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jueves, 29 de mayo de 2014

MENDIZÁBAL, MI CACTO




Soy partidario de asignar un apellido, en lugar de nombre de pila, a las plantas y animales domésticos. Una vez que estuve en México DF, por las noches, en la habitación del hotel, me daba la lata un mosquito zumbón. Aunque no me era posible verlo en la oscuriad, le puse Goicoechea y con dicho apellido me digiría a él, tratando de convencerlo para que se alimentara en otro cuerpo. Este gesto de familiaridad permitió que se estableciera entre nosotros una relación de respeto mutuo, con la agradable consecuencia para mí de que el mosquito no me picó. O quizá sí, pero al primer picotazo, una leve cata, él percibió que no tengo chile en la sangre, se fue a clavarla a otra pierna y yo no me enteré de nada.
Tengo un cacto. Se llama Mendizábal. Es bastante silencioso. No le gusta que lo acaricien. Lo recogí ¿en el desierto? No, lo compré en un supermercado de mi anterior ciudad de residencia, Lippstadt, con el fin de que me ayudara a recordar una cosa que ya he olvidado. De esto hace algo más de dos décadas, me parece. Lo tengo un poco gordo, quizá por falta de ejercicio. Por eso lo saco últimamente a pasear montado en su maceta. Me ha acompañado en diversas mudanzas. Es tranquilo, pero, ya digo, apenas habla, nunca se ríe y evita el contacto físico. Bueno, en realidad el que evita tocarlo soy yo.
Pasa la mayor parte del tiempo junto al teléfono, sobre la repisa de la ventana, sin más entretenimiento que observar la calle. Sospecho que está al corriente de mis intimidades. Para que no se sienta solo, se deprima y le crezcan las espinas hacia dentro, le he procurado compañía: Hernández, López de Haro y Santamaría. Ahí están los cuatro callados como piedras, mirándome alelados mientras trabajo.