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lunes, 5 de mayo de 2014

RELECTURA TROPEZANTE DE "EL ARCO Y LA LIRA"



Leo por tercera vez en mi vida El arco y la lira de Octavio Paz. Se trata de un título al que profesé de joven especial veneración. He vuelto a él con el deseo de repetir una grata experiencia. A mí no me ha parecido nunca un ejercicio superfluo acercarse a la poesía con voluntad analítica. En todo caso, considero dicha voluntad más provechosa que la habitual invocación a la magia, el misterio y otras vagas luminiscencias con las que sacralizar lo que es simplemente explicable.
Ocurre que en esta tercera visita al libro estoy tropezando. No ignoro el tamaño intelectual del autor, a cuyo lado no se me distinguiría como no fuera con ayuda de un microscopio potente. Así y todo, confieso, con la modestia que debiera caracterizarme, que a ratos, mientras leo con detenimiento, me siento de pronto convertido en la poupée qui fait non.
Para empezar, me despierta un rechazo instintivo la falta de concreción. Por ejemplo (pág. 68): “En cierto sentido puede decirse que el lenguaje nace del ritmo.” ¿En cierto sentido? ¿En cuál? ¿Puede decirse? Y si no se dice, ¿qué pasa entonces?
Peor lo llevo con las afirmaciones rotundas no razonadas ni ejemplificadas. Algunas me parecen francamente cuestionables. Así aquella en que Octavio Paz dictamina que “El humor es una de las armas mayores de la poesía.” No recuerdo haberme reído mucho leyendo Piedra de sol o Árbol adentro. ¿Los compuso con armas menores?
En otro lugar establece una distinción entre el verso y la prosa, señalando las distintas maneras como se modula el lenguaje en el uno y la otra, y acto seguido, sin transición, ¿qué digo sin transición?, sin aviso previo contrapone la prosa a la poesía. Y aquí es cuando el hijo de mi madre se pone tieso y, rechazada la tesis, ya no topa afirmación de Octavio Paz que no le arrastre las cejas hasta los linderos de la coronilla.
La poesía, dice Octavio Paz, “es la forma natural de expresión de los hombres”. Discrepo. ¡Si por lo menos se tomase la molestia de razonar el aserto!
Dice: “No hay pueblos sin poesía; los hay sin prosa”. De acuerdo. Añade: “Por tanto (sic), puede decirse que la prosa no es una forma de expresión inherente a la sociedad.” Discrepo. Transcurridos no pocos siglos, tocante a literatura no me parece que vivamos en sociedades primitivas. De hecho, lo que en su día fue capaz de despertar emoción poética, puede que hoy nos deje fríos.
“La poesía ignora el progreso o la evolución.” Discrepo.
La prosa “se produce tras una larga serie de esfuerzos tendientes a domar al habla”. Bien, pero no menos doma supone, pongamos por caso, un soneto. Esto se contradice frontalmente con la convicción de Juan Ramón Jiménez, para quien la prosa era antes que nada expresión vulgar, o sea, lenguaje propio del vulgo (¡Manoloooo, tira pacá la bota!), frente al refinamiento y el lenguaje superior de la poesía. Estoy con Juan Ramón.
Me temo que, como esto no cambie, seré incapaz de sostenerle la mirada al joven que fui, en el caso de que me lo encuentre por la calle.