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martes, 13 de enero de 2015

POBRE DRESDE




Durante los años de la transición española, la ciudad de Valladolid ganó fama de albergue de fascistas. Por dicha razón la llamaban Fachadolid. El apelativo, ignoro si aún vigente, era a todas luces injusto, pero eficaz a la hora de tirar por los suelos la reputación de la ciudad. Y digo injusto porque en Valladolid también vivían personas que habían sufrido la acción del totalitarismo franquista, además de niños y gentes de bien que ninguna culpa ni responsabilidad política tenían.
Algo similar está ocurriendo estos días en Alemania con la ciudad de Dresde (Dresden en lengua alemana), la llamada en otros tiempos Florencia del Elba, por su extraordinaria belleza arquitectónica, en gran parte perdida en febrero de 1945 con ocasión de un bombardeo espeluznante. Canaletto pintó una serie de cuadros que dan fe de la hermosura del sitio en viejos tiempos.
Dresde está en un rincón de Alemania, cerca de la frontera con la República Checa. No me es indiferente. En Dresde estudia actualmente mi hija mayor. He visitado la ciudad en varias ocasiones. De hecho, buena parte de las fotos mías que se difunden de un tiempo a esta parte en la prensa española o en las solapas de mis libros fueron hechas allí. Detrás de mi defectuosa figura, al fondo, pueden advertirse detalles del mobiliario urbano de la ciudad.
Dresde, que fue un centro cultural y económico de primer orden, capital del Estado Libre de Sajonia, tuvo mala suerte histórica durante el siglo XX. Al mencionado bombardeo que la arrasó, se une la decisión de Stalin de incorporarla, con el resto de la RDA, a su bloque. El lápiz trazó fronteras en un mapa desplegado sobre una mesa. Dresde perdió su savia vital. Todavía por los días de la reunificación seguían a la intemperie los escombros de la Frauenkirche, una iglesia preciosa, joya de la arquitectura barroca que era y afortunadamente es el emblema de la ciudad, su rasgo facial por así decir más significativo. Se reconstruyó en parte con aportaciones económicas de los ciudadanos de Alemania. Yo aporté una cantidad.
La Frauenkirche o Iglesia de la Mujeres
Y parecía que la ciudad volvía a florecer. Hoy alberga algo más de medio millón de vecinos. Tuvo un lío con la UNESCO por la construcción de un puente sobre el Elba en zona considerada patrimonio de la humanidad. Dresde perdió el título, pero a cambio descargó de tráfico el puente histórico.
Me causa una profunda tristeza verla convertida en un patio de xenófobos y racistas. El fenómeno no es nuevo. Hay mucho neonazismo en los antiguos territorios comunistas. Este trasvase entre extremos ya se dio en 1933. No es un fenómeno propiamente alemán. Hace tiempo que la sociología demostró que lo más alejado de un extremista de izquierdas no es un extremista de derechas, sino el centro razonable, tolerante, reformador, demasiado tranquilo y leedor de libros como para atraer al joven impulsivo que desea a toda costa destruir e imponerse.
Desde hace doce semanas, una asociación llamada PEGIDA (Patriotische Europäer gegen die Islamisierung des Abendlandes, o sea, Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente) monta todos los lunes una manifestación en las calles de Dresde. Hay otras asociaciones similares repartidas por el país. Ayer, sin ir más lejos, organizó una manifestación islamófoba similar la asociación HAGIDA en Hannóver, donde resido. No logró reunir a mil personas. Enfrente, diecinueve mil demócratas. Aún se manifestó en contra de la xenofobia más gente en Berlín, en Múnich y, ojo al dato, en Leipzig, ciudad próxima a Dresde, también situada en su día en la desaparecida RDA.
Tan sólo en Dresde ha prosperado este movimiento antiislámico, antiextranjeros, antieuro, anti-EU, antifronteras abiertas. Se vaticinó que, tras los atentados de París del otro día, reuniría en Dresde más gente que nunca y así ocurrió. Veinticinco mil personas venidas de diversos lugares de Alemania, además de los locales. No escasean las cabezas rapadas ni los que llevan una esvástiva tatuada. Encuentran en la muchedumbre estímulo para sentir la fortaleza que comicio a comicio les niegan las urnas. Enfrente, cinco mil manifestantes, todos de Dresde, empeñados en salvar la reputación de la ciudad. Una ciudad sin apenas vecinos extranjeros, con una población musulmana (¡qué miedo!) del 0,1%. No me extrañaría que hubiera más ciudadanos de Dresde en la contramanifestación en favor de la convivencia pacífica y del pluralismo que en la otra, donde algunos participantes, después de haber atacado la semana anterior a la prensa, mostraban el letrero “Je suis Charlie”. Muchos de ellos vienen de lejos. La mayoría, de las poblaciones con pocos habitantes de los alrededores, apenas capaces de mantenerse erguidos bajo el peso de su complejo de inferioridad. Alemania, con su Gobierno y su Presidente de la Republica a la cabeza, les dice que no, pero en Dresde han encontrado un escenario.
Pobre Dresde, sola en su rincón geográfico, tomada por el ultraderechismo y la paranoia xenófoba.