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martes, 17 de junio de 2014

EL ENIGMA DE LA SOTA DE BASTOS




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Leo con andador, esto es, con un calendario de bolsillo que voy empujando con los dedos dos o tres renglones por debajo de aquel en el que tengo puesta la mirada. Este hábito me viene de la adolescencia. El calendario me sirve asimismo de marcapáginas. No me gustan los marcapáginas al uso, esos tan bonitos que venden en las papelerías, porque son demasiado estrechos y demasiado largos y se doblan fácilmente, y algunos, además, tienen una cuerdilla, una cinta, un colgante de adorno en el costado que me pone nervioso.
Durante un tiempo usé un naipe como andador de la mirada sobre las páginas de los libros. Una sota de bastos. He olvidado qué baraja quedó por dicha razón descabalada. Yo leía y la sota me miraba. Y de vez en cuando yo miraba a la sota parada sobre la página del libro y volvía a hacerme la misma pregunta que ya me hacía de niño y que nunca he sabido ni me han sabido responder. La sota, la de bastos pero también la de copas y la de oros y la de espadas, ¿es un varón o una mujer?
Se lo pregunté a mi padre por los lejanos días en que yo pensaba que los padres lo saben todo. Agarró una sota como si la viese por vez primera, él que llevaba toda la vida jugando al mus en el bar con los amigos; la estudió de cerca, luego un poco de lejos, por más que él no tenía problemas con la vista, y finalmente me la devolvió diciéndome que estaba claro. Que estaba claro ¿qué?
Con el tiempo, de tanto leer libros, el naipe se desgastó y, perdida la capa brillante, empezó a cuartearse. Lo remplacé por un calendario de bolsillo.
Una voz susurrante me dice al oído que moriré sin haber visto llegar al hombre a Marte y sin tener certeza del sexo de las sotas. Me produce más pena esto último.