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lunes, 7 de noviembre de 2016

REFLEXIÓN SOBRE UN SONETO DE QUEVEDO



[Represéntase la brevedad de lo que se vive, y cuán nada parece lo que se vivió]

“¡Ah de la vida!”… ¿Nadie me responde?
¡Aquí de los antaños que he vivido!
La Fortuna mis tiempos ha mordido;
las Horas mi locura las esconde.


¡Que sin poder saber cómo ni adónde
la salud y la edad se hayan huido!
Falta la vida, asiste lo vivido,
y no hay calamidad que no me ronde.


Ayer se fue; mañana no ha llegado;
hoy se está yendo sin parar un punto:
soy un fue, y un será, y un es cansado.


En el hoy y mañana y ayer, junto
pañales y mortaja, y he quedado
presentes sucesiones de difunto.

Francisco de Quevedo

Pañales y mortaja

En 1648, Francisco de Quevedo lleva tres años muerto. Es entonces cuando sale de la imprenta una primera parte de sus poesías completas,  agrupadas bajo el título genérico de El Parnaso español. La edición corrió a cargo de su amigo y confidente literario, el controvertido José Antonio González de Salas. Celoso de la posteridad de sus escritos, Quevedo había determinado reunir sus poemas en nueve secciones consagradas cada una de ellas a una musa de la mitología griega. El repentino fallecimiento de González de Salas postergó hasta 1670 la publicación de las tres musas que no tuvieron cabida en el primer volumen.
El soneto que comienza con la llamada ¡Ah de la vida! forma parte de la sección correspondiente a la segunda musa, la llamada Polimnia. El epígrafe que lo encabeza se debe seguramente a González de Salas, quien, según el dictamen de los expertos, intervino en los textos de Quevedo, no se sabe con exactitud en qué medida, pero desde luego con la suficiente frecuencia como para proclamarse coautor en el subtítulo del libro: Monte en dos cumbres dividido. Una cumbre era Quevedo; la otra, desde su punto de vista, era él.
El epígrafe que ocupa el lugar propio de un título convencional anticipa el asunto del poema. Lo que ahí se dice, que la vida pasa velozmente y lo en ella experimentado queda a la postre en nada, es lo que el lector va a encontrar a continuación. Los hábitos del barroco propician esta manera de concebir la poesía según la cual la expresión suntuosa, el ingenio de los conceptos, la calidad musical del texto, en fin, el ropaje lingüístico tienen primacía sobre la idea.
El poeta de aquel entonces dispone de un muestrario de tópicos. Son, por así decir, temas de propiedad compartida (aquí, el tempus fugit) sobre los que cada cual escribe con mayor o menor talento sus particulares variaciones. El afán primero del escritor no consistía tanto en la búsqueda de originalidad ni en la expresión de un universo subjetivo, inseparable de la circunstancia vital del poeta, como en mostrar destreza en el manejo literario del idioma aplicado a cuestiones sobre las que ya se han expresado otros con anterioridad. El suyo es, sin desdoro alguno, principalmente un arte de la imitación. Y como las fuentes temáticas son comunes, la rivalidad entre sus frecuentadores está servida. Se percibe una rápida propensión al exhibicionismo en todo escritor barroco.
Es fácilmente demostrable que Francisco de Quevedo, como tantos poetas de su época, y aun de siglos anteriores y posteriores, destinó numerosos textos a la admiración ajena. Uno los lee, los aprueba, se maravilla con las geniales ocurrencias del artífice; pero al final no logra desprenderse del incómodo convencimiento de haber sido espectador pasivo de un juego que no le infiere el menor rasguño en la conciencia.
