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sábado, 21 de enero de 2017

SOBRE UNA NOVELA DE ISABEL BONO




Una casa en Bleturge es la primera novela publicada por Isabel Bono. Con ella ganó el Premio Café Gijón en su edición de 2016 y no me extraña. Relaciones familiares tóxicas y rencores larvados, a veces ostensibles, pueblan sus páginas, redactadas con la particular personalidad que aplica la autora  a todo cuanto escribe. Los personajes no tienen nombre. Son el padre, la madre, la hija, la hermana, el abuelo, además de hombres y mujeres sueltos que van por la calle, que viajan en autobús o compran en el supermercado. Buscan, si no la felicidad, algún tipo de acomodo en la vida. Es raro que lo consigan. Para ello haría falta un lugar imaginario como Bleturge, donde nadie hiciera preguntas, donde no hubiera que dar explicaciones y acaso el mundo tuviera la deferencia de adaptarse a los deseos de uno y no al revés. Los miembros de la familia de los protagonistas conviven; más bien coexisten y se soportan sin apenas rozarse, sin comprenderse, lo que tampoco parece alterar el ritmo cotidiano de sus vidas bastante grises. Sobre todos ellos pesa la sombra de un hijo muerto a edad temprana. El padre culpa de ello a la hija y la odia minuciosa y duraderamente. La madre es quien lleva el mayor peso de la narración. Su mirada introspectiva prevalece sobre todas las demás. Se trata de una mujer madura, encerrada en una insatisfactoria área doméstica, que cuida de su anciano padre, enfermo en un hospital. Ella es el alma de la novela, la que imagina la única casa que existe en Bleturge, y es, antes que nada, una narradora excepcional. Sus actos a menudo anómalos atraen sobre ella la sospecha de la locura. Lo que a algunos les pueda parecer chifladuras, para ella son hábitos que constituyen una especie de mitología personal. Su lucidez, a veces cruel, siempre deshinbida, se transmite a cada instante a la narración. Recuerdo con particular agrado el episodio en que de improviso se hace pasar por cliente de un hotel y entra en una habitación ajena, donde, aprovechando la ausencia del huésped, se ducha, usa el cepillo de dientes del hombre, se pasea desnuda, se expone al riesgo de ser sorprendida. Una casa en Bleturge es cualquier cosa menos una novela explícita. Tiene un poder de sugerencia notable. Roza a ratos la poesía a la manera como Isabel Bono concibe el género, nunca de modo convencional, sino con su inconfundible estilo escueto, sugerente, que no rehúye lo feo, sucio y mórbido, que con frecuencia da lugar a pensamientos hermosos y a frases afiladas que cortan el aliento. La novela de Isabel Bono me ha gustado mucho y por eso me he animado a publicar este comentario.

domingo, 8 de enero de 2017

A PROPÓSITO DE UN POEMA DE IDEA VILARIÑO




EL AMOR

Amor amor
jamás te apresaré
ya no sabré cómo eras.
No habré vivido un día
una noche de amor
una mañana
no conocí jamás
no tuve a nadie
nunca nadie se dio
nada fue mío
ni me borró del mundo con su soplo.
Lo que hubo fue dolor
lo solo que hubo
que fue colmado atestiguó fue cierto
pero dónde quedó
qué consta ahora.
Hoy el único rastro es un pañuelo
que alguien guarda olvidado
un pañuelo con sangre semen lágrimas
que se ha vuelto amarillo.
Eso es todo. El amor
dónde estuvo
cómo era
por qué entre tantas noches no hubo nunca
una noche un amor
un amor
una noche de amor
una palabra.

