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martes, 11 de diciembre de 2018

LAS PERSONAS DE JUAN CRUZ



Sus largos años de editor y de periodista con una dedicación intensa a lo cultural, unidos a una curiosidad innata y a un talante viajero, permitieron a Juan Cruz un sinnúmero de encuentros con escritores, compañeros de oficio, agentes literarios y, en fin, figuras destacadas del campo de la edición. De dicho conocimiento extrajo Juan Cruz materia para un ameno libro de semblanzas y evocaciones, Egos revueltos (Tusquets, 2010), y lo ha vuelto a hacer, aunque con algunas diferencias de matiz, en estas Primeras personas que Alfaguara acaba de publicar.
Él confiesa haberse inspirado en Examen de ingenios, el estupendo libro, de similar intención y estructura, publicado el año pasado por José Manuel Caballero Bonald (Seix Barral, 2017). No son, en mi opinión, lo mismo ni falta que hace. Caballero Bonald es un fino cincelador del idioma y, en cierto modo, un juez de los compañeros de letras evocados. Juan Cruz es más periodista y más personal, incluso yo diría que más íntimo. Sus semblanzas de escritores equivalen a homenajes. Son, en cualquier caso, la ocasión de mostrarlos bajo una luz favorable y, en suma, practicar con ellos la gratitud y el afecto por escrito.
Juan Cruz no examina. No hace recuento de heridas. Lo suyo no consiste en emitir sentencias ni resarcirse. Prefiere revivir el momento grato, aquella escena emocionante o cierta anécdota que acaso derive en algún tipo de enseñanza. Juan Cruz recuerda a su madre, se sitúa él mismo en escena, se diría que traza un retrato de sí mismo en presencia de los otros. A mí me parece una especie de Daniel Mordzinski que, en lugar de la cámara fotográfica, usara el lenguaje escrito para darnos la imagen de este o el otro escritor.
Como Albert Camus, a quien cita, Juan Cruz no escribe ni desde el resentimiento ni desde el menosprecio. Sus desencuentros duran poco, conducen a la restauración del abrazo. Así uno con Arturo Pérez-Reverte, quien en otro momento lo azuzó para que “desmontara a tanto cabrón” como él ha conocido. Pero Juan, Juanillo, no puede, no quiere. Se lo impide una especie de ternura radical por el hombre concreto del que siempre, por muy ruin que hubiera sido, podremos salvar algo. En esto también se aprecia la sombra de Camus.
Predomina la melancolía en este nuevo libro de Juan Cruz. A menudo juega con la metáfora de los cristales rotos. Son numerosos los amigos y compañeros fallecidos. De hecho, el libro semeja por momentos un cementerio de nombres, por más que una parte considerable de los evocados todavía, afortunadamente, respire. La lista es larga. En las páginas de estas Primeras personas comparecen Günter Grass, denigrado públicamente a raíz de una confesión; las manos pálidas y el dolor de Jorge Semprún; la última y triste imagen de Mario Benedetti; Tomás Eloy Martínez, deseoso de contemplar el mar antes de morirse; el entierro no exento de pompa de Gabriel García Márquez; la energía atronadora de Carmen Balcells; Marsé descalzo en su casa de Barcelona; Sergio Ramírez y las ilusiones perdidas; Saramago hundido en la pena ante el incendio del Chiado; tanta gente admirable y querida que ya se fue (García Hortelano, “el amigo de todo el mundo”; Azcona, Dulce Chacón, Juan Benet, Ángel González, “el último soldado de la noche”; Vicente Verdú, Pitol y tantos otros); comparecen Pamuk cuando no era famoso y Muñoz Molina escribiéndole a Juan Cruz un soneto consolativo a altas horas de la noche; Manuel Longares, solitario y bueno; Savater, roto de pena sin Sara; Cabrera Infante, desnudo ante la máquina de escribir en su destierro sin vuelta; Vargas Llosa y sus miedos persistentes. Podríamos prolongar la lista de los evocados; pero no necesitamos ser prolijos para saludar las virtudes de este álbum de recuerdos de un hombre que conoció a todos y quiso a muchos. Sobresaliente.

