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viernes, 3 de marzo de 2017

REFLEXIÓN A PROPÓSITO DE UN POEMA DE PIEDAD BONNETT




APELACIÓN

Muerte, vieja fisgona, solapada alcahueta,
descarada inquilina de cuerpos aún calientes,
militante secreta de la nada,
boca oscura que a todos nos devoras
y a todos nos trituras
y a todos nos escupes convertidos en polvo:
ya te estoy esperando,
ya vi tu ojo de sangre sonreírme
y me escupió tu rancio aliento el rostro.
Por ti este sol que hace nacer las sombras duele tanto
y el día se hace breve como un gesto;
hace ya muchos días que por dentro te llevo,
que por mí te derramas como un cáncer espeso.
Aquí estoy, dócil presa a tu avidez rendida:
arráncame los ojos con tu mano enlodada, prívame de la herida de la tarde,
del oso embravecido que pinta aquella nube,
de la mancha escarlata del envés de esta hoja.
Devórame la piel,
niégame el humo
que al borde de la noche huele a infancia.
Rompe todas las cuerdas, destruye los violines,
gangrena las gargantas de los pájaros.
Destroza mi estructura hueso a hueso,
conviérteme en arena, en polvo, en nada,
pero déjame, virgen asesina,
la inocente ilusión de la palabra.

