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viernes, 8 de marzo de 2019

GRAN NOVELA DE ADOLFO GARCÍA ORTEGA

He dejado pasar veinticuatro horas antes de ponerme a la tarea de comentar un libro que me ha causado una impresión tan honda como positiva. Lo hago así porque no deseo que el entusiasmo me revuelva las ideas o incluso me las dicte. Es admirable el provecho literario que Adolfo García Ortega ha sabido extraer en Una tumba en el aire (Galaxia Gutenberg, febrero, 2019) de un episodio real, uno de los capítulos más espantosos de la larga lista de horrores causados por el terrorismo de ETA.
El hecho está documentado hasta donde no lo pudo impedir el secretismo de la organización. Tres amigos gallegos (dato este que no es baladí, pues está en la base de su tragedia), jóvenes inmigrantes afincados en Irún, deciden como tanta gente de entonces pasar la frontera de Francia un sábado de marzo de 1973 para ver una película, El último tango en París, y divertirse un rato. El franquismo se encuentra en su tramo final. El sur de Francia da cobijo a la jefatura de ETA. Sus militantes ven soplones y policías detrás de cada árbol, con la consiguiente paranoia. Ocurre que, ya entrada la noche, los tres amigos (Humberto Fouz, Fernando Quiroga y Jorge García) entran en una discoteca. Allí, debido a su aspecto, sus gestos y su idioma, llaman la atención de unos etarras, quienes al punto los identifican con txakurras (policías españoles en la jerigonza abertzale). De la sospecha a la certeza, de esta al crimen, no media distancia alguna, y los tres amigos inocentes ya no saldrán vivos de la que será su última y espeluznante noche. Porque no es sólo que ETA los va a matar como mató a tantas personas, sin excluir una veintena larga de niños, sino la manera sádica como serán liquidados con excepción de uno de ellos, asesinado rápidamente con un botellazo en la cabeza.
Hasta aquí, resumido, el suceso previo a la literatura. Una tumba en el aire podrá ser diversas cosas; pero antes que nada es una novela, una gran novela, que va mucho más allá de la relación de unos hechos reales. En ella se respeta con propósito de veracidad los datos de archivo, alrededor de los cuales el escritor lleva a cabo un portentoso ejercicio de novelización. Para la comprensión general del libro, importan no menos que los datos obtenidos mediante documentación los antecedentes, las circunstancias privadas de los personajes, tanto de víctimas como de victimarios; los noviazgos, las historias familiares, las obligaciones laborales, la distinta conformación psicológica de cada cual... En fin, lo individual y privado, esto es, la pasta humana sin la cual la literatura narrativa no es posible.
Se trata, en definitiva, de una reconstrucción ficcional que abarca una multiplicidad de perspectivas, como si una cámara narradora merodease a manera de dron en torno a la vida de los actores e incluso fuera capaz de tomar imágenes de dentro de ellos. La acción se focaliza tanto en las víctimas como en los agresores. Unos y otros merecen una atención minuciosa. De tal manera que lo interesante, como no podía ser menos cuando nos situamos en el universo de la literatura, no es tanto averiguar qué sucedió (materia prima de la historiografía o el periodismo), como la representación de lo sucedido, lo que nos ayudará a saber de qué modo se vivió todo aquello que se nos cuenta. El objeto de dicho ejercicio no es meramente informativo. Al lector le será inevitable establecer una conexión emocional con lo narrado, una de las razones por las que la ficción (literaria, cinematográfica o de cualquier otro tipo) ejerce en nosotros un poder de atracción tan poderoso.
La crudeza de algunos episodios no se queda en la simple descripción. Para entonces, ya hemos establecido la suficiente familiaridad con los personajes como para que nos afecte de manera intensa (si no estamos hechos de hielo, claro) lo que hacen o lo que les está sucediendo. García Ortega preserva, por ejemplo, un hueco a la vivencia psicológica durante la ejecución de la tortura, también en los últimos segundos de vida de los torturados, de donde nuevamente se deduce la vocación literaria del texto. Los personajes existieron fuera de la literatura. Sus rostros se pueden ver en internet, donde el lector hallará asimismo datos sobre la peripecia vital de cada uno de ellos. No falta el sibilino Telesforo Monzón, suministrador de refugio y argumentos para los crueles gudaris y apaciguador de sus conciencias.
Muy buena la prosa, que se ajusta como anillo al dedo a la materia narrada, con una fluencia y una credibilidad como no es frecuente encontrar en este tipo de relatos. La tensión narrativa se mantiene de principio a fin. No recuerdo ningún pasaje, ningún párrafo, que me hubieran parecido superfluos ni prolijos. Y los amigos de los eufemismos trivializadores y de ponerle a ETA una alfombra justificativa por la vía de afirmar sus intenciones políticas no van a encontrar aquí un texto de su agrado. Me quedo con esta conclusión: el bestial asesinato de aquellos tres pobres gallegos no fue una equivocación. Pudiera, en todo caso, serlo desde la perspectiva de las tres víctimas. Los terroristas estaban, en cambio, organizados y armados para hacer actos crueles. Ya lo dice uno de ellos en el desenlace de la novela, cuando el compañero le pregunta si los tres muertos eran “txakurras o no eran txakurras”. “Ni siquiera me importa”, responde. “Eran españoles, ¿no? Pues lo mismo da.”
En mi opinión, Una tumba en el aire de Adolfo García Ortega es uno de los títulos mayores sobre o, mejor dicho, contra el terrorismo de ETA.