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domingo, 30 de abril de 2017

LA ÚLTIMA NOVELA DE LUIS LANDERO




No sé a los demás, pero a mí la literatura me induce al cultivo de ciertos ritos. Todos ellos tienen una característica común. Son gozosos. Uno de los que mayor placer me causan es la lectura de los libros de Luis Landero conforme se van publicando. En pocas literaturas me siento tan rápida y plenamente a gusto como en la suya. Es como llegar a un sitio grato, donde a uno lo atienden de maravilla, donde los asientos son cómodos y la conversación provechosa y honda. Yo, de este hombre, leería cualquier cosa: la lista de la compra, una anotación circunstancial, lo que fuera.
Como compartimos editor, me suele llegar la noticia de la publicación de sus libros con holgada antelación. Lo mismo ocurrió con el último, La vida negociable, que considero unos de los mejores de una serie en la cual el libro más débil equivaldría a la obra cumbre de otros escritores. Su prosa de impecable cincelado, limpia de grasa retórica, con los ornamentos justos y bien puestos, es la estrella del equipo. Es que ya sabes desde el principio del partido literario que la novela, trate de lo que trate, no te va a decepcionar. Landero es uno de nuestros más dilectos usuarios del idioma. Y tiene ese punto afable, exacto, fluido en el trato escrito del idioma que hace sus libros tan cercanos, tan entrañables para el lector, sin la melaza estomagante del estilista a jornada completa.
Bien mirado, Landero es autor de una sola novela o, por mejor decir, de una historia ofrecida al lector en múltiples versiones y con distintos títulos. Es la novela de un pobre hombre, normalmente afincado en Madrid, que busca con afán su hueco en la vida y emprende a dicho fin una serie de acciones con no muy buenas cartas, aunque con firme voluntad, al menos al principio de cada uno de sus desvelos; también con no escasas dotes y cierta carga de ingenuidad. Al final, fracasa o medio fracasa y dice: hasta aquí y no más. Fin de la novela. A esto, en tiempos de Baroja, lo llamaban “la lucha por la vida”.
La vida negociable agrega a la serie una peculiaridad notable. Aquí el antihéroe, el pardillo emprendedor, el hombre que se empeña en prosperar en la vida y complacer así a sus progenitores, no descarta el ejercicio de la maldad. Aquí hay sangre y delitos, violencia y mentiras, rencor y celos, que llevan, eso sí, al resultado de costumbre: una suerte de acomodo o de resignacion final. Las reflexiones que acompañan a las reiteradas tentativas del protagonista-narrador, Hugo Bayo, son de primera categoría, sazonadas a cada instante con excelentes excursos, revueltas mentales y metáforas marca de la casa. Leo, la compañera de fortunas y adversidades de Hugo, la parte femenina de tantas vivencias compartidas, es el complemento adecuado que confiere profundidad al relato y es ocasión de diálogos extraordinarios y episodios raras veces apacibles, pero siempre amenos.
El remate de la novela me ha gustado asimismo un montón. Se trata de un desenlace más bien conciliador y un sí es no es triste, como de costumbre en las novelas de Landero, un novelista compasivo con sus personajes; y eso que en La vida negociable les ha endosado infortunios, enfermedades, descalabros, penas y tormentos a tutiplén.
Jorge Luis Borges menciona elogiosamente en un célebre poema a quienes agradecen que exista en la tierra la literatura de Stevenson. A mí me pasa lo mismo con la de Luis Landero.