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jueves, 14 de marzo de 2019

AFORISMOS DE ROBERTO HERRERO



Conocemos a Roberto Herrero (San Sebastián, 1960) por su labor de periodista. Experto en artes escénicas, suele escribir sobre teatro en El Diario Vasco y él mismo es autor de obras teatrales. Con una de ellas, Los abrazos perdidos, obtuvo el Premio Euskadi en 1995.
Menos conocida hasta ahora es su faceta de cultivador del aforismo. Acaba de publicar una colección con el título de Abrir la ventana está sobrevalorado y con prólogo del poeta Francisco Javier Irazoki. Es una lástima que este tipo de libritos (son sesenta y siete páginas) circulen poco y a veces mal. Por eso y porque muchas veces son de veras valiosos, como en este caso, me parece pertinente dar cuenta del de Roberto Herrero. Lo ha publicado la Editorial Trea, afincada en Gijón.
Siento una rápida cercanía con los aforismos de Roberto Herrero. Él evita a toda costa lo que pudiéramos llamar la máxima moral, la regla de comportamiento o el aserto de sabor filosófico. Lo suyo es la frase con aguijón, con doble intención, con mala órdiga irónica. El propio autor se aplica en ocasiones su propia medicina:

Me tomo el pulso con miedo a no contestarme.

Otros aforismos son como corolarios de hombre que sabe, que ha vivido:

Si te paras a mirar, llegas tarde. Si no te paras, sólo llegas.

Uno lee y sonríe, asiente y sonríe. No anda lejos Groucho Marx, uno de los mayores genios que ha dado el género. Veamos:

En las farmacias sería bueno formar dos colas, una para los champús y las cremas y otra para los casos menos graves.

Van aquí a modo de muestra unos cuantos aforismos, sacados del libro de Roberto Herrero, para ir haciendo boca.

El miedo al infinito se agrava en los días claros.

Las palabras hermosas tienen aspecto de cansadas.

En la pareja son muy tristes las broncas de silencios.

En los sueños no nos pertenecemos.

Hay drogas que matan a los demás.

