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lunes, 14 de julio de 2014

ESPACIOS DE LA NOVELA


La creación de lugares para la literatura es uno de los ejercicios más fascinantes que puede abordar un novelista. El que sea un juego destinado a poner en pie una ilusión no obsta para que admita la gravedad, incluso la tragedia. Se trata de un juego a menudo serio, susceptible de plantear conflictos y problemas propios de cualquier persona, y no por fuerza de un mero entretenimiento escapista. La historia de la literatura abunda en espacios narrativos que sirven de escenario a la infelicidad de los seres humanos. Se podrían enumerar docenas de ejemplos. Francisco de Quevedo gustaba de describir suplicios varios en sus visitas literarias al infierno. Juan Rulfo ideó Comala, un pueblo tórrido habitado por muertos que conservarán eternamente la memoria y la conciencia. Hay muchos más.
No han faltado quienes, estirando más de la cuenta la capacidad creativa de los hombres, afirmaron que al inventar mundos el escritor suplanta a Dios o, en todo caso, lo imita. Este aserto exagerado postula una perspectiva a mi juicio errónea. Se considera que, donde antes no había nada, por obra del escritor nace a la luz del día una realidad nueva. Esta consecuencia es fácilmente demostrable. La premisa, en cambio, es a todas luces falsa.
Ningún escritor parte de la nada. El lenguaje, que no es creación suya, aun cuando intervenga en ella (no siempre para bien, la verdad sea dicha), precede a su trabajo. También lo precede su particular experiencia de la vida, que es una entre millones y, como todas, insuficiente para abarcar la realidad mudable. Quizá por eso acudimos a la literatura y al arte en general, para que otros, a través de las obras por ellos compuestas, nos presten su mirada, sus conocimientos, sus recuerdos.
 
Lo afirmado hasta aquí no cambia por el hecho de que el lugar inventado por el escritor sea de naturaleza fantástica. Nadie ignora que la lectura y el cine son las únicas vías de acceso a la Tierra Media de Tolkien, al país de Nunca Jamás donde vive sus aventuras Peter Pan o al de las Maravillas donde vive las suyas Alicia. No sólo los niños, con su natural credulidad, tienden a tragarse las ilusiones que sus mayores les ponen delante. Numerosos adultos han sido persuadidos de la existencia de una vida eterna o se emocionan hasta las lágrimas con las acciones y palabras de unos actores profesionales en la pantalla de un cine.
 
Ahora bien, los mundos de la literatura fantástica, por muy insólitos o extravagantes que nos parezcan, están, como los que son reflejo más o menos fiel de la realidad histórica, obligados a ser coherentes. Y esto debe ser así no sólo para que resulten comprensibles, sino para que funcionen como tales mundos. En la vida real nadie puede descender andando ni de ningún otro modo al centro de la Tierra y salir después por el orificio de un volcán. En la ficción, desde Julio Verne, aunque la empresa entrañe dificultad, sabemos que es perfectamente posible: no hay más que inventarse con palabras o con imágenes un centro de la Tierra transitable. También los frutos más insólitos de la fantasía piden un punto de verosimilitud. De lo contrario, el escritor debería interrumpir a cada paso su relato para proporcionar todo tipo de aclaraciones y esto es improbable que un lector lo soportase más allá de unas cuantas páginas.
Lo habitual es que el novelista sitúe su mundo en este donde estamos todos y practique, en consecuencia, alguna modalidad del realismo. Para ello dispone de diferentes posibilidades. Una de las más frecuentes, al menos en la narrativa para adultos, consiste en colocar un elenco de figuras de ficción en la realidad común, que es aquella donde el lector también está o ha podido estar. El uso literario de un espacio real entraña ventajas e inconvenientes. Se pudiera pensar que el escritor lo tiene fácil para describir un lugar que conoce. Juan Marsé sitúa sus historias noveladas en barrios de Barcelona que conoce de toda la vida. Ramiro Pinilla hace lo propio con Getxo, donde reside. También en estos casos al escritor no le está dado olvidar que más de un lector conoce el sitio y que a la menor inexactitud o error en la descripción podría venirse abajo la ilusión narrativa.
Más fácil es que tal desastre ocurra cuando el marco novelesco se vincula a hechos históricos; por tanto, cuando no sólo el escenario de la narración, sino la narración misma es total o parcialmente accesible al conocimiento de los lectores. Entonces el novelista deberá acudir sin falta a las hemerotecas, documentarse, sacar fotos, reunir datos fidedignos en su cuaderno de notas, no ya para ser fiel a la verdad, que a fin de cuentas constituye para él una tarea accesoria, sino a la congruencia interna sin la cual no se sostiene ninguna narración. Un lector admite de buena gana que un oficinista llamado Gregor Samsa se levante una mañana convertido en insecto; pero es posible que sienta vivo desengaño si constata que la protagonista nació en Viena y más tarde, en otro capítulo, el descuidado narrador le dice que vino al mundo en París.
Un recurso útil para marcar la distancia entre la realidad común y la propiamente literaria, sin separarse apenas de aquella, consiste en cambiar el nombre de los lugares reales. No otra cosa hizo Clarín en La Regenta con la ciudad de Oviedo, a la que llamó Vetusta. Cabe asimismo la posibilidad de abstenerse de nombrarlos, como no pocas veces hizo Miguel Delibes con sus pueblos de Castilla. O de juntar, según dicen, dos lugares en uno, como sucede con la Santa María de Onetti, una especie de mezcla de Buenos Aires y Montevideo.
 