No siempre es así. Quevedo compuso asimismo textos cargados de emoción sincera que dan cauce a sus dolores personales, y a nosotros, casi cuatro siglos después, nos resulta punto menos que imposible no estremecernos con ellos. Este soneto, Ah de la vida, pertenece al tipo de poemas que le pegan a uno fuerte. Quien habla en él es un hombre común como nosotros. Un hombre, ya metido en años, que lamenta un destino adverso similar al nuestro o al que nos espera. En estos versos de sonoridad oral no hay dioses mitológicos, héroes ni gentes de alcurnia. Aquí profiere a solas su queja amarga un hombre envejecido y lúcido cuyas palabras no podemos sino tomar como propias.
El poeta recurre a locuciones procedentes del habla popular. Las transforma a fin de darles, con intención poética, un sentido nuevo. ¡Ah de la vida! surge de fórmulas de llamada del tipo ¡Ah de la casa!, ¡Ah de la nao!, con las que en viejos tiempos trataba uno de hacerse notar desde fuera del sitio en el que deseaba ser recibido. Es como si el poeta, a su pesar, se hubiera salido de la vida y, arrojado a la intemperie, diera voces a la desesperada para que le abran la puerta. Nadie le responde y su llamada, desoída, resulta inútil. De manera similar invoca los antaños, esto es, los tiempos idos, cuya presencia él reclama al modo como se solicitaba ayuda en la batalla (¡Aquí de los nuestros!) o, en situaciones comprometidas, a la gente de armas responsable de velar por la ley (¡Aquí de la justicia!).
La cruda realidad es que los años transcurrieron sin que se sepa “cómo ni adónde”. La Fortuna, diosa romana de la suerte, devoró el cupo de tiempo otorgado por la naturaleza al hombre, destruyendo paulatinamente su salud, despojándolo de su lozanía, con la crueldad añadida de mantenerle intacta la conciencia sobre la pérdida definitiva de lo vivido, sobre su degradación física actual y el fin cercano. A este respecto, no puedo menos de acordarme de unas palabras que me dijo el escritor y crítico literario Ángel Ortiz Alfau en el Café Iruña de Bilbao poco tiempo antes de su fallecimiento: “Lo peor, Fernando, no es llegar a viejo; lo peor es llegar y darse cuenta de ello.”
Idéntica conciencia trágica sostiene de principio a fin el soneto de Quevedo, junto con la pericia lingüística del poeta para expresar con indudable vigor poético lo que a todos concierne y lo que ya otros poetas antes y después de Quevedo expresaron: que el tiempo pasa arrastrándonos en su corriente. El poeta constata, pero también personaliza. Es él quien fue y quien ahora es un ser cansado, asediado por el temor y las calamidades, y quien será a lo largo de un futuro que se revela cada vez más corto.
Desde los pañales del recién nacido hasta la mortaja del difunto, la vida (hoy, mañana y ayer) se ha pasado en un soplo; una vida en la que uno, testigo de sus incesantes defunciones, es tumba donde yacen sus anteriores edades. Quevedo enuncia este pensamiento en una célebre carta de 1635 dirigida a Manuel Serrano del Castillo: “Hoy cuento yo cincuenta y dos años, y en ellos cuento otros tantos entierros míos. Mi infancia murió irrevocablemente; murió mi niñez, murió mi juventud, murió mi mocedad; ya también falleció mi edad varonil. Pues ¿cómo llamo vida una vejez que es sepulcro donde yo propio soy entierro de cinco difuntos que he vivido?”
Jorge Luis Borges equiparó la obra de Quevedo con una serie de “aventuras verbales”. Y es cierto que se advierte en cada página de este portentoso usuario del idioma una sucesión incesante de agudezas. Con eso y todo, yo me atrevería a cuestionar que tal sea la razón única, ni siquiera la principal, de la vigencia moderna de algunos de sus escritos. Hay algo en poemas como el soneto ¡Ah de la vida!, más allá de las piruetas y hallazgos lingüísticos, que nos deja mal cuerpo, nos desata un negro temblor. Llamémoslo, para salir del paso, poesía en el mayor grado concebible.