viernes, 8 de marzo de 2019

GRAN NOVELA DE ADOLFO GARCÍA ORTEGA

He dejado pasar veinticuatro horas antes de ponerme a la tarea de comentar un libro que me ha causado una impresión tan honda como positiva. Lo hago así porque no deseo que el entusiasmo me revuelva las ideas o incluso me las dicte. Es admirable el provecho literario que Adolfo García Ortega ha sabido extraer en Una tumba en el aire (Galaxia Gutenberg, febrero, 2019) de un episodio real, uno de los capítulos más espantosos de la larga lista de horrores causados por el terrorismo de ETA.
El hecho está documentado hasta donde no lo pudo impedir el secretismo de la organización. Tres amigos gallegos (dato este que no es baladí, pues está en la base de su tragedia), jóvenes inmigrantes afincados en Irún, deciden como tanta gente de entonces pasar la frontera de Francia un sábado de marzo de 1973 para ver una película, El último tango en París, y divertirse un rato. El franquismo se encuentra en su tramo final. El sur de Francia da cobijo a la jefatura de ETA. Sus militantes ven soplones y policías detrás de cada árbol, con la consiguiente paranoia. Ocurre que, ya entrada la noche, los tres amigos (Humberto Fouz, Fernando Quiroga y Jorge García) entran en una discoteca. Allí, debido a su aspecto, sus gestos y su idioma, llaman la atención de unos etarras, quienes al punto los identifican con txakurras (policías españoles en la jerigonza abertzale). De la sospecha a la certeza, de esta al crimen, no media distancia alguna, y los tres amigos inocentes ya no saldrán vivos de la que será su última y espeluznante noche. Porque no es sólo que ETA los va a matar como mató a tantas personas, sin excluir una veintena larga de niños, sino la manera sádica como serán liquidados con excepción de uno de ellos, asesinado rápidamente con un botellazo en la cabeza.
Hasta aquí, resumido, el suceso previo a la literatura. Una tumba en el aire podrá ser diversas cosas; pero antes que nada es una novela, una gran novela, que va mucho más allá de la relación de unos hechos reales. En ella se respeta con propósito de veracidad los datos de archivo, alrededor de los cuales el escritor lleva a cabo un portentoso ejercicio de novelización. Para la comprensión general del libro, importan no menos que los datos obtenidos mediante documentación los antecedentes, las circunstancias privadas de los personajes, tanto de víctimas como de victimarios; los noviazgos, las historias familiares, las obligaciones laborales, la distinta conformación psicológica de cada cual... En fin, lo individual y privado, esto es, la pasta humana sin la cual la literatura narrativa no es posible.
Se trata, en definitiva, de una reconstrucción ficcional que abarca una multiplicidad de perspectivas, como si una cámara narradora merodease a manera de dron en torno a la vida de los actores e incluso fuera capaz de tomar imágenes de dentro de ellos. La acción se focaliza tanto en las víctimas como en los agresores. Unos y otros merecen una atención minuciosa. De tal manera que lo interesante, como no podía ser menos cuando nos situamos en el universo de la literatura, no es tanto averiguar qué sucedió (materia prima de la historiografía o el periodismo), como la representación de lo sucedido, lo que nos ayudará a saber de qué modo se vivió todo aquello que se nos cuenta. El objeto de dicho ejercicio no es meramente informativo. Al lector le será inevitable establecer una conexión emocional con lo narrado, una de las razones por las que la ficción (literaria, cinematográfica o de cualquier otro tipo) ejerce en nosotros un poder de atracción tan poderoso.
La crudeza de algunos episodios no se queda en la simple descripción. Para entonces, ya hemos establecido la suficiente familiaridad con los personajes como para que nos afecte de manera intensa (si no estamos hechos de hielo, claro) lo que hacen o lo que les está sucediendo. García Ortega preserva, por ejemplo, un hueco a la vivencia psicológica durante la ejecución de la tortura, también en los últimos segundos de vida de los torturados, de donde nuevamente se deduce la vocación literaria del texto. Los personajes existieron fuera de la literatura. Sus rostros se pueden ver en internet, donde el lector hallará asimismo datos sobre la peripecia vital de cada uno de ellos. No falta el sibilino Telesforo Monzón, suministrador de refugio y argumentos para los crueles gudaris y apaciguador de sus conciencias.
Muy buena la prosa, que se ajusta como anillo al dedo a la materia narrada, con una fluencia y una credibilidad como no es frecuente encontrar en este tipo de relatos. La tensión narrativa se mantiene de principio a fin. No recuerdo ningún pasaje, ningún párrafo, que me hubieran parecido superfluos ni prolijos. Y los amigos de los eufemismos trivializadores y de ponerle a ETA una alfombra justificativa por la vía de afirmar sus intenciones políticas no van a encontrar aquí un texto de su agrado. Me quedo con esta conclusión: el bestial asesinato de aquellos tres pobres gallegos no fue una equivocación. Pudiera, en todo caso, serlo desde la perspectiva de las tres víctimas. Los terroristas estaban, en cambio, organizados y armados para hacer actos crueles. Ya lo dice uno de ellos en el desenlace de la novela, cuando el compañero le pregunta si los tres muertos eran “txakurras o no eran txakurras”. “Ni siquiera me importa”, responde. “Eran españoles, ¿no? Pues lo mismo da.”
En mi opinión, Una tumba en el aire de Adolfo García Ortega es uno de los títulos mayores sobre o, mejor dicho, contra el terrorismo de ETA.



domingo, 3 de marzo de 2019

POR QUÉ NO SIGO CON MIS ARTÍCULOS DOMINICALES



En junio de 2017, empecé a escribir artículos para la serie Entre coche y andén. Hoy domingo, 3 de marzo, se ha publicado el último y me propongo explicar aquí escuetamente por qué he tomado la decisión de poner fin a una tarea a la que he estado dedicándome con gusto durante ochenta y una semanas. Lo hago para atajar posibles rumores infundados, pero también porque amigos y conocidos me lo han preguntado. Aprovecho estas líneas para responder a todos a la vez.
Antes que nada, quiero y debo agradecer la gentileza de El Mundo por haber puesto a mi disposición una página dominical con el fin de que yo la llenara con textos de mi entera elección. Para mí ha sido un privilegio contar con un espacio de dimensiones tan generosas y compartirlo con un ilustrador excepcional, Gabriel Sanz.
Los responsables del periódico habrían deseado que yo continuara con mi colaboración semanal y yo hice un esfuerzo por compaginarla con mi actual proyecto literario. No ha sido posible. He comprobado que necesito todo el tiempo de que dispongo y mi mucha o poca energía mental para atender al nuevo libro en marcha. Dejo, como quien dice, los artículos para encerrarme a escribir. No descarto enviar al periódico en el futuro, de forma esporádica, alguna que otra reflexión de índole cultural.
Una segunda razón me ha determinado a no continuar con la redacción de los textos de Entre coche y andén. Veo a algunos compañeros de letras que llevan décadas dedicados semana tras semana al articulismo opinativo. Admiro su resistencia, pero yo no deseo similar destino para mí. Me declaro incapaz de atarme a una tarea de estas características sin tener la incómoda sensación de que se me agotan los temas y de que, una vez perdido el empuje inicial, cosa que a mí tarde o temprano siempre me ocurre, se me va a fosilizar la inventiva. No sé otros, pero a mí se me salta la alarma en cuanto atisbo los riesgos de la repetición y la rutina. Quizá esto sea una manía, pero es mi manía y, a fin de cuentas, uno no puede bajo ninguna circunstancia perderse de vista a sí mismo.