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viernes, 11 de enero de 2019

LA NUEVA NOVELA DE JUAN GRACIA ARMENDÁRIZ



En la docena de días transcurridos desde las última uvas, 2019 ha tenido la amabilidad de depararme cuatro lecturas de alta calidad: el libro de Guillermo Altares sobre el que escribí aquí el otro día, un regreso a la poesía de Rosalía Castro (sin “de” en mi edición de Austral), el drama La muerte y la doncella de Ariel Dorfman (siempre actual allá donde hubo o haya tiranía y tortura en calabozos policiales) y esta Guía de extraviados de Juan Gracia Armendáriz (Pamplona, 1965), novela reciente, más bien novela corta, de un autor al que conozco en persona y cuyo progreso hacia la madurez literaria he seguido con gusto y puntualidad. He aquí uno de esos títulos que salen al mercado en el tramo final del año, demasiado tarde para ser tenidos en cuenta en las listas de las mejores obras y fatalmente fuera del margen temporal de las que merecerán consideración el próximo diciembre.
Guía de extraviados (Pre-Textos, 2018) es un monólogo epistolar troceado en trece capítulos. Lo escribe un varón de 43 años a su esposa desaparecida. La mujer se dirigía un día de tantos a su trabajo en el conservatorio. Es lo último que se sabe de ella. Se conserva una filmación en la que se le ve circulando en bicicleta por una carretera y eso es todo. Han transcurrido tres años. Más no revelo porque tampoco se trata de reducir a picadillo en esta página el argumento. Pero vamos a decir que esa es la situación narrativa, la de un hombre que perdió de manos a boca a un ser querido con el que mantenía una relación conyugal armónica, particularmente en el aspecto sexual, y no se resigna a continuar viviendo con un hueco enorme a su lado.
Por supuesto que el narrador denuncia el caso a la policía, contrata los servicios de una agencia de detectives, inicia por su cuenta una serie de pesquisas que no conducirán a resultado alguno; pero, en mi opinión, la sustancia del relato de Gracia Armendáriz es otro que el habitual que habría dado lugar a una novela de suspense. Porque aquí el sustento del relato es la vivencia de la pérdida; no tanto la búsqueda de la persona desaparecida como la repercusión de tal hecho en el hombre que se queda solo y ha de ingeniárselas para sobrellevar una ausencia que determina hasta el último segundo de su vida, le roba toda paz interior y lo deja punto menos que sin asideros vitales.
Celebro como degustador de literatura que el autor haya sabido encontrar las dosis exactas para los tramos introspectivos. La prosa me ha hecho un efecto sobremanera grato. El propio narrador, en un final de capítulo, la califica de “informativa”. Es su visión que el lector, agradablemente, no tiene por qué compartir. La prosa es de una meritoria sobriedad, sin chorradas ornamentales ni inflamación retórica de ningún tipo. Es seca, es directa y se adecua a la perfección a la historia narrada, dándole un barniz de verdad humana.
Confieso que temía el desenlace. Un final con resolución a la manera de las novelas policiacas al uso me habría llevado derechamente al desengaño. Se deja imaginar que el protagonista busca maneras diversas de llenar el hueco dejado por la desaparición de su mujer: la meditación zen, un brujo congoleño que trata de regarle la espalda con sangre de gato, la sustitución de la esposa por una ristra de amantes ocasionales de cama, etc. La idea de que la desaparición conforme un mundo en el que es posible la ilusión de reunirse con los desaparecidos me ha convencido plenamente, y no tanto por inesperado, que también, como por profundo. En el lado de allá, en el de los que estaban y ya no están, con el mar enfrente, es donde el narrador redacta en condición voluntariamente asumida de desaparecido la carta llamada Guía de extraviados. Enhorabuena al autor por esta soberbia pieza de literatura.

jueves, 10 de enero de 2019

CIERRA "PORTADORES DE SUEÑOS"



