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viernes, 15 de agosto de 2014

ESCARAMUZAS DEL AFORISMO



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Hay pensamientos que llegan, surgen, se producen no se sabe cómo. No es improbable que llevaran largo tiempo adheridos a la punta de la lengua y uno no los hubiera notado. Son pensamientos acaso comunes que suscitan un enunciado en el cual se esconde una pequeña y a menudo intensa felicidad intelectual.
A falta de nombre más apropiado, yo admito para ellos la denominación convencional de aforismos. Antes los llamaba máximas, tal vez por compasión de los vocablos que se van agostando sin remedio; pero este en concreto trasciende un tufo rancio a enseñanza moral, a verdad que conviene y no se discute, y por eso y por la poca gracia que de él emana lo tuve que desechar.
La rumia mental da tratados. El aforismo, sin embargo, nace de un roce a veces juguetón, a veces poético, triste, concluyente, pero siempre perspicaz, con esta o aquella cuestión de interés colectivo. Es por así decir un regalo del intelecto. No necesita de un discurso para colmarse de sentido, aunque con frecuencia cuelgue de una prolija construcción verbal como cuelga, hasta desprenderse por su propio peso, una fruta del árbol. Lo suyo es valerse por sí solo, decir como los buenos chistes todo lo que tenga que decir sin el complemento de una aclaración.
El aforismo, formulación con punta de un pensamiento, pincha y raspa en la superficie de tópicos y creencias. No respeta generalidades ni se doblega ante los dogmas. Es inclemente con la soberbia humana. Su tamaño reducido le permite maniobrar en todos los terrenos. Para cuando la lenta y pesada maquinaria razonadora se dispone a enhebrar los primeros argumentos del prefacio, el aforismo, pequeño pero matón, ya ha consumado su travesura.
La punta y la puntería son lo esencial del aforismo. Su éxito, apenas un lance episódico en el torbellino universal de la cultura, reposa en un arte de la agudeza y el ingenio, una de cuyas facetas más visibles es la malicia genial. Los aforismos pueden admitirlo todo menos la inocencia. Prefieren suscitar la sonrisa del cómplice a la anuencia del adepto. A menudo urden la paradoja. Casi siempre les basta con meter el dedo en una llaga o sembrar el suelo donde se asientan las artes y las ciencias, la moral y la política, de dudas, aporías, objeciones y demás tachuelas.
Vedlos subirse a las barbas de los ampulosos; ejercer su acción de carcoma en los principios rígidos de las doctrinas; ridiculizar al presumido, al pedante, al solemne; mofarse de todo y de sí mismos. No persiguen la certidumbre, sino el ser certeros de una manera inesperada. Sólo se les corta la respiración en las sentencias de Perogrullo.
Se advierte en ellos una propensión tenaz a la anonimia. No es insólito que a la tercera o cuarta persona que los repite a otra se le haya olvidado a quién fueron debidos. Internet los propaga con celeridad. No menos velozmente los despoja del nombre de su autor como si les quitara una peladura incomestible, y en un instante son de todos y de nadie: acervo cultural, dichos populares o, si riman, pieza de refranero. Tal es su último horizonte: fundirse con los usos perdurables del idioma.
A mí me sucedió hace unos años el caso opuesto. Diversas bitácoras de internet me atribuyeron un excelente aforismo. Doy por hecho que lo asociaron a mi nombre por error dos manos sobre un teclado y el resto fue copiando como se estila en ese medio. Así las cosas, un destino burlón podría si quisiera, tras echar de comer mis obras completas al insaciable olvido, gastarme la broma póstuma de salvar en la memoria de unos cuantos hombres venideros tan sólo aquella frase que no escribí. No ignoro que nada de ello tendría la menor repercusión en la disposición general de los astros.
Ni cinco ni diez mil aforismos harían un sistema filosófico aunque versaran del mismo tema. Su brevedad no los convierte en fragmentos de nada superior. Todo aforismo que se precie nace con el designio de ser una unidad de pensamiento completa. Otra cosa es que la pieza conste de varias frases. Embutir un mundo mental complejo en unas pocas palabras sabias: tal es su utilidad y su grandeza.
Uno los disfruta mejor cuando los descubre sueltos o agrupados en pequeños racimos, al volver la hoja de un almanaque, en el epígrafe de un libro, quizá citados de viva voz o en el frontispicio de una página de internet. Tomados espaciadamente, de uno en uno, dejan una secuela de meditación. De otro modo se hace difícil el paladeo de sus connotaciones y matices. Leídos por centenas, lo más seguro es que terminen no sabiendo a nada.

(Este artírculo se publicó en el suplemento Territorios el día 12 de marzo de 2011.)