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lunes, 11 de febrero de 2019

"LA HORA VIOLETA" DE SERGIO DEL MOLINO



Leí tiempo atrás La España vacía de Sergio del Molino. Me regalaron un ejemplar en Burgos, mientras hacía promoción de un libro propio que me llevó por diversas ciudades de España. Yo no tengo especial interés en los índices demográficos ni en las zonas despobladas de ningún país; pero comprobé, ojeando aquí y allá el ensayo de Sergio del Molino, la calidad evidente de su escritura. Eso me animó a adentrarme en sus páginas y disfruté. Ya decía Thomas Mann que una de las cosas principales que ocurren en un libro es la prosa.
Supe por entonces de la existencia de La hora violeta y de su contenido doloroso. Me propuse conocer también este libro, animado por el gusto que me había procurado el anterior; pero fui demorando la lectura por aquello de la distancia que me separa de las librerías españolas. Finalmente, aprovechando un viaje reciente, me hice con un ejemplar y lo he leído.
Sabía de qué iba La hora violeta y sabía que me iba a pegar fuerte, como así ha sido. No en vano uno también es padre, no ignora las largas horas de incertidumbre y angustia en un hospital (aunque culminadas en mi caso con un desenlace más llevadero) y, en fin, alberga empatía. La muerte de un hijo no es un asunto que admita la frivolidad; sí la alta literatura. Pongo por caso Mortal y rosa de Francisco Umbral, a quien Sergio del Molino dedica una reflexión lúcida en la parte final de su libro. En ambos casos el hecho fatídico se produjo por causa de la leucemia.
Sergio del Molino es más explícito en su libro que Umbral en el suyo. También menos literario. La hora violeta es un extraordinario, hondo y pormenorizado documento humano. El propio autor, injustamente, lo identifica con un historial médico. Entiendo el reproche. ¿Quién, en su situación, no pensaría que no hizo lo suficiente por el niño perdido o que el libro enderezado a guardar la memoria de dicho niño es insuficiente para compensar las penalidades sufridas?
El lector conoce el desenlace desde el principio. Ni por ese ni por ningún lado encontrará coquetería narrativa. Se trata, más que nada, de dar forma a una vivencia que, no por descarnada, resulta insólita. También para el lector el libro de Sergio del Molino tiene algo de catártico. Yo no sé si el autor se hace cargo de hasta qué punto, en cada página, en cada párrafo, quienes leen su crónica desearían de todo corazón que las cosas hubieran transcurrido de otro modo.
El cronista está metido hasta el cuello en el caldo de su narración. Es a un tiempo sujeto y perspectiva de lo relatado. En su texto hay espacio para una diversidad de evocaciones y para tramos introspectivos. Al texto se adhieren igualmente facetas de su vida de periodista y de hombre que profesa estas y las otras inclinaciones culturales. Se palpa en cada línea el universo de afectos del que escribe; en fin, su verdad humana, con la circunstancia agravante para el lector de saber que todos los esfuerzos y todas las esperanzas no conducirán a fin positivo ninguno.
No es fácil traducir a palabras la experiencia del dolor asociado a una tragedia como la consignada en este libro que comento. Peligros varios rodean la tentativa: el exhibicionismo, la indiscreción que acaso afrente a las personas que compartieron parte de la historia narrada, el patetismo, una modulación inadecuada de la lengua escrita... La hora violeta (título procedente de una cita de T. S. Eliot) fue editada por vez primera en 2013; tiempo, pues, suficiente para comprobar que no es un texto sujeto a moda alguna, sino que conserva de pleno todo su enorme vigor de relato confesional. Me temo que necesitaré de un par de libros ligeros para superar la fuerte impresión que me ha causado.

