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viernes, 1 de julio de 2016

BREVE SEMBLANZA DE FRANCISCO BRINES




Días atrás, con ocasión de la Feria del Libro de Valladolid, coincidí con Francisco Brines en torno a la mesa de un restaurante. Está el hombre duro de oído, pero no hasta el extremo de que no se pueda conversar con él. Forma parte de una generación de poetas que el paso del tiempo ha ido diezmando. En realidad, él es uno de los últimos supervivientes de dicha generación. Con frecuencia, durante la cena, acudieron a su boca los nombres de amigos difuntos. Me gustó que no hablara mal de ningún ausente. En un caso (el de un académico de la RAE que amonestó a otro por asistir sin corbata a una reunión de los jueves), Brines tuvo la elegancia de omitir el nombre. Mencionó, sin embargo, a Emilio Lledó, quien aquel día se despojó de su corbata en señal de solidaridad con el compañero amonestado.
Me fijé en que a menudo las palabras de Brines contenían una defensa de la vida. Eso también me gustó. Los poetas simplemente negativos nunca han gozado de mi predilección. Yo mastico mejor en compañía de hombres que no se cierran a la gratitud ni buscan de costumbre inspiración en la amargura o el enfado. Algunos comensales se dirigían al poeta llamándolo con naturalidad maestro. Esto se estila mucho en países de Hispanoamérica, donde no se les escatima reconocimiento ni veneración a los hombres que cultivan la excelencia de la palabra.
Brines es taurófilo. Mi padre, fundador de una peña taurina, también lo era. Y mi abuela, vasca de Asteasu, no se perdía una corrida en la tele. Yo no he contraído esta afición. Comprendo la pasión por los toros. También comprendo que la gente metida en años vea estas cosas del toreo de modo distinto a como las vemos e interpretamos los que nos hemos criado en el ecologismo y la crítica a la explotación sin freno de los recursos naturales. Así que le lancé al maestro, con el debido afecto, un par de réplicas. Nos congraciamos compartiendo opinión sobre los malos tratos a los perros.
Le conté a Brines que en 1978 hice una tentativa por conocerlo. Tras viajar a Madrid a dedo desde San Sebastián, fui a su casa valiéndome de una nota donde figuraban sus señas postales. En el portal, hallé su buzón atiborrado de correspondencia y propaganda. Por desgracia, el poeta no estaba en casa. Siendo época vacacional, seguramente se habría ido a pasar una temporada de descanso a su pueblo de la costa levantina. Tampoco logré visitar en aquella ocasión a Vicente Aleixandre, maestro del maestro.
Durante la referida cena, Brines me rellenó una tarjeta de mi colección. Le hizo gracia la pregunta sobre la luna, le pasé un bolígrafo, escribió a mano unas líneas, por lo que le estoy sumamente agradecido. Las dos manchas de grasa que dejó en la tarjeta las considero parte de la rúbrica. Nos despedimos, él apoyado en un bastón, delante del ascensor.
Y luego yo me pasé la noche entera tratando de adivinar quién sería el académico que le había afeado a otro académico la falta de corbata. ¡Pues sí que hay ambientillo en la Academia!