio que se extendía a lo largo de la frontera infranqueable y el hermoso provecho que la naturaleza sabe sacarle a la ausencia de los hombres. Un acompañante me dijo, señalando unas casas al otro lado de las alambradas, a apenas dos o tres kilómetros de distancia: “Nos sería más fácil llegar a Australia que a ese pueblo”.
 


Estos escritores entonces jóvenes son hoy nombres consagrados. No pocos de ellos cuentan con libros publicados en España. Pongo por caso Ingo Schulze, que obtuvo un gran éxito de crítica y ventas en Alemania con sus 33 momentos de felicidad, posteriormente con Historias simples (ambos en Destino). Destaca junto a la literatura fragmentaria de Schulze, el componente paródico, incluso esperpéntico, de Thomas Brussig, de quien Siruela publicó La Avenida del Sol, novela corta aupada en su día al éxito con ayuda de una versión cinematográfica.
Otro caso de escritor, en este caso escritora, que lleva en su biografía marcada a hierro candente la partición de Alemania es Julia Franck, quien a la edad de 8 años logró pasar con su madre y sus tres hermanas a Berlín Occidental. Allí vivieron años duros, de encierro y pobreza en un centro de acogida. Sobre tan ingrata experiencia escribió Julia Franck su novela Zona de tránsito (Tusquets), que ha sido recientemente adaptada al cine. La nómina de escritores alemanes dignos de atención que se dieron a conocer tras la caída del muro podría prolongarse con otros autores accesibles al lector español. Judith Hermann, por ejemplo, que sorprendió a propios y extraños con una delicada e inquietante colección de relatos; o Thomas Hettche, autor de Nox (Tusquets), novela de tintes crudos en la que menudean las descripciones anatómicas y los pasajes que frisan en lo pornográfico y macabro.
Hoy Berlín, sin ser el centro editorial de Alemania, es un imán de escritores y artistas en general, no sólo alemanes. Ciudad tolerante, abierta, multicultural, centro político del país, endeudada hasta las orejas, Berlín persiste en el empeño de recobrar, siquiera en parte, aquel esplendor que tuvo en el pasado, antes de la llegadadel nacionalsocialismo y la destrucción.Y sí, es verdad, todavía, pasados 25 años, hay quien sostiene que el muro perdura en la cabeza de numerosos berlineses. Puede ser. Para quienes llegamos a la ciudad como visitantes, no resulta fácil averiguar a simple vista si tenemos los pies en el Este, si estamos respirando en el Oeste.

domingo, 13 de octubre de 2019

SOBRE IRAZOKI Y EL CONTADOR DE GOTAS



Alguna vez, quizá con más descaro que ciencia, vaticiné que el futuro de la poesía como género creativo (y no como mera reiteración de formas métricas heredadas) estaba en la prosa. Se entiende que no en cualquier prosa, tampoco en el estilo bonito, azucarado, de adjetivación excesiva, que algunos, sin mala intención probablemente, nos han querido vender como poesía. No me molesta leer un buen soneto reciente como tampoco le hago ascos a la música del laúd, y todavía, por fortuna, compruebo que cierto tipo de versos me permiten activar la experiencia poética.
Uno de los escritores que, a mi juicio, ha contribuido con mayor pericia y acierto literario a la creación de una prosa poética moderna es Francisco Javier Irazoki, de quien habíamos leído Los hombres intermitentes (2006) y Orquesta de desaparecidos (2015), ambos títulos editados en Hiperión. A estos dos libros de poemas en prosa, como el propio autor gusta de llamarlos, se añade ahora El contador de gotas (2019), con el que culmina el proyecto. No sabemos si Irazoki ofrecerá en el futuro algún nuevo título de las características de los ya publicados. Lo que sí sabemos, porque el propio autor se ha encargado de manifestarlo, es que la idea inicial consistía en escribir tres obras pensadas para integrar la terna que hoy ya podemos disfrutar completa.
Las tres obras guardan una armonía de temas y estilo, este último caracterizado por una contención elegante y una fina musicalidad verbal que fluye de maravilla tanto en la lectura silenciosa como en la recitación en voz alta.
También El contador de gotas reúne textos, cuarenta y cuatro en total, de sabor autobiográfico, si bien en un sentido no anecdótico. Son textos, por así decir, vividos, sacados por tanto todos ellos de la peripecia vital de quien los escribió, al mismo tiempo que exhiben una rica imaginería. El propio Irazoki lo ha dicho en una entrevista bellísima recientemente publicada en El Cultural (donde, además, ejerce de crítico de poesía): “En realidad, todos mis libros son autobiográficos.” Y especifica con una punta de ironía: “Todavía ignoro cómo se describe literariamente lo que no me ha ocurrido.
Irazoki tiene esas tres cosas que no faltan nunca al poeta grande: escritura, un mundo propio y una filosofía de la vida, que en su caso reposa sobre un suelo moral básicamente humanista. Hay, en este como en sus libros anteriores, dolor y agradecimiento, toma de postura sin tapujos y seres concretos. La suya es una poesía habitada, no escasa en nombres propios, ya sea dentro de la composición o en las dedicatorias. Ahora bien, no es mi intención escribir aquí una reseña al uso sino dar noticia, a quienes conserven la capacidad de sentir y disfrutar, de un libro hermoso, muy hermoso; de un libro emocionante, magníficamente escrito, de una enorme densidad humana. O, dicho de otro modo, El contador de gotas es un título mayor de uno de nuestros poetas mayores.