Idea Vilariño

Lo solo que hubo

La participación en la Feria del Libro de Valladolid de 2016 me deparó la oportunidad de compartir cena con unos pocos escritores. Entre ellos se encontraba uno al que guardo aprecio desde mi más temprana juventud y con quien nunca antes había hablado. Me refiero al poeta Francisco Brines. Durante la velada, saltando de un tema a otro, asomó a la conversación la figura de Vicente Aleixandre, de quien Brines fue amigo personal. “Vicente”, dijo, “era un hombre que necesitaba amar a todas horas.” No tuve la impresión de que la frase hubiera sido concebida como rasgo de ingenio, vicio no infrecuente en este tipo de reuniones; antes al contrario, como una caracterización sincera del aludido.
Meses más tarde, la memoria me hizo de nuevo presente aquella afirmación de Brines a propósito de Vicente Aleixandre. Sucedió mientras leía los versos de Idea Vilariño (Montevideo, 1920-2009). Yo había constatado que la necesidad de dar y recibir amor es un asunto primordial en numerosos poemas de esta escritora. Acaso no esté de más agregar que la pasión amorosa constituye la columna vertebral de su no muy extensa obra poética. Y ello sin olvidar que, a partir de los años sesenta del siglo XX, el activismo político ocupa una parte notable de dicha obra, a mi juicio la de interés literario menor.
Poemas de amor es uno de los títulos más sobresalientes de Idea Vilariño. Su primera edición data de 1957. El libro se inicia con una dedicatoria escueta dirigida al novelista Juan Carlos Onetti, el hombre al que ella por lo visto más amó y detestó (ambas pulsiones a menudo simultáneas) y el que más la hizo sufrir. Por los biógrafos de la poeta sabemos que Poemas de amor reúne los posos de aquella relación tormentosa en la que iban y venían sin cesar las rachas de aborrecimiento, atracción apasionada y afecto. Al parecer, algunos poemas se inspiran en episodios eróticos de la escritora con otros varones. No deja de ser significativo que “El amor”, poema que clausura el libro, contenga una negación amarga de lo anunciado en su título. Idea Vilariño declaró en su día que este libro había representado para ella una forma “de exhibir su corazón deshecho”.
Se advierte con facilidad que este amor del que nos habla la poeta no tiene naturaleza conceptual. Es, se mire por donde se mire, amor tangible de hombre y mujer, amor vivido y no idealizado. Es compañía y sudor. Se trata sobre todo de una experiencia fallida que da lugar a una frustración dolorosa. El sujeto lírico deseaba consumar a toda costa su propósito amoroso, comprometió su ilusión y su energía en el intento, asumió penalidades asociadas a lances de convivencia, entregó la mente y el cuerpo, y fracasó. Se revela entonces sin tapujos que el amor fue el nombre de una vivencia tan intensa como destructiva, y que lo que en principio debió consistir en gozo y plenitud y realización personal no fue sino una fuente de sufrimiento que ni siquiera se amortigua con los años. De este modo, el fracaso amoroso equivale a un fracaso existencial y sobre este firme cimiento de desolación construye Idea Vilariño su poesía.
El poema se abre con una invocación. Me inclino a pensar que amor es aquí un nombre hipocorístico y que, por tanto, tras la designación cariñosa se esconde una persona más que un sentimiento. Los tres versos iniciales establecen una convicción con aire de despedida definitiva; la convicción de que el amor y, con él la persona que lo suscitaba, le estuvo y le estará por siempre vedado al sujeto lírico. Acto seguido, el poema se torna monólogo dolorido, desarrollado, como es habitual en la poesía de Idea Vilariño, en tono conversacional. Se dijera que el poema es la transcripción literal de unas palabras dichas a solas en voz alta.
 “El amor” habría sido con toda seguridad una tentativa poética fallida si para comunicar su desgarradura la poeta hubiera elegido una forma rebuscada o grandilocuente. Como se ve, la adjetivación del poema es mínima. La dicción está limpia de los artificios habituales del género. La expresión nos llega sin adornos superfluos y sin la vanidad de un estilo que antepusiera la brillantez a la claridad. Todo suena a cosa verdaderamente sentida antes de haber sido incorporada al poema. Las palabras no han sido elegidas por su sonoridad o por su prestigio poético, sino por necesidades comunicativas en combinación con un ritmo como de parlamento dramático y con el alto grado emocional del texto. Y no me parece baladí señalar que en los versos vibra la voz de una mujer que trata del amor, no desde la perspectiva tradicional, pasiva, de la musa objeto de requiebros, halagada por el galán con el fin de seducirla, sino desde una actitud activa y libre, o, como bien dice la profesora Rosario Peyrou, “en igualdad de condiciones con el otro”.
Más allá del placer sensual, pasajero, lo que la poeta parecía anhelar por medio de la vivencia amorosa era ser borrada del mundo, donde están la vejez y la muerte; pero, por desgracia para ella, esta es una tarea de dos y es la unidad indispensable con la otra parte lo que siempre le ha fallado. De ahí que en “El amor”, como en tantos poemas de Idea Vilariño, se adopte un aire de desavenencia conyugal, de soledad de amante abandonado, incluso de ajuste de cuentas, por más que los fines últimos de la unión amorosa sean otros que los de la felicidad de la pareja en un paisaje cotidiano o, por mejor decir, sean también otros.
Pero ya el poema nos dice que todo ha pasado. Lo que hubo no fue nada hermoso ni perdurable que merezca un espacio grato en la memoria, apenas unos restos secos de fluidos corporales en un pañuelo, segregados ¿con quién y para qué? Qué más da. Dolor y soledad son la consecuencia, así como la sombría conclusión de que entre el nacimiento y la muerte no hay cosa digna de satisfacer una existencia humana.
Y, sin embargo, la infelicidad y la queja no implican en el poema rechazo de la vida. Esta circunstancia revela a mi juicio la singular grandeza de la escritora y, por consiguiente, de su poesía. No se aprecia en Idea Vilariño rencor nihilista por el hecho de que su empeño máximo no hubiese conducido a la culminación apetecida. Hay, sí, pena expresada con palabras henchidas de humanidad. Palabras que añoran aquella otra, nombradora de lo que el sujeto lírico tan afanosamente buscó, la que no fue pronunciada en los momentos en que más necesidad había de ella.
(Este artículo, perteneciente a la serie Vetas profundas, se publicó el pasado sábado 7 de enero en el suplemento Territorios de El Correo.)

sábado, 7 de enero de 2017

RICARDO PIGLIA Y LA LUNA



Hace unos años coincidí con Ricardo Piglia en Barcelona, en los estudios de una cadena de televisión. Lo acababa de entrevistar Ignacio Vidal-Folch. Tras él, me tocaba a mí tomar asiento ante las cámaras. En aquel breve entreacto pudimos intecambiar una pocas palabras de circunstancias. Piglia, que seguramente no me conocía, tuvo la gentileza de responderme por escrito, de pie junto a una pequeña mesa, a una tarjeta con la pregunta sobre la luna. Hoy su frase improvisada figura en mi particular banco caligráfico de escritores con el número 177. Ricardo Piglia falleció ayer en Buenos Aires, a los setenta y seis años, aquejado de una grave enfermedad. Quedan por fortuna sus libros, en los que él puso tanta sabiduría como amor por la literatura. Reproduzco a continuación, a modo de homenaje, esta breve muestra de su letra.