Uno se entristece leyendo la noticia del cierre de esta o la otra librería. A menudo se trata de establecimientos que uno no conoce. Le quedan lejos, en ciudades que uno no frecuenta. Así y todo, quienes amamos los libros y amamos que nuestros conciudadanos adquieran cultura, se expresen con elegancia y propiedad, sean personas interesantes y muestren modales, sentimos en tales casos un pinchazo de pena. Quizá esto no nos ocurriría si el hecho no fuese, por desgracia, común. Forma parte de una tendencia que afecta no solamente a España. En Alemania, mi país de residencia, ocurre lo mismo. No me parece exagerado hablar de una catástrofe cultural.
La noticia, esta mañana, del cierre de la librería Portadores de sueños, en Zaragoza, me ha roto literalmente el día. Conozco el lugar y a quienes hasta hace poco lo regentaban, Eva Cosculluela y Félix Eloy González. Estuve allí en el otoño de 2016 firmando ejemplares de Patria. Otros compañeros de letras han presentado sus libros en el mismo local. Portadores de sueños recibió en 2012 el Premio Librería Cultural. Félix y Eva no se limitaban al comercio de libros. Sostenían bajo el techo de su local una intensa actividad cultural. Lo dicho, el cierre de la librería me ha pegado fuerte.
Aquella tarde de las firmas, Eva me consiguió un libro que yo llevaba un tiempo buscando, la Poesía reunida de Piedad Bonnett (Lumen, septiembre de 2016). El libro de esta maravillosa escritora colombiana (para quien vaticino el Premio Cervantes cualquier año de estos) se había publicado dos meses antes. Yo había preguntado en varios sitios y en ninguno lo tenían. Eva me dijo: “Espera un momento”. Entró no sé dónde, en su rebotica o almacén, y reapareció al cabo de un rato con el libro, cosa que difícilmente habría ocurrido en una librería generalista. No me lo quería cobrar; pero ahí me puse tieso y apoquiné, que una cosa es la amistad y otra el pan nuestro de cada día.
En algunas intervenciones públicas, incluso fuera de España, he contado que cierta librera me agradeció una tarde la publicación de Patria. Nunca antes me había sucedido un hecho semejante. La frase literal era: “Patria nos ha salvado el otoño.” Pues bien, la librera cuyo nombre, por discreción, no pronuncié nunca ante el público, era Eva Cosculluela. Y su revelación, lejos de halagarme, me produjo un estremecimiento interno, por cuanto me dio a entender que el negocio de la venta de libros andaba sobre la cuerda floja. De un superventas, género que levanta ronchas en la envidia, viven muchas personas, entre ellas los libreros, cuya tajada por ejemplar vendido es más grande que la que corresponde al autor. Es gracias a los libros que hacen sonar la caja que ellos pueden permitirse la oferta de otros destinados a un público más selecto. Nunca está de más decir las cosas como son.
En fin, un día triste, un día doloroso, un palo.
Cierra Portadores de sueños.

