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sábado, 20 de julio de 2019

NOTA SOBRE UN LIBRO DE THEODOR KALLIFATIDES



Encontré el otro día a Juan Cruz con ocasión de los Cursos de Verano de la Universidad de Málaga, que él dirige y a los que me invitó a participar. Conversando de esto y de lo otro en una cafetería, salió a reducir el nombre de un escritor, Theodor Kallifatides, de quien yo no había oído hablar hasta la fecha. También a Juan, que conoce a tanta gente en el gremio literario, el nombre de Kallifatides le había llegado de forma un tanto azarosa. ¿Cuántas veces no ha descubierto uno a un autor valioso merced a la recomendación de un amigo o un colega? De las palabras a los hechos, Juan me proporcionó pocas horas después de la conversación un ejemplar de Otra vida por vivir, librito de 153 páginas publicado por Galaxia Gutenberg en mayo de este año.
Ciertas concomitancias biográficas que guardo con el autor despertaron la curiosidad en mí. Theodor Kallifatides es un escritor griego que en la década de los sesenta, a la edad de veinticinco años, emigró a Suecia, donde ha desarrollado toda su carrera literaria.También, como el menda, contrajo matrimonio con una nativa y tuvo hijos con ella, etc. La gran diferencia es que Kallifatides adoptó para la escritura la lengua de su país de residencia, aprendida de adulto. Que no transmitiese la suya materna a sus hijos es una decisión que no deja de sorprenderme.
Pero basta de comparaciones. El caso es que la cancelación de un vuelo y la sustitución del avión por el tren como única posibilidad de llegar a casa el mismo día de la partida, me concedió (¿me impuso?) una cantidad suficiente de horas como para leer de una sentada el librito de Kallifatides, único consuelo de un viaje penoso. Otra vida por vivir ha sido traducido con buena prosa por Selma Ancira. Juzgo inelegante omitir que las palabras de una traducción fueron elegidas por quien traduce. El librito este que comento se lee estupendamente.
Se trata de un relato confesional o, si se prefiere, íntimo. Después de tantos libros, tantas experiencias, tantos acontecimientos felices o infortunados, el autor, ya metido en años (a Juan Cruz le llamó la atención el otro día que yo usase esta expresión durante nuestro diálogo), ha llegado a lo que pudiéramos denominar un callejón sin salida: bloqueo creativo, falta de estímulo para la escritura, cansancio. Sobre todo ello reflexiona el autor con cierta minucia. Decide por último intentar un regreso a los orígenes, justo un año después de haber publicado una novela titulada Siempre volveré. Y vuelve, al menos físicamente, a su Grecia natal en compañía de la esposa, los dos cargados de edad. Y ve lo que hay, la Grecia de la última crisis, la pobreza, la idiosincrasia del ciudadano griego de nuestros días, el ruido, el desánimo, pero también aspectos positivos, esa alegría de vivir que falta al hombre nórdico, la luz, el paisaje de los afectos, viejos conocidos y, sobre todo, la presencia de la lengua materna. Theodor Kallifatides no idealiza Grecia ni la denigra. Y comprende que el regreso después de tantos años es ilusorio. Uno puede volver al suelo original, que sin duda habrá cambiado. Nadie puede volver a su juventud. Otra vida por vivir es el resultado de una tentativa, a mi juicio afortunada, de escribir en la lengua primera. Al hilo de dicho ejercicio, Kallifatides nos revela pormenores relativos al reencuentro con las antiguas palabras.
Singularmente interesantes son sus reflexiones acerca de la vinculación del escritor con la lengua, en su caso con la lengua de la infancia y juventud y con la lengua adoptada. El texto contiene pasajes que convidan a la meditación. Copio dos párrafos (pág. 151) que me pareció oportuno subrayar mientras leía:
Con el sueco, idioma que amaba y amaré siempre, no había alcanzado esa inmediatez. Seguramente no la alcanzaría jamás. Lo llevaba puesto en la cabeza como una corona de espinas. El resultado final no era ni mejor ni peor. Era distinto.
En ese momento lo entendí. Mi primera lengua es palpitación. La segunda, cavilación. La primera brotaba de mis entrañas, la segunda de mi cerebro. El problema era ensamblarlas.
Otros se obsesionan por imponer en un territorio una realidad unitaria empeñándose en que sólo se hable un idioma, empeño mezquino y reductor donde los haya. Kallifatides nos confirma la fragilidad de todo aquello que presuminos inamovible y duradero. Sin embargo, no hay amargura en las páginas de su libro, ventana abierta al espacio íntimo de un escritor que, como el hijo de mi madre, ha vivido largas décadas (cinco en su caso, tres en el mío) con la condición de extranjero.
Debo la grata lectura del libro de Theodor Kallifatides a los problemas de tráfico aéreo que agobian en la actualidad los aeropuertos de Centroeuropa y  a la generosidad de Juan Cruz. Mi gratitud es sólo para este último.