domingo, 6 de octubre de 2019

SAVATER Y LA PENA



En abril de 2017, el suplemento El Cultural publicó una larga conversación por escrito que mantuve con Fernando Savater para la serie “Voces trenzadas”. Hacía dos años de la muerte de Sara Torres, el ser que por así decir sostenía a Fernando Savater con alicientes varios, con una larga convivencia, con aficiones y proyectos compartidos y, sobre todo, con amor. Yo quise entonces entrarle a mi tocayo lo más adentro posible, más allá de las capas de cebolla de su proverbial vitalismo, de su propensión a la alegría y a la palabra lúdica, e incluso más allá de su pena ostensible, sobre la que él mismo hablaba por esos días en las entrevistas, y le pregunté por su vinculación con la poesía. Respondió con su habitual perspicacia, que a veces él usa, con toda legitimidad, como escudo protector. Me retrucó, preguntándome: ¿Te has fijado en que todos los escritores queremos ser poetas? Pero para entonces yo ya había conseguido abrirle una grieta dialéctica a este hombre de vastas lecturas, ágil con los silogismos y las citas, extravertido, viajero, contestatario de nacimiento, discutidor y locuaz. Por dicha grieta podía entreverse el núcleo dolorido y melancólico de la persona, lo hondo del pozo personal que ahora se ofrece a los lectores con notable transparencia en forma de libro. Su título: La peor parte, subtitulado, para que no haya dudas, Memorias de amor.
La peor parte es un baúl repleto de evocaciones con ayuda de las cuales el autor lleva a cabo un ejercicio de desnudamiento personal sin paliativos: una confesión en toda la regla, encaminada a saldar una deuda de amor con la mujer de su vida. Copio unas palabras de ella: “Si tú no lo cuentas, nadie sabrá lo que hemos sido el uno para el otro.” Pocas pulsiones tan humanas como esta de intentar prolongarse mediante la escritura en la conciencia de los otros y burlar un rato al pasajero tiempo. En cierto modo, escribir tiene similar facultad objetivadora que las lágrimas o la risa. No poco nos alivia trasladar a texto y, por tanto, sacar fuera de nosotros lo que nos incomoda, entristece o duele. O lo que nos exalta o desencadena nuestro júbilo. Savater reitera en su libro que no ve en la escritura posibilidad sanadora ninguna. Bueno, eso ya se verá. También ha dicho que este es su último libro, que no escribirá ninguno más, que le basta con la lectura, las películas y los baños de mar. También eso se verá.
Sara Torres y Fernando Savater fueron durante varias décadas lo que hoy se llama una pareja sentimental. Él prefiere el término tradicional de novios. La relación duró hasta que una terrible enfermedad acabó con la vida de ella en 2015. Dicha relación no aparece ni mucho menos idealizada en el libro. El autor no oculta lo que llama la “ternura brusca” de ella, sus peleas sin que la sangre llegara al río o las reconvenciones que ella echaba cada dos por tres a su Fernan, quien a lo largo del libro propende a rebajarse, tildándose de mal escritor, de modesto cocinero, de pésimo bailarín, de torpe amante... Menos conocida para mí era la influencia ideológica de ella sobre Savater, a quien corregía y llamaba a capítulo cuando hacía falta.
El libro contiene un relato clínico sucinto, enfocado desde la perspectiva “sintiente” del cronista. Me parece acertada la colocación de esta crónica, narrativamente inevitable, al final del libro, cuando ya los lectores se han familiarizado con la humanidad de Pelo Cohete (como moteja Savater a su amada en la intimidad) y no corren el riesgo de que los pormenores de la enfermedad opaquen lo esencial del libro, que es el relato de un amor, de un largo amor, y el homenaje a una mujer extraordinaria con la que el autor mantuvo infinidad de complicidades: afición al cine, viajes, amigos comunes, resistencia a ETA, etc. A veces asoma entre las líneas la manecita del intelectual, del panadero de conceptos, como cuando afirma que “el amor no puede realmente ser descrito porque carece de exterior: es todo por dentro”. No obstante, no queda otra que intentar comunicarlo, echando mano de los recursos de la poesía o de la habilidad del buen narrador para escoger los detalles significativos que el libro aquí comentado ofrece en abundancia.
La peor parte es un libro emocionante que da la talla enorme de un intelectual de fuste atrapado en una telaraña de penas. Este hombre que, según él mismo, parece que no sirve para nada, salvo para leer libros y ver películas, que es un llorón y un quejica y un torpe y un desorientado, crece a nuestra mirada, a fuerza de fragilidad y franqueza, en cada página de su perseverante confesión. El libro, al que no falta una colección de fotos, acaba en una desembocadura de versos. Y, al cerrarlo, uno siente deseos de poner en pie al hombre caído que lo escribió y darle un abrazo.
“¡Qué más da! Emocionado... Emocionado...” (César Vallejo)

