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jueves, 24 de abril de 2014

VACUNA CONTRA EL ZORRO

La ciudad de Hannóver, asentada en una llanura, no para de extenderse, con el consabido perjuicio para los espacios naturales. En cuanto llegan las excavadoras, a numerosos animales no les queda más remedio que marcharse. Los árboles, pobrecillos, no tienen esa opción.
Va para largo tiempo que algunos animales han invertido la estrategia. Prefieren adaptarse a la vida urbana. Las gaviotas, aves antaño marinas, encuentran abundante comida en los vertederos de basura y en las papeleras de los parques. Por los jardines privados pululan los erizos, las ardillas y las comadrejas. Las martas han tomado gusto a roer los cables de los automóviles. Se sabe de jabalíes que cruzan la calzada sin respetar los semáforos.
También hay zorros y luego pasa lo que le pasó a Falko W., un ciudadano de 31 años. Hace poco salió de su casa por la mañana temprano para ir a trabajar y, en el aparcamiento, un zorro le arreó una dentellada en un dedo. El suceso lo cuenta el Hannoversche Allgemeine Zeitung del sábado 26 de octubre.

Yo habría hecho lo mismo que el mordido, pues no se me han olvidado los letreros que años atrás, a la entrada del bosque, advertían de la existencia de animales infectados de rabia. ¿Qué hizo Falko W.? Volvió sin demora a su casa y llamó por teléfono a la Oficina Federal de Salud. Agradecería, dijo, que le informaran de un lugar donde le pudieran administrar la correspondiente vacuna. Por fin, al cabo de hora y media de espera, le aconsejaron que se dirigiera al Hospital Siloah, que está al otro lado de la ciudad, pero es igual. Allá fue porque la salud es lo primero, etcétera.
Una vez en el Siloah, le comunicaron que no podían atenderlo. ¿Y eso? No, es que al tratarse de un accidente en el trayecto al trabajo la competencia para la curación y tratamiento es de la Berufsgenossenschaft (Asociación Profesional), que no acepta facturas de otros hospitales.
Temeroso de haber contraído la rabia, Falko W. se dirigió por sus medios a la Escuela Superior de Medicina, el mayor centro médico de Hannóver. Allí, en la sala de urgencias, desoyendo su ruego de recibir la ansiada vacuna, le sacaron una radiografía del dedo, en el que apenas se apreciaba un rasguño. Lo trasladaron después a la planta de cirujía plástica y reinserción de miembros. Tras nueva espera, el cirujano decidió enviarlo al internista, el cual le aclaró que no era necesaria vacuna alguna por cuanto los zorros de la región están exentos de rabia. El paciente solicitó por si acaso una declaración escrita.

De atardecida, Falko W. regresó a su casa con una tirita en el dedo, pero sin haber recibido su vacuna. En el aparcamiento volvió a encontrar al zorro, esta vez muerto, lo que afianzó su sospecha de que el animal había padecido una grave, acaso contagiosa, enfermedad. Lo metió en una bolsa y al día siguiente lo llevó a que lo examinara un veterinario. Tras varias noches mal dormidas, Falko W. recibió la confirmación de que no se habían hallado indicios de rabia en el animal. Lo que yo me pregunto es cómo pudo morderle el zorro. ¿No será que lo confundió con un perrito y trató de acariciarlo?