Piedad Bonnett

HABLAR A LA MUERTE

Apenas daban los primeros pasos, a los niños de mi tiempo se les persuadía de la idea de Dios. Ignoro si en la actualidad se sigue proporcionando a los pequeños la misma preparación teológica, antes incluso que hayan aprendido los números y las letras. El caso es que la idea de un ser supremo que salva o castiga traía a su zaga una segunda anulación de la duda. Me refiero a la pretensión de que la muerte no implica la desaparición completa del individuo. Ya desde edad temprana la certeza de la muerte es un factor determinante en la vida de cualquier ser humano.
Uno no sólo muere, sino que sabe de fijo que va a morir. No hay conciencia que escape a esta ley de la Naturaleza, ni aun en el caso común del hombre afanoso por perpetuarse bien sea mediante una versión espiritual de sí mismo en parajes de ultratumba, bien por vía de la procreación encaminada a prolongar su apellido y sus genes, bien aferrándose a formas colectivas más perdurables que él: la nación, el idioma, el proyecto social, las tradiciones culturales... Su convicción puede resumirse así: muero yo, pero mi significado, mi causa, mi bandera, persisten y, por tanto, no muero del todo. La pervivencia de una identidad subsumida en un ente superior se constituye en el objetivo de esta especie de modalidad pagana de la vida eterna.
Otros hombres, sin embargo, prefieren mirar de frente al destino, asumiendo con resignación o sin ella su condición perecedera. Puede que protesten, se angustien o se depriman; pero en ningún caso niegan la verdad cruda de su final definitivo ni le buscan remedios consoladores. Tal cosa ocurre en el poema “Apelación” de Piedad Bonnett (Amalfi, Antioquia, 1951), perteneciente a su libro  De círculo y ceniza, cuya edición primera data de 1989.
En el poema, el sujeto lírico habla a la muerte tuteándola. La circunstancia de que sea posible dirigirle la palabra induce a extraer algunas conclusiones. La primera de ellas es que la muerte, como corresponde a una representación personalizada, tiene oídos y capacidad de comprensión del lenguaje humano. Al mismo tiempo deducimos que se encuentra lo suficientemente cerca como para escuchar lo que le están diciendo. Así pues, la muerte no es sólo un suceso que le sobrevendrá a cada cual en el futuro, sino una presencia indeseada, forzosa y, sobre todo, constante. Nos acompaña como una sombra, nos guste o no. Está al lado y está dentro de nosotros a la espera de consumar su obra aniquiladora cuando lo juzgue oportuno, con gran probabilidad sin previo aviso. La podemos perder momentáneamente de vista. La risa y la diversión nos ayudarán a olvidarla por un tiempo; pero tarde o temprano reaparecerá en nuestros pensamientos. De hecho, reaparece en ellos cada vez que nos preguntamos por el sentido de la existencia o simplemente al conocer una noticia luctuosa o cuando abrimos el periódico por la página de las esquelas mortuorias.
Piedad Bonnett se acoge a una tradición inmemorial para representar la muerte con atributos femeninos. A decir verdad, más que dibujarla se encara con ella, la cubre de reproches y la insulta, asignándole un aire como de vieja de vecindario, fisgona, descarada, sin otra ocupación que acechar a los vivos para destruirlos. Cuanto se nombra de ella es altamente desagradable y el poema no tiene empacho en recorrer zonas de abierto feísmo.
Las alusiones carnales son características de la poesía de Piedad Bonnett. Frente a otros escritores propensos a las abstracciones, esta poeta tiende con frecuencia, y así ocurre igualmente en el poema “Apelación”, a dar realce a los componentes anatómicos. La muerte es vista como un cuerpo desagradable que lleva a cabo acciones de destrucción. Tiene una boca oscura, un ojo de sangre, el aliento rancio. ¿Sus acciones? Devorar y triturar cuerpos vivos; escupirlos como a desechos luego de haberlos convertido en polvo.
Sabido esto, el concepto de la existencia queda trágicamente mediatizado por la certeza de su final. Que el día se haga breve implica que el tiempo es percibido como cuenta atrás. A causa de la muerte, el tiempo no obra un efecto acumulativo, sino restador. A cada hora que transcurre, el cupo de días otorgado al ser humano para que cumpla su ciclo vital va disminuyendo de forma inexorable. Nadie da un paso que no lo acerque a su hora última. En tales condiciones, gozar del sol, de su luz propiciadora de vida, se hace difícil, como es difícil, por no decir imposible, hallar deleite en nada mientras uno esté a merced del dolor. La referencia al cáncer espeso, en el poema “Apelación”, asimila la conciencia de la muerte a la enfermedad crónica de la que no hay escapatoria. Vivir equivale entonces a ir muriendo un poco a cada instante; morir, a culminar una agonía que empezó en el nacimiento.
“Apelación” nos dice en sus versos que la compañía incesante de la muerte, además de interferir de forma negativa en la relación del ser humano con el mundo, impone una sucesión de pérdidas. Los verbos arrancar, privar, así lo confirman. La disminución paulatina de la vitalidad remata en el acabamiento físico, que Piedad Bonnett expresa, como acostumbra, con un sentido intenso de la carnalidad.
El poema propone una escena o, si se prefiere, una situación. El sujeto lírico se ha presentado ante la muerte, esa vieja fisgona, alcahueta y, por añadidura, asesina, con una solicitud. Lo hace imbuido de la docilidad propia del ser débil en presencia del juez implacable del cual, nunca mejor dicho, depende su vida. Parece resignado a que se cumplan en él los infortunios enumerados acto seguido. Los verbos son indicativos de la aniquilación que lo aguarda: devorar, negar, romper, destruir, gangrenar, destrozar o (cuasicita de un célebre soneto de Luis de Góngora) convertir “en arena, en polvo, en nada”.
El sujeto lírico acepta no sin entereza lo que de todos modos no puede evitar. A manera de apelación, solicita, ¿suplica?, que una cosa, una tan sólo, no le sea arrebatada: la “inocente ilusión de la palabra”, que es tanto como pedirle al juez inmisericorde que por lo menos respete y deje intacta la vocación poética del reo, actividad inocente que es apenas nada en comparación con todo aquello tan valioso y querido de que se apropia a diario la muerte en el reino de los vivos.
Un ser humano atraviesa la vida; goza, sufre, lo que le toque gozar o sufrir; y a su paso por la existencia le es permitido dejar un tenue vestigio de lenguaje poético. He ahí una humilde petición, un noble pensamiento.

