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domingo, 11 de junio de 2017

SOBRE UN POEMA DE CLAUDIO RODRÏGUEZ




MIENTRAS TÚ DUERMES

Cuando tú duermes
pones los pies muy juntos,
alta la cara y ladeada, y cruzas
y alzas las rodillas, no astutas todavía;
la mano silenciosa en la mejilla izquierda
y la mano derecha en el hombro que es puerta
y oración no maldita.

Qué cuerpo tan querido,
junto al dolor lascivo de su sueño,
con su inocencia y su libertad,
como recién llovido.

Ahora que estás durmiendo
y la mañana de la almohada,
el oleaje de las sábanas,
me dan camino a la contemplación,
no al sueño, pon, pon tus dedos
en los labios,
y el pulgar en la sien,
como ahora. Y déjame que ande
lo que estoy viendo y amo: tu manera
de dormir, casi niña,
y tu respiración tan limpia que es suspiro
y llega casi al beso.
Te estoy acompañando. Despiértate. Es de día.

Claudio Rodríguez


El cuerpo de la durmiente

Claudio Rodríguez (1934-1999) gustaba de denominarse a sí mismo poeta andariego. Salir a caminar, en su caso preferentemente por el campo, y volver al término de la excursión a casa con un poema escrito en un cuaderno o memorizado, es tanto una actitud vital como una manera de practicar y entender la creación poética. Pudiera decirse que Claudio Rodríguez, en su sencillez, en su falta de ínfulas, fue un hombre que recorrió sin prisa el camino de la existencia contemplando cuanto encontraba a su paso. Llegó al final con una cosecha no demasiado numerosa de poemas, pero de una estimable altura literaria. Publicó en el curso de su vida, de forma cada vez más espaciada, cinco libros de poesía. El poema “Mientras tú duermes” pertenece al penúltimo de ellos, El vuelo de la celebración, editado por vez primera en 1976.
Alguna vez, medio en broma, afirmé que un escritor debería consistir en dos seres. Mejor dicho, en dos cuerpos de un mismo ser. El uno se dedicaría a viajar por el mundo haciendo acopio de experiencia personal; el otro permanecería encerrado en una habitación, ante una mesa de escribir, esperando que el primero venga a abastecerlo de noticias y conocimientos provechosos para la escritura. Claudio Rodríguez desmiente a su manera esta imagen del escritor recluido que se entrega al oficio literario en los remansos de la vida o incluso a espaldas de ella.
Se advierte en no pocos de sus poemas una especial cadencia vinculada a los hábitos del caminante; una cadencia que es tanto como una atmósfera compuesta de soledad, meditación serena, emoción íntima, talante contemplativo, un tono reposado que ignora el énfasis y una presencia notable de lo que pudiéramos llamar hechos comunes. Se dijera que Claudio Rodríguez escribía en medio de las vicisitudes, ya fuese en el campo o de paseo por las calles, con independencia de que luego se sentara al escritorio a terminar los poemas o a pulirlos.
“Mientras tú duermes” dibuja una situación cotidiana cuyos componentes, a la manera de un cuadro, permanecen estáticos. Una persona está durmiendo en una cama. Se trata presumiblemente de una mujer, acaso de la esposa del poeta. A su lado, el sujeto poético la contempla con ternura. Ya el primer verso denota la repetición habitual de la escena, lo que implica convivencia entre el observador y el objeto de su observación. Este, la durmiente, carece de nombre y de otras señas singulares. Es, sí, sólo un cuerpo, pero rescatado de su condición meramente carnal por el hecho de ser querido. Visto desde esta perspectiva, “Mientras tú duermes” es sin la menor duda un poema de amor.
No sabemos si el cuerpo de la durmiente se halla desnudo; pero en todo caso la mención de las sucesivas partes anatómicas prueba que a dicho cuerpo no lo cubre la ropa de cama. En ningún momento se destaca su desnudez ni se hace referencia a partes bellas, atractivas o erógenas. No interesa al poeta tanto la descripción como la postura corporal de la yacente. El poeta selecciona seis partes del cuerpo observado (pies, cara, rodillas, la mejilla izquierda, la mano derecha y un hombro), no para expresar cómo son, sino cómo están, y tan sólo la alusión a la astucia de las rodillas introduce un leve, muy leve, toque sensual.
No veo en el poema lo que pudiéramos llamar sobreactuación retórica. Ni los cabellos son de oro ni las rodillas, montes nevados. El despojamiento de la expresión y la escasez de tropos llegan a tal extremo que, en el plano de la comunicación, el texto apenas abandona el área de su literalidad, como si nos encontráramos ante un pasaje de relato repartido en versos. La idea no consiste en llamar a las cosas por otro nombre, eludiendo el suyo cotidiano; tampoco en deshacerse en alabanzas de enamorado ni en darse sin freno a la tradicional idealización de la amada.
La contemplación de la durmiente constituye por sí sola un acto de amor pleno de delicadeza y respeto. El observador se abstiene de tocar el cuerpo querido. Ni lo acaricia ni lleva a cabo movimiento alguno que pudiera perturbar su sueño. Un verso no fácilmente interpretable asocia dicho sueño con una pulsión lasciva, por más que no sepamos en qué imágenes o pensamientos está ocupado ahora el cerebro de la durmiente. Eso no quita para que el yo poético se dirija a ella. De hecho, el poema es la transcripción de las palabras que el observador está diciéndole en tiempo presente al cuerpo dormido, lo que no deja de ser un modo de establecer contacto con él, aunque este no se entere.
Sabemos que es por la mañana. La metáfora marina de las sábanas expresa el estado de la cama, con las cobijas blancas y revueltas a modo de olas, después de haber sido usada durante la noche. Es razonable deducir que el sujeto poético se ha despertado primero y ahora comprueba que ahí cerca duerme la mujer con aspecto inocente de niña y respiración limpia de persona en la que no habita la maldad. Tras el reposo nocturno, su cuerpo parece, a la luz del nuevo día, remozado, puro, fresco, “como recién llovido”. Contemplar a la mujer dormida equivale a andar por ella o sobre ella con la mirada.
Considerando la sencillez, por no decir la modestia, de la expresión, su entonación anticlimática y el aire de intimidad que envuelve los versos, “Mientras tú duermes” es antes de nada un poema tranquilo. No lo turba un concepto fogoso de la vivencia amorosa. No contiene signos de deseo violento orientado a la posesión física. Se diría escrito por un veterano de la relación conyugal en un lance apacible de ternura y gratitud. Y el soporte métrico, que alterna versos de distinta medida, principalmente heptasílabos, endecasílabos y alejandrinos, se adecua a un tipo de discurso con fuerte peso narrativo, en el que no se advierte otro acontecimiento reseñable que el de los gestos y las acciones familiares.
El final me sorprende cada vez que leo el poema. Acaso yo no lo sepa interpretar. Y no será porque lo expresado en el último verso oponga resistencia a la comprensión. Más llanamente no se pueden decir las cosas. Si la contemplación es gozosa, ¿para qué interrumpirla? ¿Por qué rogarle a la durmiente: “déjame que ande lo que estoy viendo y amo” y a continuación poner fin a lo mismo que se pide? Quizá, llegados a este punto, uno se deja llevar, como tantos destinatarios de películas o novelas, por el deseo de un desenlace distinto del que se le ofrece. Infiero que el hecho de despertar a la mujer dormida encierra una propuesta de recorrer en su compañía la jornada recién empezada y este es un detalle que también me gusta.
 (Este artículo, perteneciente a la serie Vetas profundas, se publicó el sábado 10 de junio en el suplemento Territorios de El Correo.)