domingo, 6 de enero de 2019

VIAJE DE GUILLERMO ALTARES POR LA HISTORIA DE EUROPA



Empiezo el año con la grata lectura de este libro de Guillermo Altares de reciente publicación (Tusquets, octubre de 2018), que yo lo he leído en su tercera edición, fechada en noviembre del año referido. Uno les profesa gusto a estos libros que combinan el comentario personal, los viajes, la historia, las cuestiones sociales y la diversidad cultural, aún más si, como en este caso, están estupendamente redactados.
Una lección olvidada es un libro documentado y escrito a la manera de un periodista. Altares no es historiador ni erudito. Tampoco escribe como tales, aunque conoce la materia. Como buen periodista, Altares va a los sitios sobre los que después traza su crónica particular, salpicada de pormenores interesantes y amenos. Esto le permite a ratos el relato subjetivo, así como dar información sobre el estado actual de los vestigios, hablar con testigos, referir curiosidades, visitar los escenarios de la Historia...
El subtítulo nos pone desde el principio en la senda de lo que nos espera en las más de cuatrocientas páginas que siguen: Viajes por la historia de Europa.  En las págnas 16 y 17 se formula el propósito del autor: “El objetivo de este libro es precisamente recorrer diferentes espacios de Europa en busca de los estratos de su pasado.” El recorrido se inicia muy atrás en el tiempo, con las pinturas rupestres de la cueva de Chauvet, convenientemente preservadas del turismo dañino mediante una réplica. Las invasiones actuales de turistas son un reiterado caballo de batalla en el libro de Guillermo Altares.
Ötzi, el cadáver momificado que llevaba esperando cerca de cinco mil años a ser desenterrado del hielo alpino, es por así decir el primer europeo visitado por Altares al que podemos asignar un nombre propio. No menos significativo acaso sea el detalle de que muriera posiblemente asesinado o como consecuencia de una pelea. Esta es una de las constantes de Europa hasta, por lo menos, la fundación de la Unión Europea: el derramamiento continuo de sangre. Europa, afirma el autor, es “una infinita acumulación de batallas, un palimpsesto de horrores” (pág. 70).
La posible contienda de flecheros que le costó la vida a Ötzi adquiere un carácter multitudinario en la guerra de Troya. De ahí, seguramente, su carácter fundacional. Troya inaugura “la guerra de todos nosotros”. Europa, que tantas cosas maravillosas ha dado al mundo (la literatura, por ejemplo, sin la que Troya nos sería desconocida), ha sido entre otras cosas una guerra constante, apenas interrumpida por breve treguas.
El libro nos habla de Nerón, “símbolo del mal”, que seguramente no mandó pegar fuego a Roma, pero se aprovechó de la catástrofe. Y nos habla de los romanos que alargaron su presencia hasta el actual Reino Unido y pusieron en marcha unos primeros asomos de economía globalizada. Asimismo el autor se detiene en la sangrienta cruzada albigense que originó la Inquisición papal, con especial atención a la toma de Béziers en 1209, una de las escabechinas más espeluznantes que se recuerdan. No ha sido, por desgracia, extraña a Europa la intolerancia religiosa ni la persecución de los judíos, que tuvo en España un temprano y triste capítulo.
Guillermo Altares escribe acerca del calamitoso siglo XVII y sobre el genial y pendenciero pintor Caravaggio. No olvida el terremoto de Sicilia en dicho siglo ni la devastación de Lisboa en 1755, que concitó una especie de solidaridad internacional. Sería imposible entender lo que ha sido y es Europa sin atender a los incesantes movimientos migratorios. París y sus sucesivas revoluciones merecen un capítulo aparte en el libro, así como la niebla y contaminación industrial de Londres, Sherlock Holmes, el progreso industrial y la primera guerra mundial, en la cual la efectividad mortífera de las armas hizo inviables las contiendas al viejo estilo, con los ejércitos alineados por última vez uno frente a otro. Altares visita los cementerios debidos a la batalla del Somme, en los que ve una sinopsis de la primera mitad del siglo XX europeo, y rememora el Madrid de 1936 a 1939, con sus bombardeos, sus sacas, pero también con sus periodistas, sus fotógrafos y sus héroes.
El autor repasa el llamado Gran Terror bajo Stalin; reflexiona sobre las violaciones masivas de mujeres alemanas en los días posteriores a la derrota nazi, por parte sobre todo de los soviéticos, pero también de los aliados. Muy interesantes (y estremecedoras) son las páginas dedicadas al infierno comunista de Ceaușescu y su mujer Elena, finalmente fusilados. O las consagradas al nunca aclarado asesinato de Olof Palme en 1986, a la salida de un cine de Estocolmo, o el del cineasta Theo van Gogh en Ámsterdam, “la ciudad más liberal del mundo”, sobre la que Altares escribe con ostensible admiración. En fin, este apasionante  e instructivo paseo por algunos de los hitos más destacados de la historia de Europa termina en la disolución sangrienta de Yugoslavia.
Altares acompaña las descripciones y relatos que componen Una lección olvidada con comentarios de su propia cosecha, siempre dentro del marco de un europeísmo de raíz tolerante y democrática. Este libro es una apuesta por los valores culturales del continente, a la par que una llamada a la convivencia pacífica de los distintos. La Historia, nos dice el autor, es fuente de belleza y de relatos innumerables; pero contiene también no pocas advertencias. En modo alguno debería hipotecar nuestro presente, por cuanto nuestros problemas de ahora son otros que los del pasado y sus posibles y deseables soluciones no pueden provenir de las viejas batallas. Algo de canto esperanzado al Viejo Continente tiene este excelente libro de Guillermo Altares.