lunes, 28 de enero de 2019

UNA DE LAS PRIMERAS NOVELAS DE RAÚL GUERRA GARRIDO



Cacereño es el título de la primera novela publicada por Raúl Guerra Garrido. Ha llovido mucho desde aquella lejana edición de diciembre de 1969. He vuelto al libro con cierto espíritu arqueológico. Gratamente he confirmado que cuenta una historia comprensible más allá de los avatares del tiempo. Es la historia intemporal del hombre que abandona el paisaje nativo, su familia y sus hábitos para establecerse en condiciones de inferioridad social y económica en un lugar en el que es acogido con recelo, donde sufrirá discriminación y habrá de deslomarse trabajando para encontrar un acomodo aceptable.
En este caso, como anuncia el título, se trata del inmigrante que deja su pueblo de la provincia de Cáceres en busca de una vida mejor en el País Vasco de los años del desarrollismo, en plena dictadura de Franco. Hay que puntualizar que cacereño tiene en la novela de Guerra Garrido una acepción que excede los límites del mero gentilicio. Cacereño era por entonces, en el País Vasco, un término peyorativo equivalente a maqueto. Designa al venido de otras regiones de España, no necesariamente de Extremadura, a vender su mano de obra y a realizar los trabajos más duros y peor pagados. Recuerdo en mi San Sebastián natal, cuando yo era niño, el empleo como insulto de la palabra cacereño. No creo que la ignorancia explique por sí sola el racismo. La arrogancia y la mala fe son también sus ingredientes.
El joven protagonista, José Bajo, se afinca en un suburbio de San Sebastián. Al principio se relaciona con otros de su misma condición. El suyo es un caso de integración lograda, si bien no exenta de dificultades. A pesar del ostensible propósito de denuncia, Cacereño es una novela con final edificante, lo cual no me parece un desdoro literario. No comparto la opinión de que todo lo que acaba bien es comedia trivial. El amor correspondido de una lugareña, moradora de un caserío, y la perseverancia en el trabajo constituyen el fundamento de la integración del protagonista en la sociedad de acogida. Simbólicamente la hija de ambos crecerá hablando su idioma y el de la madre.
Me complace resaltar el vigor narrativo de los episodios en la fábrica de Lizarraga (el empresario secuestrado de la novela Lectura insólita de El Capital, con la que Guerra Garrido obtendrá el premio Nadal en 1976): la dureza del trabajo en la forja, la oposición del protagonista contra el parecer de muchos de sus compañeros a una huelga que le hubiera podido costar el puesto, la defensa de esos mismos compañeros ante los jefes por las condiciones insalubres de trabajo, etc. El autor sitúa la fábrica en Eibain, un pueblo industrial imaginario de la provincia de Guipúzcoa cuyo nombre parece formado de la fusión de Éibar y Andoáin. Será asimismo el escenario principal de otras novelas posteriores de Guerra Garrido.
La relación sentimental de Pepe Bajo e Izakun, con su primitivismo erótico y dados los obastáculos que ha de superar, tiene un aire épico que por momentos me ha recordado los amores tozudos de algunos personajes de novela de Ramiro Pinilla. La circunstancia de que ella trabaje en la fábrica, puerta al mundo, y viva en un caserío, espacio cerrado a ese mismo mundo donde impera una moral tan estricta como vieja, da un juego narrativo que Cacereño aprovecha con eficacia. La prosa no es la de un estilista. Sostiene con eficacia, sin florituras, al modo postulado por el realismo social, una narración que en todo momento suscita interés. A veces dicha prosa reproduce con gracia cercana a la parodia la manera en que los vascos de aquel tiempo hablaban castellano. Como documento humano, la novela de Guerra Garrido me parece altamente valiosa. También como retrato de una sociedad en la que se empieza a fraguar el terrorismo y la consiguiente fractura social que determinará las décadas siguientes. De hecho, se alude a una pintada en favor de ETA en una de las fachadas de la fábrica. El propio Guerra Garrido ha contado en alguna ocasión que la censura franquista lo obligó a suprimir un “Gora ETA” en el texto. Con Cacereño, Raúl Guerra Garrido inaugura en calidad de pionero la novela de tema vasco que pone su foco de atención en la vivencia particular de las víctimas.

viernes, 25 de enero de 2019

ORDESA EN ITALIA

Ho cinquant’anni e son rimasto solo: posso ritrovare la bellezza della vita?

Il lungo monologo di un insegnante che perde i genitori e divorzia, nel mediocre tran tran di provincia. Un regolamento di conti con la storia della “Patria”, dalla morte di Franco ai nostri giorni
Ilustración de La Stampa

He tenido la oportunidad y el honor de saludar mediante una reseña publicada hoy, 26 de enero, en el periódico La Stampa, la publicación de Ordesa de Manuel Vilas en Italia. La circunstancia de que los dos compartamos editorial italiana me ha permitido estar informado de dicha publicación. Mi comentario fue redactado a partir de una relectura del libro que me confirmó su enorme calidad literaria y su profundo valor testimonial. Publico a continuación la versión en lengua española de la referida reseña.

