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viernes, 30 de agosto de 2019

TOP TEN DE ALUBIAS EN 2019



No quiero polémicas. Esto es subjetivo, caprichoso, y lo deciden mano a mano el olfato y el paladar. Uno es de alubias desde que nació y no las ha probado todas, pero sí muchas, con sacramentos, con pescado, con lo que les pongan. Cierto, cierto: el acompañamiento no es nunca accesorio. Tengo mis recetas, mi tiempo de ponerlas en remojo y mi tiempo de cocción, siempre a fuego lento; pero no suelto prenda porque conozco el percal y sé que las discusiones en materia de cocina empiezan, se enconan y no acaban.
¿Judías, frijoles, habichuelas...?
Alubias.
Pensaba esperar a las listas de los mejores libros del año, típicas de diciembre, y añadir como quien no quiere la cosa la mía de las alubias. Sin embargo, me puede la impaciencia. ¿Para qué esperar si ya nada ni nadie podrá cambiar mis preferencias?
Dos palabras relativas a la alubias ganadoras. No hubo duda en la elección. Las alubias de Tolosa juegan con ventaja, pues me saben a madre. Su matrimonio perfecto es con la morcilla de Burgos. Con berza como que no, aunque allá cada cual con su manduca y sus digestiones. Inútil replicarme. Las he comido igualmente en Madrid, no me acuerdo dónde, hace muchos años, en compañía de la escritora Amalia Iglesias y luego en la calle vimos un saltamontes perdido en un muro de la ciudad. Muy buenas aquellas alubias, por auténticas. Si no son maternas ni propias, las del restaurante Igueldo de Barcelona son igualmente monumentales por la buena mano del cocinero, a quien no tengo el gusto de conocer, y por la compañía en platillo aparte del chorizo, la morcilla y unas cuantas piperrak o guindillas desencadenantes de un efímero apogeo agrio en la repisa de la lengua. 
Basta de prefacios superfluos. Aquí va la lista de mis alubias predilectas del año presente:

1. Alubias de Tolosa
2. Alubias canela
3. Fabes
4. Pintas de El Bierzo
5. Babarrunak alavesas
6. Unas pochas de color rosado que compré en Palermo
7. Judiones de La Granja
8. Blancas de El Barco de Ávila
9. Pochas navarras, de la Ribera a poder ser
10. Unas negras pequeñitas cuyo nombre y origen ignoro y que encontré por casualidad en una tienda de Lisboa

viernes, 23 de agosto de 2019

ATENTADO DE 1976 Y PLACAS PINTARRAJEADAS



El día 4 de octubre de 1976 permanece en mi memoria por dos razones. Era un lunes en el que me estrené como estudiante universitario. Fue en los llamados EUTG (Estudios Universitarios y Técnicos de Guipúzcoa), dependientes de Deusto y situados en una zona próxima al río Urumea, donde este, entonces no muy limpio, tenía su último gran meandro antes de encarar el tramo que acaba en la desembocadura. Aquel día inicié una etapa nueva en mi vida, de las más importantes para mi formación. Tres meses más tarde habría de cumplir dieciocho años.
Hacia mediodía de ese 4 de octubre se produjo el hecho criminal que constituye la segunda razón de mi particular recuerdo de la fecha referida. Lo que en principio fue un rumor halló pronta confirmación, al llegar a casa, en las noticias de la radio. Cuatro activistas de ETA militar, provistos de metralletas, habían asesinado en una calle de mi ciudad natal a Juan María Araluce, a la sazón Presidente de la Diputación de Guipúzcoa; a su chófer José María Elícegui y a los tres miembros de su escolta, Antonio Palomo, Luis Francisco Sanz y Alfredo García. Los investigadores encontraron el suelo regado de casquillos, casi un centenar. Diez transeúntes resultaron heridos de bala.

Andando los años, una noble, una humana iniciativa llevó a la colocación de unas placas recordatorias (a imitación de las Stolpersteine repartidas por diversos países europeos en memoria de las víctimas del Holocausto) en la acera de la donostiarra Avenida de la Libertad. Fueron pintarrajeadas de negro, con burda intención ocultadora, hace unos días y pintarrajeadas nuevamente, según me entero. Advierto en la acción lo que tantas veces he visto: una mezcla, seguramente juvenil, de maldad e inteligencia escasa. A mí, en cualquier caso, la reiterada tentativa de borrar con pintura la memoria no ha hecho sino activármela. Me cuesta poco imaginar que como consecuencia del pintarrajeo más personas conocerán la existencia de dichas placas y su significado. El alcalde de San Sebastián, en un gesto que le honra, ha condenado la acción. Ya tuvimos demasiado silencio en décadas pasadas.

