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viernes, 20 de junio de 2014

BREVE REFLEXIÓN SOBRE LOS VIEJOS Y NUEVOS ESCRITORES



Al escritor joven, en periodo de aprendizaje (si es que dicho periodo termina alguna vez), ¿qué remedio le queda sino buscar maestros y modelos entre sus mayores? Llega, como quien dice, con su hambre de literatura a mesa puesta. Ante él se extienden, ofrecidos a su elección si sabe, si puede, si nada ni nadie le impide recogerlos, los frutos servidos por la inventiva humana desde los albores de la cultura escrita hasta los títulos recientes de la generación anterior. De ahí para abajo, por el momento, sólo hay niños. Bien es verdad que más adelante, cuando estos se conviertan en adultos, lo sucederán mal que le pese, con personalidad propia, en la misma actividad que él practica.
A veces asistimos al gesto desdeñoso de autores consagrados que ponen en duda la calidad de los escritores jóvenes. ¿Han leído sus obras? Y si las han leído, ¿las comprendieron? Uno sospecha en tales críticas el propósito de conservar a toda costa el puesto sobre el pedestal. Dicen supercherías del tipo: la novela ha muerto. Se consideran los últimos valiosos. Para los venideros ya está cerrada la puerta. A mí se me figura que les convendría, si aspiran a dejar un surco en la memoria colectiva, mostrarse más respetuosos con quienes están llamados por ley de vida a redactarles la necrología.