(Esta reflexión, perteneciente a la serie Vetas profundas, se publicó el pasado sábado, día 4 de marzo, en el suplemente Territorios de El Correo.)

sábado, 21 de enero de 2017

SOBRE UNA NOVELA DE ISABEL BONO




Una casa en Bleturge es la primera novela publicada por Isabel Bono. Con ella ganó el Premio Café Gijón en su edición de 2016 y no me extraña. Relaciones familiares tóxicas y rencores larvados, a veces ostensibles, pueblan sus páginas, redactadas con la particular personalidad que aplica la autora  a todo cuanto escribe. Los personajes no tienen nombre. Son el padre, la madre, la hija, la hermana, el abuelo, además de hombres y mujeres sueltos que van por la calle, que viajan en autobús o compran en el supermercado. Buscan, si no la felicidad, algún tipo de acomodo en la vida. Es raro que lo consigan. Para ello haría falta un lugar imaginario como Bleturge, donde nadie hiciera preguntas, donde no hubiera que dar explicaciones y acaso el mundo tuviera la deferencia de adaptarse a los deseos de uno y no al revés. Los miembros de la familia de los protagonistas conviven; más bien coexisten y se soportan sin apenas rozarse, sin comprenderse, lo que tampoco parece alterar el ritmo cotidiano de sus vidas bastante grises. Sobre todos ellos pesa la sombra de un hijo muerto a edad temprana. El padre culpa de ello a la hija y la odia minuciosa y duraderamente. La madre es quien lleva el mayor peso de la narración. Su mirada introspectiva prevalece sobre todas las demás. Se trata de una mujer madura, encerrada en una insatisfactoria área doméstica, que cuida de su anciano padre, enfermo en un hospital. Ella es el alma de la novela, la que imagina la única casa que existe en Bleturge, y es, antes que nada, una narradora excepcional. Sus actos a menudo anómalos atraen sobre ella la sospecha de la locura. Lo que a algunos les pueda parecer chifladuras, para ella son hábitos que constituyen una especie de mitología personal. Su lucidez, a veces cruel, siempre deshinbida, se transmite a cada instante a la narración. Recuerdo con particular agrado el episodio en que de improviso se hace pasar por cliente de un hotel y entra en una habitación ajena, donde, aprovechando la ausencia del huésped, se ducha, usa el cepillo de dientes del hombre, se pasea desnuda, se expone al riesgo de ser sorprendida. Una casa en Bleturge es cualquier cosa menos una novela explícita. Tiene un poder de sugerencia notable. Roza a ratos la poesía a la manera como Isabel Bono concibe el género, nunca de modo convencional, sino con su inconfundible estilo escueto, sugerente, que no rehúye lo feo, sucio y mórbido, que con frecuencia da lugar a pensamientos hermosos y a frases afiladas que cortan el aliento. La novela de Isabel Bono me ha gustado mucho y por eso me he animado a publicar este comentario.

sábado, 7 de enero de 2017

RICARDO PIGLIA Y LA LUNA



Hace unos años coincidí con Ricardo Piglia en Barcelona, en los estudios de una cadena de televisión. Lo acababa de entrevistar Ignacio Vidal-Folch. Tras él, me tocaba a mí tomar asiento ante las cámaras. En aquel breve entreacto pudimos intecambiar una pocas palabras de circunstancias. Piglia, que seguramente no me conocía, tuvo la gentileza de responderme por escrito, de pie junto a una pequeña mesa, a una tarjeta con la pregunta sobre la luna. Hoy su frase improvisada figura en mi particular banco caligráfico de escritores con el número 177. Ricardo Piglia falleció ayer en Buenos Aires, a los setenta y seis años, aquejado de una grave enfermedad. Quedan por fortuna sus libros, en los que él puso tanta sabiduría como amor por la literatura. Reproduzco a continuación, a modo de homenaje, esta breve muestra de su letra.