lunes, 19 de agosto de 2019

SOBRE UN LIBRO DE PALACIO VALDÉS



El rito gustoso de leer al menos un libro de la antigua colección Austral al mes me suele llevar a ciertas antiguallas no sólo literarias. No todas son de mi agrado; pero eso importa poco por cuanto lo que yo busco con la lectura de estos libros viejos no tiene nada que ver con la común creencia de nuestra época acerca de lo que uno ha de encontrar en aquello que otros escribieron. La frase de Kafka según la cual los libros deben ser el hacha que rompa el mar helado que se supone que hay dentro de cada uno de nosotros me parece una simple frase. En todo caso, una frase vigente para media docena de libros. ¿O es que se va a pasar uno la vida entera asestándose hachazos dentro de la cabeza?
Este hábito mío de leer libros de Austral me llevó hace un año a una novela intrascendente de Armando Palacio Valdés, La alegría del capitán Ribot, no mal escrita, pero sin consistencia dramática ni el menor relieve épico. No me dejó huella. He vuelto estos días calurosos, por capricho, al mismo autor que algunos menosprecian y casi todos dan por seco y acabado. Cuidadito, cuidadito. El libro en cuestión, también de Austral (adquirido hace un tiempo en la Cuesta de Moyano), La novela de un novelista, me ha sorprendido tan gratamente como para dedicarle un comentario.
La novela de un novelista es un relato autobiográfico escrito desde la vejez. Va de la infancia, adolescencia y primera juventud del autor en su Asturias natal, de la que traza un más que interesante dibujo de época (segunda mitad del siglo XIX). Tiene el relato en su primera mitad algunas adherencias católicas, extensibles a otras obras del autor, por las que acaso Armando Palacio Valdés ha pagado un tributo excesivo en la desmemoria cultural de su país. Al niño de la narración no le faltan sus puntas de beato, lo que dudosamente lo singulariza, en mi opinión, de otros niños de su tiempo. La manera como el autor narra sus vivencias religiosas de la niñez no carece de sustancia narrativa, sino más bien al contrario, lo mismo que sus lances de asiduo camorrista durante la adolescencia.
Lo bueno de este libro, lo que todavía lo hace altamente legible, es su amenidad. Todo él está poblado de peripecias curiosas, insólitas, divertidas. Alumnos que regalan al maestro las varas de avellano con que el docente les pega. Un lobo amaestrado que traiciona al amo, vuelve arrepentido y adulador con él y este lo mata. Un amigo que de noche, regresando al pueblo por el monte, se convierte en oso. Una disputa entre estatuas. El propio autor que se sueña cadáver y recibe en su tumba la visita de diversos filósofos (aun cuando, ay, al final se impone la tesis católica...)
 Armando Palacio Valdés (1853-1938)
Palacio Valdés fue un narrador amable, amigo del equilibrio social, esquivo a las notas truculentas, pero no tan manso como lo pintan. De hecho, La novela de un novelista abunda en episodios de violencia: pedreas infantiles, mamporros, riñas por rivalidades amorosas, conflictos políticos (caída de Isabel II, pelea entre federalistas y unionistas, etc.)
Todo ello se completa con la enumeración y juicio de lecturas, lo que en cierto modo justifica el título del libro, una especie de Bildungsroman o novela de formación como las que abundan en otros predios literarios europeos. No faltan consideraciones perspicaces de índole literaria. Hay una evocación de Leopoldo Alas Clarín, amigo temprano, admirado desde el primer instante. Hay asimismo un pasaje de reflexión que nos da la temperatura moral de este escritor. Dice así: “Nunca fue de mi agrado el género satírico, que se aparta mucho del humorismo. Detrás del humorista hay un espíritu piadoso que sonríe melancólicamente al contemplar las deficiencias y contradicciones de la naturaleza humana. Detrás del satírico, sólo un hombre que ríe malignamente y goza con la miseria intelectual del prójimo. Cervantes fue un humorista. Larra un satírico.”
El estilo, como se puede apreciar en el breve pasaje transcrito, no es en absoluto alambicado ni relamido, sino bastante funcional, de irreprochable elocuencia, aun cuando el buen Armando incurre a veces en llamativos desgarrones de estilo, acaso propios de escritores prolíficos.
La primera edición de La novela de un novelista data de 1921. De joven, neciamente, rehuí a Palacio Valdés sin haberlo leído. No creo tener sitio hoy día, en mi selecta y cada vez más limitada capilla de fervores, para él; pero eso no quita para que le agradezca el puñado de horas de intenso deleite literario que me ha procurado estos días.