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sábado, 29 de septiembre de 2018

PEREDA, THOMAS MANN Y LAS PEÑAS



Otros hacen pilates o corren por el parque. Yo practico el rito de leer un libro al mes perteneciente a la vieja colección Austral, para lo cual, cada vez que voy de viaje a España, hago lo posible por adquirir unos cuantos títulos que no estén en mi biblioteca, más con el ánimo de leerlos que de coleccionarlos. A veces, por razones ajenas a mi voluntad, no puedo cumplir con el rito. Entonces, para compensar, procuro leer otro mes dos o tres libros de la referida colección.
El motivo de esta costumbre es doble. Para empezar, está el placer de revivir una antigua experiencia, la de mis primeras lecturas de adolescencia. Busco de propósito el reencuentro con un particular olor del papel y con una determinada tipografía, a veces endiabladamente diminuta para mis ojos actuales. Pero está también el retorno a viejos autores hoy retirados de la circulación y el descubrimiento de obras extrañas, curiosas, pintorescas, a las que uno nunca llegaría por otras sendas.
Mi última lectura ha sido en realidad una relectura. Me refiero a Peñas arriba de José María de Pereda, novela a la que probablemente yo no habría vuelto si no fuera empujado por mi ritual de lector. De joven carecí de paladar, acaso de paciencia, para saborear los méritos de este escritor. Me parecía aburrido, moroso, prolijo en extremo. Tenía, además, el buen hombre una fama funesta de tradicionalista y católico, un horizonte de convicciones al que no me apetecía ni entonces ni ahora encaminarme.
Leyéndolo estos días, me he percatado desde las primeras páginas de que he admirado mucho el estilo de este novelista en los libros de otro posterior a él. Me refiero a Thomas Mann. Las semejanzas de mundo narrado y de estilo son asombrosas: idéntica propensión al detallismo, el mismo cincelado minucioso de la prosa de amplio periodo, rica en incisos, que mantiene el alto relieve literario incluso en los diálogos, si bien Pereda no excluye la reproducción del habla regional montañesa; en fin, los tramos reflexivos, el serpenteo sintáxico, cierto empaque en la expresión, la escasa presencia de lo humorístico, etc.
Los asemeja asimismo la supeditación de la trama a las descripciones y la reflexión. Tanto en el uno como en el otro, podría afirmarse que el principal acontecimiento de sus libros es la prosa. También presentan coincidencias argumentales. En Peñas arriba y en La montaña mágica el protagonista se desplaza a un ámbito natural montañoso, donde ha de adaptarse a un nuevo ritmo de vida, donde participa en diálogos largos y sesudos, donde vive de cerca la experiencia de la enfermedad y la muerte. En cuanto al manejo por escrito del idioma, ambos representan una cumbre apenas igualada en sus respectivas literaturas.
Prefiero, sí, a Galdós por su insuperable creación de personajes, tan entrañables muchos de ellos. Considero La Regenta uno de los mayores logros literarios de la humanidad. Nada de eso me impide, sin embargo, reconocer ahora en numerosas páginas debidas a la pluma de José María de Pereda un grado de excelencia como pocas veces (¿Gabriel Miró?) me ha sido dado encontrar en mi lengua materna. Su talento para las descripciones paisajísticas es sencillamente magnífico. Juzgo no menos valioso el diamante por el hecho tal vez coyuntural de que esté hoy día envuelto en el barro de nuestra ignorancia.

martes, 31 de julio de 2018

CUENTOS COMPLETOS DE IGNACIO ALDECOA



La editorial Alfaguara ha tenido el acierto de reeditar este verano los Cuentos completos de uno de los grandes del género, Ignacio Aldecoa (1925-1969). Firma el prólogo y las notas preliminares quien fuera esposa del autor, Josefina R. Aldecoa, asimismo escritora. La editorial tuvo la deferencia de enviarme un ejemplar. Son más de setecientas páginas estupendamente editadas, una golosa incitación al reencuentro con uno de mis autores más venerados. Incluyo en mi veneración sus novelas. En un billete adjunto al libro se formula una afirmación que hago con gusto mía, la de que “hay autores que jamás deberían caer en el olvido y Aldecoa es uno de ellos”. Esto del olvido tiene su cosa. A Aldecoa, que falleció de forma inesperada un sábado de hace casi cincuenta años, no creo yo que le importe gran cosa que nos acordemos o no de él; en todo caso, dudo de que se entere de la admiración que algunos, por fortuna no pocos, le seguimos profesando. Son más bien los aficionados, los amantes, de la buena literatura quienes merecen que se les sirva este plato magnífico de la literatura española del siglo XX en el caso de que aún no lo hayan catado. En mi libro Las letras entornadas (Tusquets, 2015), dediqué una reflexión a los cuentos de Ignacio Aldecoa. La pongo aquí con la esperanza de poder cumplir una de las funciones que más me atraen de la crítica literaria: compartir entusiasmo.




