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sábado, 16 de agosto de 2014

HISTORIA DE UN AFORISMO APÓCRIFO

Pollo de críalo en un nido junto a un pollo de urraca recién eclosionado y muerto. Imagen: Juan Soler

Escribo aforismos. No los busco. Me vienen. Entonces los anoto, los llevo un tiempo conmigo, en la cartera, en un bolsillo. Calculo que de diez salvo dos. Puede que tres. El filtro de la autocrítica no deja pasar más. En un año de buena cosecha llego aproximadamente a los veinticinco. Los mando a uno u otro periódico. Me los publican. Algunos hacen fortuna y aparecen citados en artículos de prensa, en el encabezado de un blog, incluso como epígrafe de un libro. Esto es como el campesino que tira semillas a voleo. Unas germinan, las otras se pierden.
El caso es que un aforismo se cita con frecuencia asociado a mi nombre. Dice así:

“La vida no ha sido la fiesta que habíamos imaginado, pero ya que estamos aquí, bailemos.”

Me parece un buen aforismo. No sólo suscribo lo que afirma, también la sorna implícita a la formulación. Afirmo esto con la conciencia de que no me estoy alabando, pues creo que el mencionado aforismo no es mío. No recuerdo haberlo escrito. Tampoco figura entre los que guardo archivados. Hace unos años no abrigaba la menor duda de que me lo atribuyen. Con el tiempo he dejado de estar seguro. ¿Y si fuera de verdad fruto de mi defectuosa inventiva y, por alguna razón que desconozco, omití en su debido momento incorporarlo al conjunto? Y si lo incorporo ahora, ¿podría suceder que su dueño legítimo me acusase de plagiario?
Hay otra posibilidad que me obliga a sonreír. Transcurren dos, tres siglos. Toda mi obra (novelas, cuentos, artículos) ha sido merecidamente olvidada. La memoria de generaciones venideras decide, no obstante, salvar como mía esa frase que no inventé. Lamentaría que por mi culpa se produjera en el universo un error, aunque diminuto. Fuera de eso, el asunto no me preocupa gran cosa.