viernes, 16 de noviembre de 2018

LECTURAS DE PEDRO UGARTE



Llevaba de un tiempo a esta parte una racha de libros no malos, pero tampoco del todo estimulantes. Oportunamente, estas Lecturas pendientes (Ediciones Nobel, 2018) de Pedro Ugarte han venido a ponerle fin.
Conocía a Pedro Ugarte más en su faceta de escritor de relatos excelentes y no tanto, según muestra en esta última publicación suya, como hombre que glosa, apostilla, comenta en formato de dietario y desde la reflexión personal, con ironía y buena escritura, las cosas de la vida. La sorpresa ha sido por demás grata y me recuerda no poco la que en su día me depararon los Diarios de Iñaki Uriarte. Tienen un aire similar y por eso los menciono.
Ugarte adopta la perspectiva del hombre que se ha metido en años, que perdió la lozanía física y la esperanza en los lejanos sueños de juventud, pero no la lucidez. En Lecturas pendientes se expresa un bilbaíno que acaso haya viajado más en los libros y con los libros que en aviones. Un bilbaíno que es, además, escritor y lector y que en cierto modo ha conformado su vida en las proximidades de la literatura. Un bilbaíno irónico de mirada a menudo crítica, pero nunca malintencionada ni vitriólica. Hay una noble generosidad en dicha mirada que lo mismo reprueba ciertas conductas ajenas como enfoca los propios defectos.
El libro es una sucesión de reflexiones sagaces. Nos habla de lecturas, de recuerdos familiares, de amigos y conocidos, del mundillo literario, de los incordios y descubrimientos de la edad, de ciertas actitudes públicas, de la falacia de tantos tópicos y de muchos temas más, todo ello envuelto en el escepticismo que suelen imponer de costumbre los años.
Las páginas de estas Lecturas pendientes están salpicadas de frases afortunadas, muchas de ellas con un claro sabor de aforismo. No he resistido la tentación de apuntar unas cuantas.
El amor no es un sentimiento. El amor es una decisión. Entender esto es entenderlo todo. (Pág. 81)
La mayor elegancia estética y moral consiste en ocultar, pudorosamente, el sufrimiento. (Pág. 88)
Creo que, a medida que va pasando el tiempo, uno aprende a disfrutar de la tristeza. (Pág. 160)
Tengo la sensación de que he leído mal este magnífico libro. Mal en el sentido de que lo podría haber disfrutado con mayor intensidad si lo hubiera paladeado a pequeños sorbos en lugar de bebérmelo de un trago en pocos días, engolosinado por lo mucho que me gustó desde el principio. Esto lo subsanará tarde o temprano la relectura.

sábado, 29 de septiembre de 2018

PEREDA, THOMAS MANN Y LAS PEÑAS



Otros hacen pilates o corren por el parque. Yo practico el rito de leer un libro al mes perteneciente a la vieja colección Austral, para lo cual, cada vez que voy de viaje a España, hago lo posible por adquirir unos cuantos títulos que no estén en mi biblioteca, más con el ánimo de leerlos que de coleccionarlos. A veces, por razones ajenas a mi voluntad, no puedo cumplir con el rito. Entonces, para compensar, procuro leer otro mes dos o tres libros de la referida colección.
El motivo de esta costumbre es doble. Para empezar, está el placer de revivir una antigua experiencia, la de mis primeras lecturas de adolescencia. Busco de propósito el reencuentro con un particular olor del papel y con una determinada tipografía, a veces endiabladamente diminuta para mis ojos actuales. Pero está también el retorno a viejos autores hoy retirados de la circulación y el descubrimiento de obras extrañas, curiosas, pintorescas, a las que uno nunca llegaría por otras sendas.
Mi última lectura ha sido en realidad una relectura. Me refiero a Peñas arriba de José María de Pereda, novela a la que probablemente yo no habría vuelto si no fuera empujado por mi ritual de lector. De joven carecí de paladar, acaso de paciencia, para saborear los méritos de este escritor. Me parecía aburrido, moroso, prolijo en extremo. Tenía, además, el buen hombre una fama funesta de tradicionalista y católico, un horizonte de convicciones al que no me apetecía ni entonces ni ahora encaminarme.
Leyéndolo estos días, me he percatado desde las primeras páginas de que he admirado mucho el estilo de este novelista en los libros de otro posterior a él. Me refiero a Thomas Mann. Las semejanzas de mundo narrado y de estilo son asombrosas: idéntica propensión al detallismo, el mismo cincelado minucioso de la prosa de amplio periodo, rica en incisos, que mantiene el alto relieve literario incluso en los diálogos, si bien Pereda no excluye la reproducción del habla regional montañesa; en fin, los tramos reflexivos, el serpenteo sintáxico, cierto empaque en la expresión, la escasa presencia de lo humorístico, etc.
Los asemeja asimismo la supeditación de la trama a las descripciones y la reflexión. Tanto en el uno como en el otro, podría afirmarse que el principal acontecimiento de sus libros es la prosa. También presentan coincidencias argumentales. En Peñas arriba y en La montaña mágica el protagonista se desplaza a un ámbito natural montañoso, donde ha de adaptarse a un nuevo ritmo de vida, donde participa en diálogos largos y sesudos, donde vive de cerca la experiencia de la enfermedad y la muerte. En cuanto al manejo por escrito del idioma, ambos representan una cumbre apenas igualada en sus respectivas literaturas.
Prefiero, sí, a Galdós por su insuperable creación de personajes, tan entrañables muchos de ellos. Considero La Regenta uno de los mayores logros literarios de la humanidad. Nada de eso me impide, sin embargo, reconocer ahora en numerosas páginas debidas a la pluma de José María de Pereda un grado de excelencia como pocas veces (¿Gabriel Miró?) me ha sido dado encontrar en mi lengua materna. Su talento para las descripciones paisajísticas es sencillamente magnífico. Juzgo no menos valioso el diamante por el hecho tal vez coyuntural de que esté hoy día envuelto en el barro de nuestra ignorancia.