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sábado, 17 de mayo de 2014

POSEO UN ALEPH



La vida, tantas veces cruel y mezquina, ha tenido la generosidad de depararme un Aleph, exactamente uno como aquel en el que se centra un célebre relato de Borges. También el mío consiste (cito textualmente) en una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Su diámetro abarca unos pocos centímetros. En fin, no me explayaré en lo relativo a sus características externas puesto que cualquier visitante de este blog puede apreciarlas por su cuenta observando las dos fotos que a dicho fin he colocado en la página.
Sigo. Lo importante (de ahí su valor incalculable) es que el Aleph encierra el universo. Por tanto, todo lo que ha sucedido, sucede en este instante y sucederá, así como todo lo que ha habido, hay y habrá, se ve con nitidez dentro de la pequeña esfera.
Desgraciadamente, como pueden advertir (y, si no, ya se lo digo yo), hay un problema relacionado con el intolerable fulgor de mi Aleph. De otro modo, ya se habrían quedado ustedes ciegos ante la pantalla del ordenador. Y, la verdad, no es plan.
Hay otro problema aún más grave. Habrán comprobado que desde su posición no pueden ver el universo contenido en la esfera. Pues bien, desde mi posición tampoco. Quizá sea relevante precisar, y que me perdone Borges tan prosaico detalle, que compré mi Aleph en un supermercado. He perdido para colmo la garantía.
En una palabra, mi Aleph no funciona. Así y todo es un Aleph. Al respecto no cabe albergar la menor duda. El que no funcione no significa que no podría funcionar alguna vez. Con dicho argumento llevo varios días tratando de levantarme el ánimo.