Crónica de un huérfano

Ordesa es el nombre de un parque natural situado en la parte española de los montes Pirineos. En buen estado de conservación, es una especie de templo de la Naturaleza con su vegetación tupida, sus arroyos de agua clara y sus elevadas cumbres, lugar propicio para la meditación y el recogimiento. No lejos de allí nació el escritor Manuel Vilas (Barbastro, 1962), cuya vinculación con Ordesa no es la propia del visitante de fin de semana que huye de la ciudad en busca de aire limpio ni la del turista que desea contemplar un paisaje espectacular y hacer fotografías. Ordesa es para Manuel Vilas antes que nada un espacio íntimo cargado de recuerdos, de emociones a veces no alejadas del dolor, y un reducto de belleza en el que a uno en cierto modo le es dado purificarse.
El narrador cuenta que visitó Ordesa en 1969, siendo todavía un niño, en compañía de su padre. En dicha imagen sitúa el autor el comienzo de su evocación. Ordesa es la negación del tiempo y de la muerte y el comienzo de este libro que por su extraordinario relieve humano y su alta literatura ha obtenido fervientes elogios por parte de la crítica y los lectores en España desde que se publicó a comienzos de 2018.
Ordesa es también la crónica en primera persona de un hombre que a sus más de cincuenta años se ha quedado solo. Solo en el sentido del huérfano, del divorciado y también del que se ha equivocado en tantas ocasiones y se encuentra perdido en medio de las ruinas de su vida. Le queda la escritura, depositaria del recuerdo, donde aún es posible hacerse la ilusión de que perviven tantos episodios, objetos y personas que un día existieron cerca y ya no están.
El padre del narrador murió en 2005; la madre, nueve años después, poco antes de la ruptura matrimonial del autor. Partiendo de una situación de orfandad, el libro nos habla de los orígenes humildes del autor, de su trabajo poco estimulante en la docencia, de su ruptura matrimonial, de problemas con el alcohol, de sus hijos, de la vida mediocre en provincias o de la poesía, que Manuel Vilas ha cultivado a lo largo de su carrera de escritor con no menor asiduidad que el periodismo o la novela. Pero la muerte de los progenitores no constituye propiamente la sustancia narrativa de Ordesa; en todo caso, desencadena el libro y lo acompaña, porque lo esencial de este largo e intenso monólogo en que consiste Ordesa es otra cosa. El escritor no se limita a contarnos los sucesos relevantes de su vida, a la manera de quien se propone dejar un testimonio autobiográfico. De hecho, el libro es legible igualmente como construcción novelesca. Ordesa es una conmovedora improvisación literaria a partir de un estado emocional concreto; a la vez, un ejercicio radical de desnudamiento interior que lo mismo trae a la página la evocación, el relato de peripecias, las consideraciones de tipo político y social o el pasaje lírico, todo ello dentro del marco de un ajuste de cuentas con una época de la historia de España que empieza en las postrimerías de la dictadura de Franco y llega hasta nuestros días, pero también con el hombre que escribe los sucesivos fragmentos de una historia confidencial que interpela de frente, sin eufemismos, a los lectores.
Aficionado al rock, Manuel Vilas desarrolla un tipo particular de escritura de una enorme fuerza expresiva, con una apariencia de falso desorden, como de temas que se suceden sin una conexión estricta. En un momento determinado el autor afirma: “Mi madre era una narradora caótica. De mi madre heredé el caos narrativo.” El lector no tiene ningún dificultad para desplazarse por los continuos cambios de dirección temática, en buena medida porque la prosa es clara y directa, pero también porque la voz que sostiene el discurso literario es siempre la misma, como corresponde a un relato de claro propósito confesional.
El cuadro humano que describe Ordesa, aunque incluya experiencias tristes y dolorosas, no resulta a la postre negativo. En medio de tragedias, reveses y fracasos, Vilas salva muchas cosas, celebra la bondad y la amistad, y clama como un huérfano desconsolado que en medio de su noche personal declara la necesidad innegociable de ser amado. Sus reflexiones no son de índole analítica. Vilas rehúye las explicaciones abstractas. Reflexiona a golpes de emoción y en ráfagas rotundas que dejan al lector a un tiempo perplejo y sobrecogido. Ordesa es, en mi opinión, una prueba incontestable del buen momento que atraviesa la literatura escrita actualmente en España.