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lunes, 2 de junio de 2014

PRÁCTICAS SEXUALES DE MENDIZÁBAL




Le calculo a Mendizábal entre veinte y veintidós años. Aún no le ha sido dado formar su primera flor. Desde el punto de vista de la naturaleza, es un cacto virgen; pero... sí, sí. ¡Si yo contara lo que he visto! Y no precisamente al amparo de la noche.
Sea como fuere, a Mendizábal le gusta follar. Las cosas como son. Le gusta mucho. Le gusta demasiado y me altera el jardín. He recibido quejas de los repollos, de las berenjenas y de las siempre castas y delicadas lechugas.
Me consta que Mendizábal desconoce el hábito de la masturbación, para el cual, en el mundo vegetal, es necesaria al menos una rama. Con sólo espinas no se puede. Lo han confirmado diversos biólogos tanto de Europa como de América. No voy a insistir, pues, en un asunto que es de sobra conocido.
Los coitos de Mendizábal transcurren por regla general en silencio. Esta circunstancia no les quita espectacularidad. Duran aproximadamente seis días. El cacto necesita dos para engancharse, dos para gozar y dos para el desacoplamiento, que al parecer (aquí tan sólo estoy conjeturando) es doloroso.
Mendizábal termina agotado, sin fuerzas ni para un trago de agua. Tiene, eso sí, la capacidad de almacenar el orgasmo en su interior, lo que le permite disfrutar de la vida, a su manera, sin interrupciones, durante periodos de tres o cuatro semanas. Transcurrido dicho lapso, le vuelve el desasosiego, la irritabilidad, el impulso lujurioso; se le ponen de punta las espinas; suelta no sé que olor que causa replegamientos de pánico entre las plantas del jardín. He comprobado que en tales ocasiones los pájaros guardan las distancias.