Páginas vistas en total

miércoles, 9 de julio de 2014

LA DICTADURA DE LA DEPILACIÓN



  Mendizábal conoció el viernes pasado a una cacta en la academia de idiomas. Tras las clases, se fueron a pasear, se sentaron en un banco público, intercambiaron ternezas y picardías, incluso se mostraron de acuerdo en la posibilidad de un futuro compartido. Él estaba convencido de haber encontrado a su alma gemela.
Pues bien, la relación ha durado exactamente cinco días. Resulta que la cacta es una fanática de la depilación. Va completamente pelada. Pelada hasta el último recoveco de su intimidad. Ni un pelo. Y, claro, como todos los fanáticos, exige que su compañero asuma sus gustos y costumbres.
Paseo por el parque

Mendizábal alegó que, depilado, se sentiría desnudo. Luego, temeroso de contrariar a la cacta, sugirió la posibilidad de rasurarse una parte. La coronilla, por ejemplo. Ella: que qué horror, que parecería un monje con tonsura, que o todo o nada.
Escarceos amorosos en un banco

Entonces Mendizábal, que con tal de amar y ser amado sería capaz de tirarse al mar desde lo alto de un acantilado, se resignó a pedir la vez en la depiladora y allá fue. La especialista se tuvo que poner unos guantes metálicos. Intentó depilar a Mendizábal con cera ardiente, con pinzas, con láser. No hubo manera. Le cobró 120 euros y, la verdad, lo dejó igual que antes. A la salida, la cacta le negó un beso y lo abandonó, se entiende que para siempre.
Mendizábal está triste. Le disgusta su cuerpo. Se siente sucio y feo. Ha retirado todos los espejos de la casa. Por las mañanas va a trabajar encogido, como escondiendo la cara, y se pone ropa de abrigo aunque hace calor. No hay forma de consolarlo.
Mendizábal, deprimido, en la oficina