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lunes, 18 de agosto de 2014

NOMBRES DESORDENADOS DE ESCRITORES



Empecé a tomar conciencia del asunto hace veinte años, con ocasión de la lectura de una novela de Juan José Millás. Se me ha borrado un poco el argumento. Iba de un tipo que trabaja para una editorial. Hay mujeres. No he olvidado, en cambio, que me causó una grata impresión. Tampoco he olvidado el título, El desorden de tu nombre.
Me acuerdo del título siempre que pienso en los apellidos de tantos escritores españoles actuales y constato la escasa, por no decir nula, coherencia entre el nombre y el nombrado. No es que el asunto constituya un problema relevante en los tiempos que corren, por más que la importancia de las cosas no la dan las cosas mismas, sino quien las juzga. Esto ya lo dijo algún filósofo. Y, por lo demás, vivimos jornadas de protesta y queja, y nota uno en el ambiente una especie de sutil vibración que lo anima a alimentar la hoguera general con sus propios y modestos leños.
A mí me tienen dicho que los apellidos, con las debidas salvedades, alguna vez fueron mote o lo parecieron, en el sentido de que servían para designar particularidades físicas, oficios, procedencias y demás del primero a quien nombraron. Es deducible que hubiera algún vaquero, zapatero o escudero entre los antepasados de quienes se apellidan así en la actualidad. Yo lo siento por quien en tiempos remotos, no sin motivo, fue llamado Feo o Cabezón. Y más o menos me imagino los orígenes de Malo y de Verdugo, sin olvidar a Ladrón, el de la honrada casa de Guevara, que según la leyenda salvó a un rey. Que el primer Herrero herró y el primer Vizcaíno no procedía de Elche es asunto que admite escasas dudas.
Hoy día un niño nace y al poco rato se llama cualquier cosa. Ahora el botín dirige un banco, el zapatero preside un gobierno y el hidalgo limpia ventanas hasta el día en que le llega la carta de despido. A Casas lo desahucian, Bueno está en la cárcel, Calvo luce melena y Blanco es negro. Y lo mismo que hay mujeres Macho hay varones Marías, y en tal sentido, y para resumir, la contribución al caos nominal de los escritores actuales españoles es notable. Unos cuantos ejemplos lo demuestran con claridad.
Conocí brevemente, con ocasión de una feria del libro, al novelista Andrés Barba, quien, además de intercambiar palabras cordiales conmigo, llevaba la cara rasurada como un pomelo. Allí pasé buenos ratos con Antonio Orejudo y la verdad es que no, ni por delante ni por detrás. A Antonio, que fue profesor de universidad en EE.UU., le pregunté un día cómo le pronunciaban los colegas, alumnos y vecinos norteamericanos el apellido. En efecto, se lo trituraban. Yo en su lugar también habría escrito Un momento de descanso, novela en la que Antonio desplegó su temible artillería humorística.
Pero no nos desviemos del tema. Los escritores Justo Navarro, Elvira Navarro e Hipólito G. Navarro, como su común apellido no indica, son andaluces, de la misma manera que el poeta Vicente Gallego es valenciano, Juan Madrid nació en Málaga y Javier Azpeitia no es guipuzcoano. Un caso parecido es el de Jon Bilbao, pero hay que reconocerle buena voluntad a este escritor, pues, originario de Asturias, reside donde indica su apellido. Podría haberse juramentado con Álex Oviedo para llevar a cambio un intercambio de residencias, pero a Oviedo no hay quien lo mueva de Bilbao. Lento en la ejecución, aunque va por el buen camino, es Paul Viejo.
No se puede decir lo mismo del poeta Luis Alberto de Cuenca. Imaginen la escena. Buenas, ¿es usted de Cuenca? No, soy de Madrid. Yo me refiero a si usted es de Cuenca. Ya le he dicho que soy de Madrid. Introdúzcase en la escena a Ignacio del Valle, asturiano, y casi casi repetimos el diálogo. ¿Y qué decir de Lorenzo Silva? Por mí que silbe, pero, por favor, con b, y si es silva de selva, ¿acaso hay jungla en Getafe, donde él vive, que yo sepa, sin toparse por la acera con leones?
A mi amigo José Ovejero nunca lo vi con zurrón ni pelliza. A Antonio Colinas lo conocí en un llano y me pareció hombre de trato llano. Fanny Rubio, a menos que se tiña, es morena de cabellos y a mucha honra. ¿Tendrá el dramaturgo Francisco Nieva vocación de nube de invierno? Me presentaron en cierta ocasión a Ismael Grasa y al punto me percaté de que era magro y es posible (y agradable) abrazarlo sin pringarse. Y en cuanto a Martínez de Pisón, salí con los pies intactos cada vez que lo vi. No diré de Almudena Grandes, risueña y afectuosa, si las tiene o los tiene como proclama su apellido porque tanto, tanto, no la conozco. Ignoro si Eugenia Rico es hija de multimillonario o Elvira Lindo de hombre apuesto y agraciado, por más que, conociéndola a ella, no me extrañaría.
Estos escritores y otros de nombres más ordenados, se dijera que más fiables y consecuentes en la vinculación del significante con el significado, sostienen con su talento la literatura española de nuestros días. La cual, contra la convicción de algunos que acostumbran aparcar su humor en la parte sombría de la calle, atraviesa un momento dulce y aun puede que mi dictamen se quede corto.
No se anduvo el pasado con mayores chiquitas a la hora de asignar apellidos incongruentes, risibles o de dudosa musicalidad a los escritores. Si hubo dos poetas finos, estrictos en la ejecución estética, refinados de obra, de vestimenta y de palabra, esos fueron Juan Ramón Jiménez y Luis Cernuda. Pues bien, por razones que se dejan imaginar, el primero puso tenaz empeño en ocultar su apellido materno, Mantecón; el segundo, que ya sufría del paterno, arrastraba como un divieso entre los ojos el suyo heredado de su madre, Bidón. Se entiende que no desearan perpetuarse en nuestra memoria cultural con el apellido segundo, al modo de Lorca o de Galdós.
Cuentan que el poeta José Hierro era un hombre afectuoso, de ternura inoxidable. Ignoro, en cambio, si el humanista Santiago Amón amaba mucho, como proclama su apellido, ni creo que José Camón tuviera dificultades por las noches para dormir a pierna tendida. Nunca supe con exactitud qué ve Quevedo ni qué miró Miró. ¿Son Jovellanos los árboles que dan jovellanas? ¿Volaba o sonaba Leopoldo Alas, Clarín? En fin, andan los unos y los otros nombrados con mayor o menor fortuna sin que, en puridad, estemos autorizados a reprocharles nada. Tampoco el melocotón es culpable de su nombre.
(Este artículo se publicó en el suplemento Babelia el día 20 de julio de 2013.)