En otras ocasiones el escritor modela un espacio propio para sus novelas, sin dejar de acogerse a la técnica realista. El condado de Yoknapatawpha, ideado por William Faulkner, pertenece a esta especie, como también el reino de Celama de Luis Mateo Díaz y, con algunas salvedades, el célebre y lluvioso Macondo de Gabriel García Márquez. Todos estos sitios literarios constituyen por así decir ficciones agregadas al mundo real. De hecho pueden ser ubicados fuera de la literatura. No hay duda de que el condado de Faulkner está en el sur de los Estados Unidos, Celama en Castilla y León y Macondo en Colombia. Incluso los personajes se desplazan dentro de la novela a lugares reales. Y excepto en el caso de Macondo, donde acontecen algunos episodios desusados, propios del realismo mágico, también los hechos narrados son posibles fuera del marco de la literatura. Ninguno de estos lugares es visitable; pero, desde el punto de vista de la percepción de los lectores, no parecen imposibles ni es preciso fatigar la fantasía para comprenderlos.
Uno, modestamente, discurrió un lugar imaginario en el que situó las tres piezas de una trilogía. Le puse Antíbula, no sé por qué, quizá por una simple cuestión de sonoridad. Antíbula es un país que linda con otro igualmente inexistente en los globos terráqueos; pero ambos están concebidos de tal manera que puedan ser entendidos como parte de la realidad común, que esporádicamente también cumple una función en la trama.
En un caso como el mío, el novelista puede fingir con total libertad el realismo sin necesidad de documentarse puesto que sus posibles lectores carecen de juicio previo sobre el espacio de la narración. Al mismo tiempo el novelista puede, incluso debe, inventar para las historias que cuenta un sinfín de componentes, peculiaridades de la fauna, la flora, la gastrononía, además de datos históricos, símbolos, costumbres y cuanto hace que una suma de seres humanos en un lugar determinado constituya una sociedad. Bien es cierto que las invenciones del novelista deberán ser razonablemente limitadas, de forma que al espacio literario no le falten unas notas propias capaces de singularizarlo sin imponerle los excesos a que a veces propende la fantasía.
Con cada afirmación, el escritor irá perdiendo su libertad creativa inicial. Pronto advertirá que su imaginado mundo va dejando de pertenecerle, que no puede intervenir en él como le venga en gana, a la vez que aumenta el riesgo de incurrir en fallos y contradicciones. Al revés de quienes se documentaron con voluntad testimonial antes de ponerse a escribir, a él le convendrá tomar buena nota de cuanto escribe a fin de tenerlo en cuenta en adelante. Si al final le sale un mundo interesante, diverso y creíble podrá darse con un canto en los dientes.

(Este artículo se publicó en el suplemento Territorios el día 22 de junio de 2013.)