viernes, 30 de agosto de 2019

TOP TEN DE ALUBIAS EN 2019



No quiero polémicas. Esto es subjetivo, caprichoso, y lo deciden mano a mano el olfato y el paladar. Uno es de alubias desde que nació y no las ha probado todas, pero sí muchas, con sacramentos, con pescado, con lo que les pongan. Cierto, cierto: el acompañamiento no es nunca accesorio. Tengo mis recetas, mi tiempo de ponerlas en remojo y mi tiempo de cocción, siempre a fuego lento; pero no suelto prenda porque conozco el percal y sé que las discusiones en materia de cocina empiezan, se enconan y no acaban.
¿Judías, frijoles, habichuelas...?
Alubias.
Pensaba esperar a las listas de los mejores libros del año, típicas de diciembre, y añadir como quien no quiere la cosa la mía de las alubias. Sin embargo, me puede la impaciencia. ¿Para qué esperar si ya nada ni nadie podrá cambiar mis preferencias?
Dos palabras relativas a la alubias ganadoras. No hubo duda en la elección. Las alubias de Tolosa juegan con ventaja, pues me saben a madre. Su matrimonio perfecto es con la morcilla de Burgos. Con berza como que no, aunque allá cada cual con su manduca y sus digestiones. Inútil replicarme. Las he comido igualmente en Madrid, no me acuerdo dónde, hace muchos años, en compañía de la escritora Amalia Iglesias y luego en la calle vimos un saltamontes perdido en un muro de la ciudad. Muy buenas aquellas alubias, por auténticas. Si no son maternas ni propias, las del restaurante Igueldo de Barcelona son igualmente monumentales por la buena mano del cocinero, a quien no tengo el gusto de conocer, y por la compañía en platillo aparte del chorizo, la morcilla y unas cuantas piperrak o guindillas desencadenantes de un efímero apogeo agrio en la repisa de la lengua. 
Basta de prefacios superfluos. Aquí va la lista de mis alubias predilectas del año presente:

1. Alubias de Tolosa
2. Alubias canela
3. Fabes
4. Pintas de El Bierzo
5. Babarrunak alavesas
6. Unas pochas de color rosado que compré en Palermo
7. Judiones de La Granja
8. Blancas de El Barco de Ávila
9. Pochas navarras, de la Ribera a poder ser
10. Unas negras pequeñitas cuyo nombre y origen ignoro y que encontré por casualidad en una tienda de Lisboa