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sábado, 17 de mayo de 2014

HANNÓVER, LA CIUDAD QUE NO ESTABA

File:Merian Hannover Ostseite.jpg


El amor me llevó a Hannóver, mi ciudad actual de residencia, en las postrimerías de un verano, de esto hace ya treinta y un años. Había por entonces dos Alemanias. Hannóver estaba situada cerca del borde de una de ellas, en el confín del mundo occidental o mundo libre, según el convencimiento general de la época.
Más allá se alzaba el silencio impenetrable del llamado telón de acero, que reproducía a lo largo de anchas tierras boscosas el viejo designio de unos lápices victoriosos sobre un mapa. Sin el ajetreo ni el mestizaje cultural propio de las ciudades de paso, sin la vitalidad de los lugares fronterizos (a pesar de hallarse cerca de una frontera y ser la capital de un estado federado), Hannóver conllevaba con resignación su destino gris de fin de trayecto. Hannóver era todavía, en la década de los ochenta, antes de la unificación alemana, el nombre de una vía muerta.
A mí, en su día, como de costumbre cuando llego a un sitio desconocido, me tentó perderme por las calles en compañía de mis pensamientos. Me animaba el propósito común de verificar con ayuda de las fachadas, de los monumentos y los detalles ornamentales antiguos, el mayor o menor prestigio histórico del lugar. Rápidamente comprobé que por entonces el rostro de Hannóver carecía de edad. La ciudad no estaba en la ciudad. En vano busqué vestigios de otras épocas. Hallé, sí, a costa del esfuerzo caminante de mis piernas, media docena de ruinas dispersas, cuidadas con pulcritud y consagradas al recuerdo y escarmiento de las generaciones venideras: apenas unas paredes sin techo, cada una con su correspondiente placa explicativa y sus vigas y maderos de apuntalamiento, y todas ellas sin excepción circundadas por la fealdad arquitectónica de los años 50 y 60 del siglo XX.
Los bombardeos aéreos de los aliados, en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, arrasaron la ciudad. Hannóver semejaba en la primavera de 1945 una escombrera. Sobrevivió el topónimo, un número trágicamente escaso de fachadas venerables y una población de viudas y solteras dispuestas a reunir los ladrillos desparramados por el suelo y emprender sin demora la reconstrucción de la ciudad. Hay en el vestíbulo del Ayuntamiento una exposición permanente de maquetas para que el visitante se estremezca viendo lo que la ciudad fue y ya nunca más será.
Por espacio de largas décadas Hannóver contó tan sólo, para alimentar unas pocas llamas de orgullo local, con una explanada donde se ubica su vasta y conocida feria de muestras, y con la fama honrosa de hablar el alemán genuino o Hochdeutsch.
Sufre Hannóver sin sobresaltos otros infortunios lentos y perdurables, como el infortunio de no lindar con el mar. Dicen algunos, mostrando a manera de prueba alguna que otra concha fosilizada, que en periodos geológicos anteriores la llanura sobre la cual la ciudad se asienta fue fondo oceánico. Lo cierto es que hoy no les queda a los hannoveranos más consuelo acuático que los paseos en barca de alquiler por un lago de dimensiones considerables, el Maschsee, de pronunciación difícil para la boca latina. Es un lago artificial, obra del nazismo, que puso a excavar con palas y picos un hoyo enorme a cientos de ciudadanos varones con la idea de falsear después la tasa del paro. De aquel furor actualmente sólo queda, por fortuna, la agresividad ocasional de los cisnes.
Más difícil lo tiene la ciudad para superar sus complejos derivados de la falta de montes y colinas. A Hannóver jamás llegó la invención de la cuesta. Sobre Hannóver, cada año, por noviembre más o menos, se cierne una capa uniforme de nubes grises que se come el brillo de las cosas y erosiona como una lija el ánimo de la gente. Eso, por más que ayude a entender ciertas actitudes románticas de la cultura alemana, es, a mi juicio, lo peor del sitio.
Hannóver cambió de golpe a raíz de la unificación. Por de pronto dejó de estar en el borde. De la noche a la mañana, como quien dice, le fue devuelta la posición geográfica central que tuvo antaño. Se ha llenado últimamente de novedad y audacia arquitectónica, y ya no es raro que el ojo del paseante encuentre incentivos para detenerse a observar con deleite y atención. La modernidad no le ha robado a Hannóver sus proporciones humanas. Sigue prohibido el rascacielos. Las calles, hoy por hoy, rebosan de seres humanos de todas las apariencias y colores. Allá se alinean unas cuantas verdulerías turcas, más allá se alza una mezquita, por ahí andan bailando flamenco unas muchachas esbeltas con pinta de ser cualquier cosa menos andaluzas. Hannóver retoza hoy como un niño, como una ciudad-niño renacida de unas cenizas que ya no la tiznan, que se llevó (esperemos que para siempre) el viento incesante de la Historia.