GENTE COMÚN

La historia del cuento español del siglo XX quedaría gravemente incompleta sin el estudio de las casi ochenta piezas, algunas de notable extensión, que legó a la posteridad Ignacio Aldecoa. Quizá no fuera incongruente conjeturar que la pérdida rebasaría el límite de la literatura. Tan perjudicado, si no más, resultaría el conocimiento relativo al modo como la gente de extracción social humilde conllevaba la época histórica que también correspondió al autor.
Todas las ficciones de Aldecoa, incluidas las de género novelesco, se sitúan en el suelo y los mares de España, sin otra salvedad que dos capítulos de la novela Gran Sol en los cuales los marineros protagonistas arriban a un pueblo costero de Irlanda, para descansar en un caso, para enterrar a su patrón en el otro. Todas transcurren, además, en tiempos de la dictadura de Franco, a quien jamás nombran no obstante haber sido escritas con la voluntad ostensible de dirigir un testimonio crítico contra su régimen. En algunas de ellas todavía resuenan ecos de la guerra civil.
Es razonable que un lector concibiera el sueño grato de compartir aventuras con los piratas de Stevenson. ¿Quién no se apuntaría a un encuentro fortuito con don Quijote y Sancho en una venta manchega de comienzos del siglo XVII? Cuesta, en cambio, imaginar que una persona provista de uso de razón (o simplemente aficionada a la sonrisa) ambicionase para sí las arduas condiciones sociales y el consabido destino adverso y gris que la literatura de Aldecoa depara de costumbre a sus actores.
Abundan entre los cuentos de Aldecoa aquellos que fijan su atención narrativa en hechos anodinos. Los interpreta gente común atada a la miseria cotidiana del suburbio, al retraso de la población rural, a los rigores del trabajo duro, peligroso, mal remunerado. Cualquiera, se diría, está en condiciones de protagonizar un cuento de Aldecoa con tal que sea un pobre ciudadano español de la posguerra.
El elenco de desdichados es numeroso. Algunos parecen repetir presencia con distintos nombres y fisonomías. Son frecuentes los niños desvalidos, a menudo señalados por alguna terrible enfermedad; los amantes pobretones, los rústicos sin medios económicos que buscan fortuna en los arrabales de la gran ciudad, los maridos borrachos, las mujeres cargadas de hijos y las solteronas; en fin, los menesterosos de toda laya que calientan su miseria en la taberna o el café, o que se pudren de soledad entre cuatro paredes desvaídas. Ninguno muestra aptitudes para la introspección. Carecen de dinero, de energía intelectual y tiempo libre para consagrarse a la reflexión sobre sus problemas. Su vida interior está hecha, no de sutilezas psicológicas, sino de sencillez desnuda, de urgencias elementales, a menudo de amargura y casi siempre de ilusiones frustradas.
En balde buscará el lector en medio de tanto desamparo una línea jocosa. Si un personaje, cosa rara, manifiesta un rasgo de humorismo, lo más probable es que a sus palabras las acompañe un dejo de sarcasmo. Y, sin embargo, no da la impresión de que Aldecoa se ensañe con sus figuras, colmándolas de lacras e infortunios al modo de Cela o de Quevedo para exhibir florituras de estilo, para poner por obra juegos de palabras o chanzas crueles. Antes al contrario, Aldecoa dispensa a las suyas un trato digno, lo que con frecuencia implica que resalte en ellas sus flancos más nobles y las presente como solidarias, entrañables, laboriosas, en claro contraste con los burgueses ociosos y aburridos a los que el autor acostumbra ridiculizar sin compasión.
El mundo de los oficios constituye otra fuente argumental de primer orden en las ficciones de Ignacio Aldecoa. La peripecia cotidiana de maquinistas, albañiles, jornaleros, aprendices de esto y de lo otro, sostiene el núcleo temático de un gran número de cuentos que comportan, conforme a los postulados del realismo social vigente en España a mediados del siglo XX, tanto una exaltación de los valores positivos del trabajo como una crítica de las injusticias y desigualdades padecidas por las capas populares.
No es de los menores méritos de Aldecoa haberse abstenido de explicitar dicha crítica a costa del arte literario. Gracias a ello su literatura continúa significando, aunque difieran las interpretaciones, más allá de la época en que fue escrita y en estructuras sociales diferentes de aquella a la que él aplicó su destreza verbal. Sus cuentos y novelas están por fortuna exentos de pasajes que perturban el discurso propiamente narrativo con alguna clase de adherencia política o moral, o con elementos superfluos encaminados a transmitir enseñanzas. Aldecoa no moraliza, sino muestra. De modo que es al lector perspicaz a quien compete extraer conclusiones a partir del relato de multitud de destinos individuales, de la descripción de ambientes y de los diálogos. Bien es cierto que en ocasiones el ejercicio de la mostración ahoga la trama. Ocurre así en piezas que hoy vemos escoradas en exceso hacia el lado del costumbrismo, defecto no obstante compensado con una prosa de calidad.