(Este artículo, perteneciente a la serie Vetas profundas, se publicó el pasado sábado día 5 de noviembre en el suplemento Territorios de El Correo.)

viernes, 21 de octubre de 2016

IRAZOKI, 62 MODELO PARA ABRAZAR



Esta foto nos la hizo Daniel Mordzinski en una galería del metro de París.


Hoy, 21 de octubre, lluvia y hojas amarillas, Irazoki cumple años. Sesenta y dos. Vive en París como París vive en él. Estoy por decir que la ciudad e Irazoki nacieron el uno para el otro. Ahí anda, pues. En repetidas ocasiones, la vida intentó doblarlo. A fuerza de arrearle palos hizo de él un hombre positivo. Luego, doblada ella, lo convirtió en una despensa de pequeñas felicidades.
Irazoki es telefónico. Estoy por decir que el teléfono fue inventado para él. Cuentan los que saben de estas cosas que en 1871 Antonio Meucci, visiblemente nervioso, preguntó si Irazoki ya había nacido. Le dijeron que no, que tranquilo, que tenía tiempo de perfeccionar su invento. Y lo mismo preguntó pocos años después Alexander Graham Bell. Irazoki subiría, en mangas de camisa si hace falta, a la cima del Everest si le dijeran que allí arriba hay un teléfono o un abrazo.
Es que, ahora que me acuerdo, Irazoki nació para abrazar. No tiene compasión. Viene, te abraza, te abraza/agarra, te abraza/estruja, y luego, al soltarte, pone cara de pena porque tu cercanía le impide llamarte por teléfono. Los pulpos celosos se retuercen de resentimiento en tales situaciones. Este hombre podría trabajar como exprimidor de naranjas. Ganaría una fortuna.
También es poeta. Es, sobre todo, poeta, además de excelente cocinero, y conoce a todos los poetas. Le mandan libros por toneladas. El cartero de su barrio seguramente no le dirige la palabra. Yo le pregunto: Y el poeta ese, ¿qué tal? Me cuenta con pormenor, cita títulos, describe estilos, apuntala con argumentos y datos biográficos. Irazoki es una capital de la poesía. La disfruta si ella se deja disfrutar y la reseña en El Cultural con idéntico ánimo. Lo mismo que la música, otra de sus pasiones, le gustan poemas de todos los tiempos y estilos. Lo que no le gusta es el fraude literario. Y me pongo por testigo para certificar que tiene un olfato infalible para descubrirlo. Te levanta unos versos herméticos y señala la etiqueta que hay debajo: made in Trampaland.
Una vez me llamó por teléfono estando yo fuera. Al volver a casa, mi mujer me dijo que había llamado mi marido. Tiene razón. Nos ve todo el día de palique aparato en mano. Hablamos de comas, de fútbol (dice que lo de Iniesta no es fútbol, es ballet), de recetas de cocina, de Félix Francisco Casanova, de la perspicacia de algunos, de la mala fe de otros y de los escritos mutuos. No publico una línea que no haya recibido su visto bueno y viceversa. Por esa vía él me ha salvado de cometer multitud de errores.
En fin, que el navarro este de caserío ha cumplido sesenta y dos tacos, y que esta noche voy a beber una copa de vino a su salud. Tengo contraída con Irazoki una deuda descomunal. ¿Cuál? No, bueno, no es nada, es sólo que gracias a él me ha sido dado conocer en este mundo nuestro tantas veces despiadado y atroz la experiencia de la amistad en grado de plenitud. Esto es lo que yo quería decir. Esto y lo del teléfono. Y lo de la poesía. Pero sobre todo esto.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

60 AÑOS DE FÉLIX FRANCISCO CASANOVA




28 de septiembre. Ya hemos entrado en mañanas con rocío y por ahí cerca he visto las primeras hojas amarillas de los árboles. Félix Francisco Casanova habría cumplido hoy sesenta años. Murió con diecinueve. Su muerte temprana y las circunstancias nunca del todo aclaradas en que ocurrió han contribuido a la leyenda. Murió joven, era guapo, rebosaba de talento: puede decirse que reunía todos los ingredientes con los que suele crearse el mito. No tengo nada que objetar al respecto salvo que no me agradaría que dicha mitologización ocultase el extraordinario valor de su obra literaria: principalmente un puñado de poemas, no sé si enigmáticos, pero desde luego inquietantes, y El don de Vorace, la novela/antinovela de un hombre que desea morir a toda costa y no lo consigue.
"El don de Vorace" dedicado por el padre de Félix Francisco

También con Casanova me he hecho esas preguntas estúpidas que no tienen respuesta, las mismas que tantos otros, no sólo yo, se formularon pensando en Mozart, en García Lorca, en Miguel Hernández, en tantos genios desparecidos a edad temprana, aunque no tan temprana como la suya en el momento de aquel fatídico escape de gas de hace cuarenta años. ¿Qué habrían compuesto o escrito estos genios en el caso de haber vivido unas cuántas décadas más? ¿De qué obras magistrales nos privó su muerte prematura? Pienso en el difunto Félix Casanova de Ayala, el padre de Félix Francisco, que me escribía cartas a San Sebastián hace muchos años y me mandó los libros, editados en Canarias, de su hijo, cuya memoria cultivaba con afecto dolorido. Me cuesta poco creer que, de estar vivo, sentiría orgullo paternal viendo que la genial inventiva de su hijo está presente en las librerías, bien editada por Demipage; presente en la memoria literaria de muchos de nosotros y en las manos de nuevos lectores que la siguen descubriendo. Feliz cumpleaños, chaval. Cuánto me habría gustado conocerte.
Viejas ediciones de la obra de Félix Francisco Casanova que guardo como oro en paño